Portada de la novelaAcabo de terminar La conspiración, de Dan Brown, el autor de la famosísima novela El código Da Vinci, una obra que merecería pasar a la historia de la literatura no precisamente por su calidad, sino por haber servido como modelo de un sinfín de clones de ese peculiar subgénero (la novela templaria, habría que llamarlo) con el que las editoriales nos castigan de un tiempo a esta parte.

Aunque La conspiración sea dos años anterior a El código Da Vinci, la comparación entre ambas no permite concluir que la experiencia le haya servido a su autor para mejorar en oficio novelístico, sino más bien al contrario. No me atrevo a afirmar que la primera sea una novela mejor (ambas son obras descaradamente comerciales, con escaso valor literario), pero sí mucho más interesante. Al menos, no tiene las pretensiones “culturales” del megaéxito que ha venido arrasando en las listas de ventas, circunstancia esta última que, por mucho que me esfuerzo en analizar, me sigue pareciendo rigurosamente inexplicable.

Quisiera destacar el aspecto subjetivo de mis juicios sobre el valor de ambos libros, porque tienen mucho que ver con el mero gusto personal. Me encanta el techno-thriller, y en cambio me repele bastante todo lo que suene a sociedades secretas que perviven a lo largo de los siglos, con ritos misteriosos y propósitos más misteriosos todavía. De hecho, todo lo que suene a secta y a templario, y más aún la combinación de ambas palabras, me produce urticaria. El código Da Vinci y alguna obra parecida que he leído en los últimos tiempos (El Club Dante, por ejemplo), me han parecido obras fatuas y esencialmente aburridas, que si he conseguido terminar ha sido solamente para ganarme así el derecho a ponerlas verdes.

Pero bueno, admito que para gustos son los colores y que habrá mucha gente a la que las novelas de suspense llenas de gadgets les saquen de sus casillas. A mí, en cambio, me producen una excitación rayana en el frenesí: una vez que agarro una no la suelto, con los resultados predecibles: ojos enrojecidos, bostezos mañaneros, ingesta masiva de café, irritación consiguiente… para qué seguir.

Poniendo, pues, por delante, lo personal de mi valoración, diré que La conspiración es una novela absorbente, entretenidísima, siempre que uno consiga superar los tópicos propios de esta clase de libros: concepción maniquea de los personajes, estructura monocorde (con la clásica distribución de la trama en líneas paralelas que se cruzan, se descruzan y se vuelven a cruzar), dosis masivas de acción, su pizquita de erotismo descafeinado, abundantes escenas de violencia (algunas muy impresionantes, la verdad), ferretería high-tech, una pretendida insolencia hacia las esferas del poder (que en realidad esconde una admiración rayana en la sumisión hacia la figura del Presidente de los Estados Unidos) y las consabidas concesiones a la corrección política.

El argumento quizá sea lo de menos, aunque tiene su busilis: el descubrimiento de un meteorito enterrado en el hielo ártico, que esconde una maravillosa novedad científica, suscita una enconada lucha entre diversas agencias del gobierno norteamericano (la NASA, la Oficina Nacional de Reconocimiento, la propia Casa Blanca), a la que se suma una no menos feroz batalla por la elección presidencial entre el presidente Herney (próximo a posiciones demócratas, aunque el novelista se cuida muy mucho de pegar etiquetas políticas a sus personajes) y el senador Sexton (claramente republicano). Las consecuencias de esta sorda lucha por el poder convierten la vida de los protagonistas (la analista de inteligencia Rachel Sexton, para más inri hija del senador, y el oceanógrafo Michael Tolland, una especie de Cousteau mucho más joven y telegénico), en un auténtico carrusel de peligros. Por supuesto, no faltan las localizaciones extremas (un glaciar en la Isla Ellesmere, donde se sitúa el descubrimiento del meteorito y transcurre la primera parte de la novela, un buque de investigación oceanográfica anclado justo encima de un volcán submarino ¡que amenaza con entrar en erupción!), ni los lujosos escenarios asociados al ejercicio del poder.

La verdad es que Dan Brown maneja con ingenio y eficacia una mezcla, no siempre fácil de conseguir, entre la intriga política y el componente científico-tecnológico. La primera está bien resuelta, aunque a costa de exagerar los rasgos de los contendientes (qué malo es el senador Sexton, por no hablar de algún otro jerarca conspirativo cuya identidad conviene no revelar; por el contrario, qué bueno, idealista y honrado es el presidente). En cuanto al segundo ingrediente del cóctel, hay que reconocer que proporciona al argumento momentos de gran brillantez, aunque al lector le queda la duda en más de una ocasión acerca de si lo que nos cuenta Dan Brown no estará demasiado cogido por los pelos, a pesar de sus protestas de verosimilitud (“toda la tecnología a la que se hace referencia en esta novela existe”, afirma en la página 11): fusiles que disparan municiones elaboradas sobre el terreno, proyectores holográficos para despistar a las defensas antiaéreas, sumergibles capaces de llevar trabajadores a las fosas abisales más profundas, aviones operacionales capaces de volar a Mach 6, et sic de caeteris.

En fin, nada que no hayamos encontrado antes en novelas de Michael Crichton o de Preston y Child: sexo (poco), drogas (la adrenalina del poder en estado puro), y rock and roll tecnológico a toneladas. Una combinación de eficacia más que probada para el entretenimiento, aunque cercana a lo que podríamos denominar, si el concepto no hubiera sido ya acuñado por Roland Barthes para otros propósitos, “grado cero de la escritura”. Que nadie espere sutilezas ni florituras estilísticas, ni tampoco profundas cogitaciones sobre la experiencia del poder. No obstante, la novela ofrece algunos apuntes ideológicos interesantes, como los que tocan al debate acerca de si la carrera espacial debe ser un proyecto abierto, liderado por científicos y pagado por los contribuyentes, o estar al servicio de la comunidad de inteligencia, con sus opacos vínculos empresariales y sus atroces exigencias de secretismo. Dan Brown opta abiertamente por la primera alternativa, y deja muy clara a través de las vicisitudes del argumento la condena de los manejos más turbios del poder y los riesgos de su connivencia con los intereses impresariales y las actitudes militaristas.

Se puede ser comercial, y a la vez demostrar rasgos de coraje, como el propio autor nos demostró con su Da Vinci, tan poco simpático para determinadas organizaciones religiosas. A quienes piensan que esta clase de best-sellers no es más que un mero subproducto del imperialismo dominante, yo les recomendaría que leyeran el libro, comprobaran la nitidez con que su autor pone en la picota las tácticas que se gastan los soldados de la Delta Force y sus “controladores” políticos y asistieran al final que Dan Brown les ha preparado en su novela, tan estremecedor como imaginativo.

Dan Brown, La conspiración, Barcelona, Umbriel Editores (Col. “Umbriel Narrativa”), 2005, 603 páginas.

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