Mar cruel, de Nicholas Monsarrat

Mar cruel, de Nicholas Monsarrat

A veces ocurre que una visita casual a una librería nos depara una grata sorpresa. Así me sucedió hace unos días, cuando, haciendo tiempo para ir al cine (quería entradas para U-571, pero acabé comprándolas para otra película) descubrí una reciente edición española de la novela Mar cruel, del inglés Nicholas Monsarrat1. La inesperada coincidencia entre el libro y la película de Jonathan Mostow —ambos ambientados en la Segunda Guerra Mundial, en el curso de los terribles combates entre los convoyes aliados que cruzaban el Atlántico Norte y los submarinos alemanes que se afanaban por hundirlos— me pareció un buen augurio, así que decidí leer la novela, atraído no por la fama de la obra o de su autor (confieso que hasta entonces nada sabía de su existencia), sino por la resonancia épica del tema y por el invencible entusiasmo que en mí suscitan esas novelas que se inician con la promesa de un mapa lleno de topónimos marineros. El recuerdo de horas dichosas pasadas en compañía de otros clásicos del género —Patrick O’Brian, C.S. Forester— y de aquellas tardes de invierno en que el ya fenecido monopolio de la televisión pública nos ofrecía películas como Hundid el Bismarck y Duelo en el Atlántico fue demasiado intenso como para resistir la tentación. Así pues, compré la novela de Monsarrat y me lancé sobre ella con un apetito voraz.

Mis expectativas iniciales no se vieron defraudadas ni por un solo instante. He descubierto que Monsarrat es un narrador de voz potente y personal, que escribe con una mezcla de vibrante energía y ecuánime serenidad que para sí quisieran novelistas mucho más acreditados y conocidos. Claro está que Mar cruel no es una novela adecuada para todos los paladares; de hecho, yo recomiendo a aquellos lectores incapaces de concebir un relato bélico si no está presidido por el espíritu antimilitarista al uso, que ni siquiera se acerquen a la primera página, so pena de quedar contaminados por la actitud de un escritor que concibe el servicio en un navío de guerra como lo que es en primer lugar, un oficio austero y lleno de peligros, para cuyo desempeño no es tan importante el espíritu heroico o aventurero como la entereza y responsabilidad propia de profesionales templados y eficaces.

Se podrá discrepar de este enfoque ideológico, pero no de la sinceridad del autor —el cual tuvo una larga carrera militar, durante y después de la guerra— y de la habilidad con la que resuelve su planteamiento novelístico. En relación con el primer aspecto, hay que subrayar que Monsarrat ofrece una muy sabia combinación de los datos históricos con la ficción novelística: las estadísticas de hundimientos de barcos, la descripción de las tácticas del combate naval, las reflexiones sobre el sentido de la lucha contra el nazismo, los detalles de la vida de los marinos durante sus permisos en la retaguardia y los variados contrastes entre las experiencias respectivas de civiles y combatientes, proporcionan al lector una vívida imagen de la dimensión real de la contienda, muy alejada de cualquier tentación triunfalista, sí, pero también muy comprometida con una idea que en nuestra acomodada sociedad raras veces se formula: la de que hay guerras —la lucha contra la tiranía nazi, por ejemplo— que pueden ser justas y necesarias.

En lo que se refiere a la estructura narrativa, ésta se adapta de forma muy convincente al desarrollo real del conflicto bélico, mediante breves secuencias, normalmente situadas al comienzo de cada una de las siete partes de que consta la novela, cada una de ellas correspondiente a uno de los años que duró la contienda. Estas secuencias configuran un marco constructivo que permite, con gran economía de medios, fijar aspectos fundamentales del argumento y de la psicología de los personajes. De este modo, el núcleo argumental —la lucha de dos navíos de escolta británicos, la corbeta Compass Rose y la fragata Saltash con los U-Boote alemanes que asediaban los convoyes aliados en el Atlántico Norte— resulta nítido y verosímil, incluso a pesar de la nutrida galería de personajes y de las abundantes peripecias secundarias —unas veces costumbristas, otras románticas, otras casi humorísticas— que llenan las algo más de cuatrocientas cincuenta páginas de la novela.

Para valorar adecuadamente el mérito de Mar cruel, hay que tener en cuenta que su autor renuncia a la intriga en sentido estricto, si por tal entendemos las sorpresas o los giros inesperados del argumento. Cualquier aficionado a la historia militar conoce sobradamente el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial antes de leer la novela, a pesar de lo cual ésta no pierde un ápice de su interés y su vigor. A ello contribuye decisivamente la habilidad de Monsarrat al distribuir la materia narrativa, ya que la novela alterna secuencias reposadas, que permiten representar la vida cotidiana de los marinos, tanto a bordo de los navíos como en tierra, con episodios de acción trepidante y combates navales de enorme fuerza visual. De este modo, los lectores pueden disfrutar, mientras clavan las uñas en los brazos de la butaca, de momentos de enorme tensión dramática —por ejemplo, el episodio en que la corbeta Compass Rose se ve obligada a parar sus máquinas para una reparación de urgencia, mientras en las inmediaciones un grupo de sumergibles nazis aguarda nuevas presas, o aquel otro en que el navío inglés se desliza sigilosamente sobre las aguas para dar caza a un submarino que ignora su presencia—, en los que el suspense de la narración resulta deliciosamente angustioso2.

Mar cruel hace entera justicia a su título. Cualquier reseña de la novela ha de comenzar destacando que el enemigo de los oficiales y marinos de la Compass Rose y la Saltash no son tanto los submarinos nazis como el océano, ese Atlántico frío, tormentoso y brutal que maltrata a unos y otros adversarios con idéntica indiferencia. Hasta el propio fenómeno de la guerra aparece retratado con un cierto distanciamiento y frialdad que excluye —no del todo, claro, para no caer en la inverosimilitud— la personalización del odio hacia el enemigo. En este sentido, la novela adquiere un tono muy singular, muy británico, en el que destacan, como ya he dicho antes, algunas virtudes esenciales, tales como la asunción profesional del sentido del deber e incluso una cierta actitud caballeresca que en algunos momentos se proyecta hacia la comprensión del enemigo y la admiración de su pericia estratégica. De este modo, episodios verdaderamente brutales —en especial los de la tercera y cuarta partes (los años 1941 y 1942, los peores de la guera para los aliados), en los que se narra el terrible destino de náufragos perdidos en el mar, abrasados por el petróleo en llamas de los barcos o incluso despanzurrados por las cargas de profundidad que arrojan sus propios navíos de escolta— pueden llegar a hacerse soportables para los protagonistas del relato y novelísticamente verosímiles para el lector.

La inmensa crueldad del océano crea un fondo sobre el que contrastan el temple y arrojo de los hombres del mar, entre los cuales sobresale el capitán George Eastwood Ericson, personaje principal de una novela que ofrece ciertos rasgos estructurales —actantes múltiples, acciones simultáneas, espacio limitado (el de los barcos de guerra, claro, no el del océano)— de la novela de personaje colectivo. Con su serenidad, vigor, resistencia, pericia profesional, estoicismo, capacidad de mando y comprensión de sus hombres, Ericson encarna todas las razones que justifican la ilimitada admiración de Monsarrat hacia sus antiguos camaradas de armas3. Tal como lo hemos definido, podría pensarse que el protagonista se halla muy cerca del perfil del héroe clásico, del que sin embargo se distingue —no hay que olvidar que ésta es una novela moderna— por la llamativa ausecia de cualquier rasgo psicológico o ideológico propio del carácter “sublime” del héroe épico tradicional. De hecho, Ericson sería un tipo de lo más normal (y hasta mediocre, a juzgar por lo prosaico y monótono de su vida familiar), si no fuera por las circunstancias excepcionales en que vive, las cuales le obligan a una entrega absoluta a su causa.

Novela moderna, sí, ma non troppo, pues lo cierto es que Mar cruel adquiere en algunos momentos un cierto tono “victoriano”. Este aspecto es especialmente visible en el tratamiento del tema amoroso, y no porque resulte especialmente remilgado (no he podido comprobarlo, pero no me extrañaría nada que la censura franquista hubiera suprimido algunos pasajes de la edición española de 1952 por demasiado explícitos), sino porque el autor parece moverse en extremos un tanto convencionales: o bien lleva a cabo una estilizada idealización de las relaciones amorosas —los episodios que narran el noviazgo entre el teniente Lockhart y la oficial del servicio naval femenino Julie Hallam rozan a veces la cursilería—, o bien las aborda desde una perspectiva que casi podríamos calificar de misógina. Con escasas excepciones, la mayoría de las mujeres (madres, novias o esposas de los marinos) que aparecen en la novela aparecen como seres vengativos, calculadores, manipuladores o infieles, como si el autor las considerara una distracción inevitable en el deber superior del oficio de marino.

No quisiera acabar esta reseña sin mencionar un aspecto secundario, pero que me parece singular en una novela de género bélico. Me refiero a la presencia del humor, muy frecuente, aunque siempre leve y contenido, a lo largo de todo su transcurso, pero más explícito hacia el final de la novela, lo cual subraya el cambio de tendencia de los últimos años de la guerra —1944 y 1945—, menos dramáticos y más propicios a la causa de los aliados. En la sexta parte del relato, se narra la estancia de la fragata Saltash en los muelles neoyorkinos de Brooklyn para efectuar reparaciones; este pacífico interludio lo aprovecha el autor para incorporar a la trama una serie de escenas humorísticas (alguna de ellas dignas de P.G. Wodehouse), en las que satiriza las costumbres norteamericanas. Monsarrat se ríe abiertamente de la actitud de los norteamericanos ante la guerra, caracterizada por la queja continua, el prosaísmo y una total falta de espíritu heroico. Para quienes estamos acostumbrados a contemplar la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial desde la óptica invariable de la eficacia militar, las virtudes cívicas y la exaltación del patriotismo, la ácida visión de Monsarrat nos recuerda la vigencia de ese adagio que afirma que la historia siempre la cuentan los vencedores. Más vale que el escritor inglés murió antes de asistir a la proyección de esa falsificación histórica que es U-571, porque entonces, ¡a saber qué hubiera dicho sobre los yanquis!

Notas

  1. La novela, con el título original de The Cruel Sea, se publicó en 1951. Según se afirma en la contraportada, la primera traducción castellana apareció en 1952 (Barcelona, Editorial Éxito), con graves mutilaciones de censura que al parecer han sido recuperadas en esta edición. He investigado un poco sobre la obra de Monsarrat y he averiguado que esta es la mejor y más famosa de las varias novelas que dedicó a la llamada Batalla del Atlántico. [«]
  2. La utilización del suspense narrativo, por un lado, y el enorme dramatismo y plasticidad de algunas secuencias, por otro, tienen una clara resonancia cinematográfica. No es extraño, pues, que la novela diera lugar en fecha tan cercana a su edición como 1953 a una película de título homónimo, dirigida por Charles Frend y protagonizada por Jack Hawkins. Por lo que he podido averiguar —no creo haber visto la película, o al menos no la recuerdo, pero quién sabe lo que me tragué durante aquellas tardes adolescentes de películas en blanco y negro—, también la película constituye un clásico del cine bélico. [«]
  3. Como diría un castizo, Monsarrat conoce el percal; de aquí que también dé cabida entre los muchos personajes de la novela a oficiales que, o bien se caracterizan por una actitud atrabiliaria y mezquina (el teniente Bennett, oportunamente retirado de la Compass Rose por una enfermedad), o bien acaban aniquilados por su falta de profesionalidad. En cualquier caso, Monsarrat no resulta excesivamente brillante cuando se ocupa de estos personajes, a los que atribuye caracterizaciones psicológicas más que discutibles. Este fallo es muy obvio al final de la cuarta parte, donde se cuenta el hundimiento de la Compass Rose, torpedeada por un submarino nazi; las razones que presenta el narrador para justificar la muerte de algunos de sus tripulantes —por ejemplo, la del teniente Morell, cuya voluntad de vivir parece anulada por sus preocupaciones matrimoniales— resultan, en un momento tan dramático, muy poco convincentes. [«]
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