Portada del libroEn algún lugar de esta bitácora ya he declarado mi fascinación por el tema de la Segunda Guerra Mundial y, en particular, por el Desembarco de Normandía, cuyo sexagésimo primer aniversario se celebró el pasado 6 de junio. Hace ahora poco más de dos años, Pilar y yo recorrimos los principales escenarios de aquel histórico suceso.

En una de esas playas, la de Omaha, la misma por la que paseamos el 25 de julio de 2003, está tomada la fotografía que ilustra la portada del libro de Richard Overy, Por qué ganaron los aliados. Los presidentes Jimmy Carter y Valèry Giscard D’Estaing aparecen de espaldas, observando los arenales, quizás sobrecogidos por la belleza del lugar y por el recuerdo de la terrible batalla que allí se libró un 6 de julio de 1944, cuando las tropas americanas consiguieron vencer, a costa de casi tres mil bajas, la encarnizada resistencia alemana. Qué extraño contraste el de las limpias arenas de la playa que se extiende a lo largo de más de tres kilómetros, entre Vierville-Sur-Mer, Saint-Laurent-Sur-Mer y Colleville-Sur-Mer, con la imagen imborrable de aquel día, la de unos arenales empapados en sangre y cubiertos de cadáveres y restos humeantes, que merecieron para aquel lugar el nombrenombre de “bloody Omaha”, la sangrienta Omaha.

A pesar de su fuerza e intensidad épica, los detalles de aquella jornada histórica, o los de tantos combates y actos terribles y heroicos de la conflagración, no son, sin embargo, el principal motivo de interés de esta obra de conjunto, dedicada a un análisis muy inteligente y complejo de las circunstancias que permitieron a los Aliados ganar una guerra que, al menos hasta los comienzos de 1943, tras el aniquilamiento de un ejército alemán entero en la batalla de Stalingrado, no había resultado demasiado favorable a su causa. El enfoque que Overy proporciona a su obra es muy sugestivo, y lo digo no desde la perspectiva del historiador profesional (que, por supuesto, no soy), sino desde la de un simple lector interesado en estos temas. En efecto, casi todos los ciudadanos occidentales de mi generación hemos crecido con la idea de que la victoria aliada en la contienda fue poco menos que inevitable, resultado no sólo de factores tangibles -la superioridad industrial y técnica, la mejor dirección estratégica, la consistencia de fines y propósitos en la conducción de la guerra-, sino de una especie de providencia que ayudó a los aliados a vencer a las fuerzas de la tiranía, a los ejércitos del Mal.

Overy demuestra que la victoria aliada no fue resultado de ninguna intervención providencial, ni tampoco de un factor decisivo, sino más bien de la interrelación de una serie de elementos cada uno de los cuales, con ser importante, no hubiera bastado por sí mismo para la derrota del Eje. Su libro pasa revista minuciosamente a ocho factores que consiera esenciales: la victoria aliada en la lucha por el dominio de las rutas marítimas, especialmente en el Atlántico Norte, el desgaste del ejército alemán contra las tropas soviéticas en las dos gigantescas batallas de Stalingrado y Kursk, la eficacia de las acciones de bombardeo estratégico contra la industria y población alemanas, el éxito del desembarco de Normandía y la campaña de Francia, la superioridad de la capacidad industrial de los aliados, la ventaja lograda por éstos en el terreno de la tecnología militar, la solidez de la alianza contra el Eje y, por último, la superioridad del bando vencedor a la hora de implicar a su población en los esfuerzos y en la contienda moral que supuso la guerra. A cada uno de estos factores dedica un capítulo completo, más otro capítulo de síntesis que lleva a cabo la integración y valoración conjunta de todos ellos y un epílogo en el que Overy reflexiona sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del Eje sobre la historia contemporánea. El autor desarrolla su estudio con una amplitud de miras digna de elogio; además, demuestra una capacidad analítica y de manejo de datos y referencias que sólo cabe considerar como magistral, no sólo por lo amplio de sus dimensiones, sino por lo bien trabado de sus interrelaciones y por el talento y precisión con que desmenuza las mutuas implicaciones de todos los factores involucrados en su análisis.

A propósito de esa amplia perspectiva adoptada por Overy, me gustaría subrayar un hecho que me ha llamado la atención, y que tiene que ver con mi propia formación: los que nos hemos construido una imagen mental de la Segunda Guerra Mundial a partir de las fuentes occidentales (casi todos hemos crecido teniendo a la vista la perspectiva anglosajona sobre la guerra, plasmada en innumerables elementos de la cultura popular, sobre todo las películas) no dejamos de sorprendernos con algunas de las consideraciones de Overy, como su reconocimiento al papel desempeñado por la Unión Soviética en el debilitamiento del ejército alemán, o las alabanzas del historiador al talento estratégico desplegado por los militares soviéticos en la preparación de su contraofensiva sobre Stalingrado y en la persecución de la Wehrmacht a través de la Europa oriental. Overy hace extensivos estos elogios (como antes Antony Beevor, en Stalingrado), a la resistencia del pueblo ruso, que soportó unos sufrimientos prácticamente inimaginables con un estoicismo patriótico impensable en otras naciones.

Por otra parte, me interesa destacar cómo analiza Overy las complejidades de la planificación militar y civil en sociedades como la británica y la estadounidense, cuyos estándares de vida anteriores al conflicto eran poco compatibles con las limitaciones impuestas por la guerra. Los datos que proporciona el historiador ponen el adecuado contrapunto a la perspectiva, casi siempre excesivamente optimista y glorificadora, que se suele tener sobre la intervención de los ciudadanos y soldados ingleses y americanos en la guerra. En todo caso, esos mismos datos demuestran la enorme superioridad de la planificación y la conducción del conflicto en el bando anglosajón; en particular, los relativos a cómo fue posible activar en muy tiempo la gigantesca capacidad industrial y de gestión de la sociedad norteamericana resultarían casi increíbles de no ser rigurosamente históricos y reales.

Al tratar las causas de la derrota del Eje he mencionado a la Providencia, cuya intervención favorable alguno de los propios líderes del bando aliado (por ejemplo, Churchill) llegó a considerar en determinados momentos críticos, como el Desembarco de Normandía. Por supuesto, Overy no la considera como un factor esencial para ninguno de ambos bandos, aunque no se olvida de tratar en profundidad los aspectos religiosos de la lucha en el capítulo dedicado a la moral de las naciones contendientes. Sin embargo, tras leer el libro, queda la curiosa sensación de que el autor observa la intervención en la lucha de una fuerza de carácter “espiritual”. Me refiero a su convicción de que la victoria de la causa aliada estuvo beneficiada por su carácter progresista y racional, opuesto al fanatismo y la irracionalidad del fascismo. Los errores de Hitler y del nazismo alemán en los planteamientos estratégicos y en la conducción de la guerra son, para Overy, inseparables de esos vicios consustanciales a la doctrina política nacionalsocialista.

No sé si es legítimo concluir, tras la lectura de este magnífico libro, que, de algún modo, el germen de la derrota del Eje estaba en su propio ser malvado y antihumano. Quizás es un planteamiento demasiado simple, a la luz de la pervivencia del régimen soviético, no tan irracional ni tan monstruoso como el de Hitler, pero casi igual de destructivo, en la Europa oriental durante casi cincuenta años, o de la facilidad con que los Estados Unidos sustituyeron el combate maniqueo contra el Eje por una lucha no menos maniquea contra el comunismo planetario. Overy subraya en sus capítulos finales estas contradicciones derivadas del desenlace de la Segunda Guerra Mundial, pero no cabe duda de que su balance de la historia de la última mital del siglo XX, tras la derrota del fascismo, es rotundamente positivo.

Richard Overy, Por qué ganaron los aliados, Barcelona, Tusquets, 2005, 499 páginas. Traducción de Jordi Beltrán Ferrer.