Las que corren los protagonistas de Sahara, de Breck Eisner, una muy entretenida película a la que hay que acercarse dejando en el guardarropa los escrúpulos de verosimilitud. Pues, en efecto, lo que importa aquí no es la credibilidad de las situaciones o las peripecias, sino las ganas de disfrutar con una historia dinámica, en general bastante divertida y que bajo su inane apariencia esconde alguna peligrosa carga de profundidad.

Sahara presenta todos los ingredientes esperables en el cine de aventuras: protagonistas valientes y atractivos, villanos crueles, escenarios exóticos (Nigeria, Níger, Mali) y un modelo argumental, la búsqueda de un tesoro de los confederados sudistas, improbablemente varado entre las arenas del desierto, que siempre rinde buenos dividendos en el cine. No hace falta ser un lince para encontrar los referentes: por supuesto, las series de Indiana Jones y James Bond (la banda sonora hace guiños más que explícitos a esta última), Tras el corazón verde, la reciente La búsqueda o incluso una serie con tan poco glamour y tanto éxito como MacGyver. Tampoco hay que ser un genio para darse cuenta de la tendencia al cómic que late en todos los títulos citados, y que aquí se pone de manifiesto en una verdadera catarata de inverosimilitudes.

Se podría hacer una tesis doctoral con ellas, pero está claro que si uno se las toma en serio se marcharía del cine al cuarto de hora. Sólo voy a dar un detalle, que espero no estropee la fiesta a quien vaya a ver la película: tras escapar ingeniosamente de una camioneta que les conduce hacia la prisión o la muerte, los dos protagonisas masculinos vagan afanosamente por el desierto ¡transportando a hombros la baca del vehículo, a la que todavía van esposados!. De repente, se encuentran con los restos de un avión, donde suponen que hallarán las herramientas necesarias para liberarse. Tras una elegante elipse que ahorra al espectador la lucha contra sus cadenas, la cámara nos muestra el resultado de estos genios de la mecánica: el avión ha sido convertido en un híbrido de patín y vela de surf sobre el que se deslizan ágilmente en pos de la gloria. ¡El vuelo del fénix en versión light, y sólo en quince segundos de metraje!

Increíble pero mentira, que diría un castizo recordando aquella estupenda sección del añorado TBO. Y, por si todo ello no fuera bastante para el sentido crítico del espectador, añádanse grandes dosis de esa salsa políticamente correcta con la que el guión ha adobado el retrato de los protagonistas: los dos buscadores de tesoros y la doctora de la OMS (Matthew McConaughey, Steve Zahn y Penélope Cruz, un trío inverosímil tanto por las debilidades del guión como por una actuación más que displicente de la actriz española) son, además de guapos, arrojados y simpáticos, solidarios con los débiles, respetuosos del medio ambiente, y hasta capaces de sostener una admirable integridad en contra de los intereses de su propio gobierno.

Lo asombroso es que, con estos ingredientes tan edulcorados, la película no consiga hacer caer al público en un coma diabético. Seguramente eso ocurre porque el respetable acude ya vacunado, sabiendo lo que le espera y hasta deseándolo de antemano. Y también porque a la película no le faltan ciertos momentos audaces: el elaboradísimo plano-secuencia que preside los títulos de crédito iniciales, la presencia de un actor tan magnífico como William H. Macy, siempre al borde de la parodia pero sin cruzar sus límites, y alguna frase memorable, que cintas mucho más sesudas y respetables jamás se atreverían a proferir. Cito de memoria: a punto de que una explosión cause una terrible catástrofe ecológica en una planta de tratamiento de residuos tóxicos, uno de los protagonistas pregunta a su compañero: “¿qué podría hacer el mayor contaminador de la historia?”, a lo cual responde el otro: “¿presentarse a la elección de presidente?”.

Sarcasmo transparente, a mi modo de ver, que no queda huérfano de contexto, pues la película pone el dedo en la llaga no sólo acerca de la pobreza y la violencia que afligen al continente negro, sino también sobre los turbios manejos que potencias occidentales como Francia y Estados Unidos se traen en su suelo. Hasta el tiranuelo contra el que luchan los héroes del filme se permite una lúcida, aunque cínica, reflexión ante la perspectiva de que su política cause miles de víctimas (sigo citando de memoria): “a nadie le importan unos muertos en África”.

El efecto final de la trama (un agente negro de la CIA, interpretado por Delroy Lindo, otro actor de presencia impresionante, pone coto a los desmanes del empresario francés aliado con el dictadorzuelo maliense, dándole a probar de su propia medicina) no deja de tener su gracia. ¿Un rasgo de humor sarcástico, o un intento de reconciliación con la política oficial norteamericana? Seguramente habrá que optar por la segunda opción, aunque quién sabe. Al final va a resultar que un título como éste puede hacer más por reivindicar la causa del continente africano que otras historias mucho más serias y “adultas”, como In my country u Hotel Rwanda. El tiempo nos lo dirá.

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