El cine de José Luis Garci tiene apasionados partidarios y no menos furibundos detractores. Algunos de estos últimos no le perdonan su independencia, ni el que suela nadar contra corriente tanto en los temas de sus películas como en algunos de sus rasgos estéticos e ideológicos. En lo que a mí concierne, tengo que reconocer que las películas de Garci me dejan un tanto frío. No las he visto todas, así que he de admitir que mis opiniones son un tanto inconsistentes, pero, tal vez con la excepción de El crack, encuentro en ellas una sentimentalidad que no acaba de gustarme.

Todo lo cual no quita para que tenga una alta consideración de José Luis Garci como divulgador cinematográfico y hombre de cultura, sobre todo desde que puso en antena Qué grande es el cine, uno de los pocos programas que merecen la pena en la actual parrilla de la televisión. Se le han señalado muchos defectos de organización y formato -no es el menor su horario, que le ha hecho acreedor a ingeniosas variantes del título, como Qué tarde es el cine-, lo han sometido a innumerables parodias y cuchufletas, pero ahí está, tan sólido e interesante como el primer día, un espacio de cine-fórum que lleva un montón de años en antena, que nos ha ofrecido títulos memorables y que, a diferencia de tantos otros productos televisivos, sabe respetar la inteligencia del espectador.

Este fin de semana he visto una de las últimas entregas del programa (grabado en VHS, pues uno tiene que levantarse todos los días laborables a las seis y media): la dedicada a Capitán Conan, de Bertrand Tavernier. Una película magnífica, que supera ampliamente el criterio que yo suelo utilizar para juzgar la calidad de un filme, a saber, que al verla por segunda vez me guste más que a la primera. De hecho, tenía un recuerdo bastante confuso de este filme bélico de 1996, que el ciclo de Garci me ha permitido actualizar. Y qué enorme película, de una intensidad tan poco común, con unos personajes admirables, tan verdaderos, tan humanos. No son tipos de una pieza, sino personas comunes y corrientes, enfrentadas a situaciones terribles -las operaciones de la I Guerra Mundial en el frente oriental- que afrontan de muy diversas maneras, cada uno a su propio y particular estilo.

Alguna vez se ha dicho que toda verdadera película de guerra debe ser antibelicista. Y por supuesto que la de Tavernier lo es, pero nada más lejos del antibelicismo o antimilitarismo simplón, ese que se alimenta de tipos grotescos y situaciones absurdas. Aquí tenemos a un héroe paradójico (el capitán Conan), que precisamente por ser un verdadero personaje y no un muñeco de cartón tiene aristas tan afiladas y desagradables como el cuchillo que empuña con destreza para rebanar el gaznate de los centinelas, en alguna de esas misiones casi suicidas tras las líneas enemigas. Conan es un especialista de la guerra y un genio táctico (un “guerrero”, dirá de sí mismo), que no traga a los militares de carrera (con alguna excepción), porque, como él afirma también “un perro lobo y un lobo no son lo mismo”, alguien encargado de realizar el trabajo sucio que los generales no quieren hacer, juergista, mujeriego, violento y hosco, pero capaz de una infinita solidaridad con sus hombres y con sus verdaderos amigos. Tavernier lo presenta rebosante de una humanidad vitalista y contradictoria, finalmente derrotado por una guerra que al terminar lo ha dejado desprovisto de la única habilidad en la que él -al fin y al cabo un hombre común y corriente- es infinitamente superior a los demás.

Tal vez lo más interesante de la película -llena de un humor irónico, de una mezcla de ternura y horror ciertamente insólita, de detalles de producción y referencias cinéfilas que los contertulios de Garci supieron poner sobre la mesa, para deleite de los aficionados- sea el diálogo magistral entre ese Conan nervioso y agitado, magistralmente interpretado por Philippe Torreton, y los otros dos militares que protagonizan la película, los tenientes Norbert y De Scève. El primero, hombre de letras, es el contrapunto de Conan: educado, sereno, intenta mostrar por sobre el caos de la guerra una ecuanimidad y un innato sentido de la justicia que en última instancia le llevarán a enfrentarse con su amigo. El segundo -el único militar de carrera al que respeta Conan- representa la bravura innata pero también la actitud elitista del aristócrata y del profesional de las armas. Entre los tres se establecen unos nexos muy complejos, de una sinceridad pocas veces vista en el cine, expresada a través de diálogos cuya transparencia y veracidad le dejan a uno pegado al asiento, con el pulso acelerado y la boca abierta.

Qué magnífico director Tavernier y qué suerte contar con un espacio televisivo que nos ofrece, aunque sea tan a deshoras, la oportunidad de disfrutar de un cine que raramente se programa en la pequeña pantalla. Como a veces han dicho los tertulianos de Garci, cuando comentan una de esas películas de aventuras que a mí tanto me gustan: dejen a los niños despiertos por una noche, hasta las tantas, y que disfruten. Con la salvedad de que Capitán Conan no es precisamente recomendable para tiernas criaturas, no hay consejo más atinado.