Portada de la novelaNo conozco todas las novelas del tándem Douglas Preston y Lincoln Child, pero con las seis que he leído (El ídolo perdido, Nivel 5, El relicario, Más allá del hielo, Los asesinatos de Manhattan, y esta última que acabo de terminar, La mano del diablo) creo que ya he conseguido cogerle el tranquillo a esta pareja de novelistas norteamericanos, practicantes de un género que combina, a mi modo de ver con bastante acierto, lo policíaco, el suspense, el horror y los elementos tecnológicos. Thrillers de alta tecnología, podría ser la etiqueta adecuada para sus novelas, casi siempre de lectura apasionante, que complementan su innegable vocación de superventas con un cierto brillo cultural y, de vez en cuando, estimables cualidades literarias.

Probablemente La mano del diablo no sea la mejor de sus obras (una posición que en mi particular escala de valores habría que conceder a El ídolo perdido o a la estupenda Más allá del hielo), pero tampoco decepcionará a los seguidores de Preston y Child, aunque no sea más que por el hecho de que en ella abundan elementos muy característicos de su narrativa: los motivos siniestros –las muertes sangrientas, los subterráneos, las presencias maléficas o infernales–, la trama tecnológica –que en este caso está bastante cogida por los pelos, aunque tiene su gracia–, los personajes de novelas anteriores –en este caso, los agentes D’Agosta y Pendergast– o incluso una cierta propensión a adornar el relato con un barniz de culturalismo literario-artístico-histórico, que llega al curioso extremo de “resucitar” para la trama a un personaje literario: el conde Fosco, uno de los protagonistas de La dama de blanco, de Wilkie Collins.

El argumento de esta novena novela en colaboración de la pareja Preston-Child (ambos han publicado otros libros en solitario) no es demasiado complejo: una serie de crímenes particularmente macabros e inexplicables, de inequívoca escenografía infernal, que se ceban sobre prominentes ciudadanos de Nueva York, motiva la entrada en escena de los agentes D’Agosta y Pendergast, cuyas investigaciones rápidamente les conducen a sospechar de un brutal empresario neoyorkino, propietario de empresas que trafican con tecnologías prohibidísimas (misiles balísticos, nada menos). En persecución del industrial, acudirán a Florencia, donde tendrán ocasión de descubrir que nada es lo que parece, y que existen curiosos nexos entre el pacto con el diablo que firmaron en su juventud los norteamericanos asesinados, la tecnología misilística y los secretos constructivos de Antonio Stradivari, el más famoso de los luthiers italianos. No se puede negar que hace falta hilar muy fino para saber entretejer hebras tan heterogéneas…

De todas formas, habría que advertir a los admiradores de Preston y Child de que con La mano del diablo los novelistas parecen haber perdido algo de su “toque mágico”, pues se trata de una novela en la que lo policíaco se lleva la parte del león, en detrimento de los otros aspectos del género que tan bien han sabido combinar hasta ahora. Los elementos macabros y siniestros, así como el componente tecnológico de la historia nunca consiguen alcanzar un nivel satisfactorio, y finalmente acaban por desaparecer, absorbidos por una trama de investigación que en última instancia, se revela bastante convencional. Aunque este planteamiento tiene una dimensión positiva, pues permite eliminar la posible explicación sobrenatural de los crímenes (a mí me gustan muy poco las historias “infernales”, a no ser que pertenezcan a géneros abiertamente fantásticos), existen perniciosos efectos secundarios, como la pérdida o debilitamiento de esa atmósfera genuinamente misteriosa y malsana, típicamente “prestonchildeana”, que respiran las mejores novelas de estos autores. Lo que queda es una historia de ambición, violencia e intrigas que no carece de interés, pero que desde luego queda por debajo de las expectativas del lector

El desequilibrio que acabo de señalar también tiene otras causas. Una de ellas es la división de la historia en dos localizaciones muy diversas –la primera parte de la novela transcurre en Nueva Jersey y Nueva York, la segunda en la Toscana italiana–, cuyos nexos de enlace no acaban de funcionar del todo bien. A este respecto, no entiendo a qué viene tanta insistencia con el personaje de Buck, un iluminado fanático que se toma muy en serio la hipótesis de la intervención diabólica en los crímenes, y que hace de las suyas en el Central Park neoyorkino mientras D’Agosta y Pendergast luchan en Italia contra presencias nada infernales. Otra es el hecho de que el barniz culturalista de la historia no alcanza efectos tan armoniosos como los logrados para sus instrumentos por parte del maestro de Cremona; de hecho, en más de un momento da la impresión de que la ambientación florentina de la novela no es más que una excusa para exhibir los múltiples saberes del detective Pendergast, las parrafadas en dialecto napolitano del agente Vincent D’Agosta, cómicamente sorprendido por la enorme diferencia entre su lengua familiar y el italiano estándar, y la elegante inteligencia perversa de ese genial préstamo literario que es el conde Fosco.

Aunque tampoco hay que pedir peras al olmo. Yo he devorado la novela en apenas tres noches, me he estremecido con los elaborados asesinatos de malvados ricachones neoyorkinos, que tienen el mismo atractivo morboso y justiciero de las danzas de la muerte medievales, y me he relamido con las intervenciones de ese genio de la inventiva detectivesca que es el agente Pendergast, con sus infinitos recursos y su cultura enciclopédica, aquí enfrentado a un villano que no le va en absoluto a la zaga en habilidad, refinamiento y determinación. Además, dentro de cuatro días me voy a un viaje cuyo destino final es la Toscana, las calles y palacios de Florencia, las colinas y los bosques de la región de Chianti. No se puede pedir más. Bueno, sí, me gustaría utilizar La mano del diablo como guía turística; lo malo es que la edición de tapas duras que yo tengo pesa como un muerto, y no me cabe en los bolsillos de las bermudas.

Los interesados en la obra de Preston y Child seguro que encontrarán apasionante su web (en inglés), en http://www.prestonchild.com.

Douglas Preston y Lincoln Child, La mano del diablo, Barcelona, Plaza y Janés, 2005, 650 páginas.

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