Cartel de la películaJohn Boorman ha sido siempre uno de mis directores favoritos, y de hecho no hay una sola película suya que no me haya gustado. Casi todas las que he visto tienen una intensidad muy singular, un toque áspero y sincero que hace que uno recuerde algunas de sus mejores momentos: los feroces diálogos de sordos entre Lee Marvin y Toshiro Mifune en Infierno en el Pacífico, la animalidad a la que descienden los urbanitas de Deliverance, el universo apocalíptico y retorcido de Zardoz, las cabalgadas de los caballeros pseudomedievales de Excalibur, entre almendros en flor y a los sones del Carmina Burana, el exuberante y onírico mundo vegetal de La selva esmeralda, el humor vitalista de Esperanza y gloria o El general, la desesperación, la crueldad y el miedo casi físico que destila Más allá de Rangún.

Sin embargo, en los últimos tiempos Boorman parece haber perdido fuelle. El sastre de Panamá no era mala película, pero me dejó algo frío. Y esta su última cinta, titulada en España In my country (qué manía la de no traducir el título cuando se hace con toda la película, con lo hermoso que es el del libro de la poetisa surafricana Antjie Krog en que está inspirada, The country of my skull, es decir, ‘El país de mi calavera’ o, mejor, ‘El país de mis huesos’), deja una impresión similar: la de una historia de gran emotividad, llena de sucesos desgarradores y terribles, que no obstante no encuentra ni el tono ni una estructura narrativa convincentes.

Y es una lástima, porque el relato de la poetisa y periodista de origen afrikaner que cubre las sesiones de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, para la emisora de radio en la que trabaja, y que comprueba cómo en nombre de su país y de su propia gente fueron cometidos crímenes atroces durante la época del apartheid, hubiera merecido un resultado mucho mejor. La verdad es a pesar de los esfuerzos de Boorman, el relato se le va de las manos, y de hecho el espectador nunca acaba de estar seguro de si la película se decide por el testimonio histórico-político o por el relato de la relación amorosa entre la protagonista (una Juliette Binoche muy desvaída) y el periodista norteamericano (interpretado por un Samuel L. Jackson que también parece bastante incómodo con su papel). Tampoco la estructura narrativa zigzagueante, ni un par de descubrimientos sorprendentes que tienen lugar en la última parte de la película, ayudan a lograr el necesario efecto catártico que seguramente ha perseguido su director. En vez de intensificar el dramatismo del relato y poner de relieve los matices propios de la reciente historia surafricana, tanto la una como los otros sólo acaban por propiciar la confusión.

Tal vez sólo queden para el recuerdo las imágenes del hermosísimo paisaje africano (el paisaje, siempre tan importante para Boorman), y esa escena, absolutamente conmovedora, en que un niño negro abraza al desconsolado policía que le ruega un casi imposible perdón por el asesinato de sus padres. Seguro que dentro de muchos años, cuando hayamos olvidado los nombres de los personajes y las caras de los actores que los encarnaban, nos acordaremos de este abrazo y del “Ubuntu”, un concepto africano de hermandad universal que queda bellamente simbolizado en esta emotiva escena de reconciliación.

Un breve colofón impertinente: es muy posible que a la mayor parte del público le haya pasado por alto, pero el “Ubuntu” es también el nombre de una reciente distribución Linux. No me cabe duda de que sus promotores la habrán bautizado así guiados por un noble propósito, pero tras ver la película no consigo quitarme la impresión de que rotular un sistema operativo con el hombre de una idea tan honda y tan hermosa no deja de ser una mayúscula irreverencia.

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