Portada de la novelaEsa es la impresión que queda después de leer la monumental última novela del escritor norteamericano: que Tom Wolfe ha escrito un libro de lectura apasionante, casi adictiva, con el único fin de apabullar a un enemigo que no merece semejante despliegue. Novecientas páginas para narrar el ascenso, caída y recuperación de una joven estudiante matriculada en una prestigiosa (y ficticia) universidad de la costa este norteamericana se me antojan excesivas para una historia que, a pesar de su intención vigorosamente satírica y de la eficacia de su estilo, resulta para mi gusto excesivamente convencional.

Lo cual no quita para que, como acabo de señalar, se trate de una novela muy entretenida, muy popular en el mejor sentido de la palabra, que se lee a todo meter, a menudo con una sonrisa en los labios. Qué mejor escenario para refocilarse con los tonos y modos habituales de la sátira wolfiana que el de una universidad “pija” yanqui, poblada de una fauna que ya nos hemos encontrado en La hoguera de las vanidades y Todo un hombre: los estudiantes deportistas (sintagma al que hay que atribuir la categoría de oxímoron, a juzgar por el retrato inmisericorde que de este grupo realiza el libro), los miembros de las hermandades estudiantiles, verdaderos cretinos cuando no canallas repugnantes, los intelectuales seudoprogresistas, que comprenden todas las variantes y los tics extraídos del catálogo de la corrección política, los abogados mendaces y manipuladores al servicio de las grandes corporaciones y de los políticos corruptos de turno, y, sobre todo, el variado universo juvenil que puebla la novela, practicante de un obsceno dialecto del inglés contemporáneo (el “putañés”, según Wolfe) y obsesionado con el sexo, con las demostraciones de masculinidad (en el caso de los chicos) o de sex-appeal (en el de las chicas) y con la idea de que ante todo y sobre todo, es preciso ser “guay”.

Frente a este abigarrado universo de tipos pasados por la batidora de una sátira implacable se levanta el carácter firme y orgulloso de la protagonista, que exhibe su “soy Charlotte Simmons” como un lema de identidad personal en el que no es difícil de adivinar la posición del propio autor. Pues, en efecto, no parece aventurado suponer que a través de la máscara de Charlotte resuena la voz del propio Wolfe, y que la vigorosa defensa de la individualidad que exhibe la estudiante sureña es también, en más de un aspecto, la que el novelista lleva proclamando tantos años con sus obras, sus declaraciones públicas y hasta sus modos de elegante y anacrónico dandi.

A diferencia de casi todos sus compañeros y compañeras, Charlotte es virgen, no fuma, no se droga, no dice tacos, viste con recato (un aspecto que la portada de Ediciones B traiciona descaradamente) y no practica otro elitismo que el que le concede su elevada capacidad intelectual. Sin embargo, es víctima de un deseo de integración y de triunfo social que acaba por arrasar no sólo con su virginidad, sino también con su propia estima. Lo que viene a partir de su caída en las garras del infame Hoyt Thorpe es el descenso hacia los infiernos de la automortificación y de la soledad, de los que renace, tras una larga y oscura travesía del desierto que contiene algunos de los momentos psicológicamente más logrados de la novela, con vigor renovado (pero también con una especie de traición a su propia causa) en un desenlace donde se integran todas las subtramas, pero que tal vez resulte algo rocambolesco y no del todo convincente.

O tal vez lo sea, si admitimos el principio moral y edificante que parece haber presidido la concepción de la novela, con un final feliz ma non troppo, en el que los buenos son premiados, los malos castigados (aunque no tanto como alguno de ellos se merecería, por ejemplo el repugnante líder estudiantil Hoyt Thorpe, responsable de la vergüenza de Charlotte, cuya resistencia consigue rendir en una magnífica secuencia de seducción, seguida de una cínica autoglorificación del engaño) y la protagonista enaltecida y elevada a los altares del éxito social. La moral del triunfo tan característica de la cultura norteamericana queda consagrada, la virtud restaurada y la paz institucional de la universidad recuperada, al precio (para el lector) de una sensación extraña que le hace pensar en que, al fin y al cabo, ninguna de las trapacerías, canalladas y abusos que ha leído merecían tanta y tan extensa indignación por parte de su autor.

Y no digo esto porque no crea que las conductas cínicas, elitistas e hipócritas que retrata Wolfe no sean merecedoras de censura, sino porque el mundo que retrata el novelista norteamericano resulta casi inverosímil de puro distorsionado. Yo siempre he creído (pero sé que hay quien no piensa lo mismo) que para que la sátira resulte eficaz y artísticamente verosímil, el lector debe tener un agarradero al que asirse cuando todo se desmorona a su alrededor. En Soy Charlotte Simmons ese asidero apenas existe: no hay ningún personaje que despierte simpatía (tal vez el gigante del baloncesto JoJo Johanssen, a veces el pobre Adam, inútilmente prendado de Charlotte), la decencia y la dignidad brillan universalmente por su ausencia y ni siquiera su protagonista resulta un personaje tan sólido, tan de referencia, como pretende el novelista. De tratarse de una novela ajena a la estética realista (pensemos en lo que ocurre con el sainete, con el esperpento), no habría nada que objetar, pero lo cierto es que Wolfe siempre se ha propuesto a sí mismo como un cronista social deseoso de emular con sus obras a un Dickens o a un Balzac. Y, la verdad, no puede ser que en una universidad de élite solo haya obsesos sexuales, intelectuales hipócritas y “colgados” ajenos a la norma social imperante. No puede ser que para encontrar a una persona normal y decente haya que recurrir a una estudiante virginal salida de las montañas de la Norteamérica profunda, tan inocente que es incapaz de darse cuenta que la única misión en la vida de tipos como Hoyt Thorpe es llevársela a la cama y presumir de que “le ha retirado el precinto” ante los amigotes.

Todo lo cual no quita en absoluto –insisto en ello– para reconocer en Soy Charlotte Simmons los valores que reúne: los propios de una novela muy absorbente, muy bien escrita, eficacísima en cuanto a estilo, estructura y desarrollo, y llena de personajes y situaciones, de una vida que bulle en cada uno de sus detalles y matices. La habilidad de Tom Wolfe para moverse por entre los recovecos de las instituciones y las clases sociales es legendaria, lo mismo que su capacidad para captar los registros lingüísticos más variados (hay que aplaudir el trabajo de los traductores, que han logrado una versión muy convincente), o para poner en la picota los hábitos de una sociedad inconcebiblemente satisfecha de sí misma. No son pocos méritos para un novelón (¿decimonónico?) como éste, incansable y beligerante, verdadero y desmesurado monumento a la ficción literaria.

Tom Wolfe, Soy Charlotte Simmons, Barcelona, Ediciones B (Col. “Afluentes”), 2005, traducción de Eduardo Iriarte y Carlos Mayor, 901 páginas.