En la columna que publicó ayer en El País, con el título de “Qué cansancio”, de la que me permito copiar su parte más jugosa:

Cuando uno escribe en España un artículo sobre educación en el que se exponen dos realidades que casi todo el mundo conoce —que muchos profesores sienten que se les ningunea, ejerciendo como ejercen de papás, asistentes sociales y psicólogos, y por otro, que los niños acaban la primaria víctimas de una gran ignorancia—, uno recibe dos tipos de cartas, las de profesores que te agradecen que des voz a sus padecimientos, y las de “expertos” que consideran que en tu argumentación va implícita la defensa de la enseñanza franquista. Qué cansancio. En España, los debates acaban siempre en el fango político, no se admite como derecho democrático que no todas nuestras opiniones deben estar dictadas por el partido al que votamos. Sería saludable entender que el hecho de que un ciudadano vote al PSOE no debiera obligarle a defender la LOGSE y el hecho de que un ciudadano vote al PP no debiera significar el admitir la religión como una asignatura más. Pero no hay medias tintas, si eres de unos debes serlo a muerte. Francamente, no pasaría nada por reconocer que muchos sistemas pedagógicos progresistas surgieron del rechazo legítimo a la educación autoritaria. Ese rechazo provocó errores no sólo en España, sino en todos los países occidentales. Ahora el debate internacional consiste en qué es lo que debemos rectificar. No cabe la menor duda de que la gente progresista que tiene dinero juega con ventaja, lleva a sus hijos a colegios privados donde el esfuerzo ha vuelto a premiarse sin complejos, pero ¿qué ocurre con los niños de clase trabajadora para los que la educación pública es su única arma de igualación social?”

Efectivamente, el debate sobre el sistema educativo en España es víctima de una serie de vicios que parecen perpetuos: una politización insoportable, la ignorancia supina de buen número de los que a sí mismos se llaman expertos, y una mezcla de hipocresía y esquizofrenia que lleva a muchos de los miembros de la comunidad educativa (sobre todo docentes), a afirmar en público casi lo contrario de lo que piensan en privado.

Lo peor del caso no son las interminables disputas sobre reformas, leyes y reglamentos, ni la presión sobre la actividad cotidiana de los docentes de un pedagogismo que a veces se vuelve asfixiante, ni tan siquiera el palmario desconocimiento de numerosos creadores de opinión que han convertido sus tribunas en púlpito de inquisidores. Lo peor, como afirma Elvira Lindo, es el destierro, cada vez a territorios más remotos, de la cultura del esfuerzo, de las virtudes cívicas de la superación, el trabajo bien hecho y la emulación positiva, demasiado a menudo contempladas con displicencia (¡incluso en el propio ámbito educativo!), cuando no con abierta sospecha. De esta situación saben muy bien aprovecharse ciertas élites, cada vez menos compactas en el ámbito ideológico, pero mucho más eficaces en la protección de su estatus. Son las mismas élites que no tienen ningún empacho en presentar como el colmo de la modernidad las versiones actualizadas del “panem et circenses”. Qué cansancio, sí, y qué vergüenza.