Cartel de la películaPilar, que tiene una propensión invencible hacia las novelistas inglesas, más aún si escriben sobre la época victoriana, siempre me aconseja que lea a Maeve Binchy, Rosamunde Pilcher o Anne Perry. Yo me resisto con todas mis fuerzas, pero tengo que admitir que, después de contemplar los hermosos paisajes de Cornualles y la plácida vida de sus habitantes, tal como se nos presentan en La última primavera, no me queda otro remedio que lanzarme sobre la Pilcher y Los buscadores de conchas.

Seguro que La última primavera no será un exitazo, pero qué más da. Es una de esas películas inglesas extraordinariamente bien hechas, muy bien ambientadas y con magníficos actores, y de ella sale uno reconfortado, con la sensación de que el mundo es algo más hermoso y más cálido tras su proyección. Su director, el actor Charles Dance (un secundario habitual del cine inglés, al que vi hace poco en Swimming pool), puede tener la conciencia bien tranquila en su debut tras la claqueta: estoy seguro de que todos los que hemos visto la película hemos tenido que vencer la tentación de marchar hacia Truro o hacia Penzance, pedir alojamiento en una de esas adorables casitas con tejado de losas, al borde del mar, entre arriates de rosas y fuentes en las que beben las urracas, tendernos sobre los suaves prados floridos y contemplar el vuelo de las gaviotas, bajo el cuidado de unas mujeres tan adorables como las que interpretan Judi Dench, Maggie Smith (las hermanas Ursula y Janet) y Miriam Margolyes (la cocinera Dorcas).

Aunque la historia ofrezca algunos aspectos amargos, pues también en Cornualles hay celos, y frustraciones, y sentimientos ocultos, y temas que ni siquiera dos hermanas que llevan viviendo juntas muchos años tratan abiertamente, la vida de estas dos señoras de lavanda (Ladies in lavender es el título original, mucho mejor que el que se le ha adjudicado entre nosotros), en su casa junto al mar, poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, tiene un sabor tan acogedor y entrañable que el espectador lo añora nada más comenzar la película. Uno quisiera ser Andrea Marowski, el joven polaco que naufraga en la playa situada casi bajo el jardín de Ursula y Janet, para ser recogido y mimado por estas adorables ancianas, para ser inevitablemente seducido por los ojos azules de Olga, la acuarelista rusa (Natascha McElhone, que tiene un personaje algo desvaído, pero unos bellísimos primeros planos) y poder tocar vigorosamente el violín en las fiestas de la cosecha.

Y uno querría tener siquiera la décima parte del talento de Judi Dench y Maggie Smith, que representan dos papeles antológicos, plenos de sabiduría, de humor y emoción. Seguro que ningún espectador podrá olvidar la interpretación de Dench -encarna a Ursula, la más frágil de las dos ancianas, una mujer sensible y emotiva que siente un súbito renacer de sus sentimientos amorosos ante la llegada del náufrago-, un prodigio de delicadeza y expresividad, un auténtico derroche de facultades actorales y de cariño hacia el personaje.

Poco se puede argumentar en demérito de esta película; si acaso, su final un tanto inconsistente, que no acaba de explicar la relación entre Olga y Andrea ni la forma en que el joven náufrago, por muy virtuoso del violín que sea, consigue acceder al éxito. Pero eso da lo mismo: la emoción de la historia, de sus personajes y de su música (una preciosa banda sonora de conciertos para violín, interpretados por Joshua Bell, que he pedido a Amazon.uk) es lo que importa. Y aquí hay emociones verdaderas, y muy hermosas.