Al menos, si se trata de hacer una película. Conviene tener a mano una historia, un guión mínimamente coherente y unos actores que se crean, aunque sea con las reservas mentales de rigor, lo que están haciendo. Si estos elementos fallan, lo que resulta es un bodrio, por mucho que su apariencia (el look, como se dice ahora), sea muy enrollada y muy moderna.

Viene todo lo anterior a propósito de la película Be Cool (la he visto traducida como ‘Quédate tranquilo’, aunque yo prefiero una versión algo más literal, ‘Sé guay’), de F. Gary Gray, protagonizada por John Travolta y Uma Thurman, que vi ayer, con la esperanza más bien escasa -ya había leído alguna crítica muy acerba- de repetir las buenas vibraciones que me produjo en su día Cómo conquistar Hollywood, que en gran medida fue obra del mismo equipo que ha intervenido en Be Cool.

La película de Barry Sonnenfeld, de 1995, tenía chispa, ingenio, diálogos vivaces, personajes divertidos y estupendos actores, como Danny De Vito y Gene Hackman. En cambio, ésta de Gray es una repetición pretendidamente salerosa y enrollada (su jerga y lenguaje gestual seguro que harán furor entre determinados grupos juveniles, aunque yo diría que no es más que un calco del “putañés” que utiliza Tom Wolfe en Soy Charlotte Simmons), pero en el fondo totalmente vacía y sin ninguna sustancia. Cierto que repiten De Vito, casi invisible, Travolta y Elmore Leonard, autor de las novelas en que se han inspirado ambas cintas, y cierto también que Hackman ha sido sustituido por otro actorazo como Harvey Keitel (también el magnífico James Woods desempeña un importante papel en la trama, aunque su presencia en pantalla sea mínima).

Sin embargo, misteriosa o no tan misteriosamente, la remezcla no funciona. Obra huérfana de guión, con personajes increíbles de puro ridículos, abundante en tipos grotescos que no se sabe qué pintan en la historia, Be Cool es una muestra de ese cine pretendidamente gamberro, irónico y desfachatado que con cierta frecuencia nos ofrece el mercado norteamericano. No le salvan ni los números musicales, ni las chicas guapas (hasta Uma Thurman parece muy desmejorada en los planos cortos), ni la mitomanía encarnada por el líder de Aerosmith, Steven Tyler, que tiene aspecto de momia revivida a base de inyecciones de colágeno. Hasta el numerito de baile que se marcan Travolta y la Thurman está mal coreografiado, lo que ya es el colmo habida cuenta del precedente de Pulp Fiction, por no hablar de otros más lejanos en la carrera del protagonista y auténtico mito del baile moderno.

En fin, una pérdida de tiempo y de dinero. De todas formas, si el espectador aguanta en el patio de butacas las casi dos horas de la película, al menos tendrá una magra recompensa: ver a un tipo tan serio como Harvey Keitel haciendo el pata, mientras a su lado se desplazan los títulos de crédito. Menos da una piedra.

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