Cartel de la películaSe me permitirá que utilice el título de la última película de Robert Rodriguez, Sin City, adaptación al cine de las historietas gráficas de Frank Miller, como punto de partida del modesto juego de palabras que figura en el título de la reseña. Y, por cierto, antes de entrar en otras consideraciones conviene poner de relieve que se trata de una adaptación fidelísima y devota, realizada con maneras de virtuoso, tan próxima a los estilemas y recursos gráficos del cómic que el propio dibujante figura como co-director de la película.

El resultado es, si uno se limita a observarlo desde la perspectiva del original gráfico, deslumbrante: un blanco y negro purísimos, de un brillo y un contraste asombrosos, planos de enorme expresividad, un montaje que exalta los mecanismos narrativos característicos de las tiras cómicas y unos personajes rotundos, de vigorosa plasticidad, -héroes recios y musculosos, de perfiles tallados a cincel, villanos abyectos, a menudo de aspecto repulsivo, mujeres curvilíneas y seductoras-, que parecen atravesar la pantalla y se quedan pegados a la retina del espectador. Hasta las voces de la versión doblada al castellano tienen una textura especial, poco común, una especie de desganada desesperación que logra un efecto muy sugestivo, casi hipnótico.

Ahora bien ,que en este despliegue de virtuosismo técnico y alardes compositivos haya cine en sentido estricto y no sólo una “traducción automática” del lenguaje de las historietas gráficas, ya es harina de otro costal. A tenor de lo que nos propone el tándem Rodríguez-Miller (con la colaboración de Quentin Tarantino como director invitado), a saber, un conjunto de historias de un sádico salvajismo que sólo puede ser admisible en un cómic y unos personajes que quieren ser originales pero que en realidad representan variaciones sobre estereotipos muy conocidos -el antihéroe encallecido pero de fondo generoso, la prostituta de buen corazón, el hijo de papá consentido y sádico, el político intocable, los policías corruptos-, Sin City se queda en poco más que un ejercicio de estilo manierista, tan admirable en su vertiente icónica como vacío de contenido.

En efecto, da lo mismo en qué país o en qué ciudad transcurra la acción (parece una Nueva York estilizada, siempre fría y lluviosa, pero también hay referencias a las grandes ciudades de California), quiénes sean los personajes o cómo se llamen, y cuáles sean sus historias o las motivaciones de su conducta. En realidad, tanto los personajes de esta película-cómic como su peripecia vital forman parte de una suerte de universo de ficción autónomo, sin otros referentes que la propia ficción. A diferencia de otras adaptaciones de estética cercana al cómic pero dotadas de un firme anclaje en la realidad histórica -pienso, por ejemplo, en Dick Tracy, de Warren Beatty (1990)- Sin City hace caso omiso a las exigencias de fidelidad histórica para poner en pie un mundo propio, que sólo conecta con la realidad, y ello en segunda instancia, gracias a los innumerables guiños intertextuales (novelas y películas de serie negra, otras tiras cómicas) que pueden detectarse en su discurso. Tal proceder puede ser admisible en el cómic (yo confieso que bajo diversas formas artísticas tanto artificio metatextual y tanta estilización me aburren), pero en su traslación a la gran pantalla sólo consigue confirmar sus riesgos casi inevitables: la constante amenaza del hartazgo, la sensación de que un envoltorio tan suntuoso (y no me refiero únicamente a las imágenes, sino al reparto, repleto de estrellas) sólo sirve para recubrir una cáscara hueca.

Ese vacío podría haber tenido cierta gracia, cierta frescura, si no hubiera sido por su tendencia a la amplificación y a la puesta en práctica de un estilo ampuloso, que de tan repetido llega a cansar. De hecho, al espectador le hubiera bastado sólo con el primer tercio de la película -el episodio inicial, protagonizado por un Mickey Rourke tan exageradamente caracterizado que uno está dispuesto a olvidar los innumerables excesos de su personaje mientras busca los rasgos del actor que hay tras la máscara- para darse cuenta cabal de sus planteamientos y objetivos. En cambio, la cinta se prolonga en dos episodios adicionales que no aportan nada nuevo, salvo la reiteración de alguna presencia estelar (más de Bruce Willis, en un papel que ha interpretado tantas veces que podría representarlo hasta dormido) y sorpresas muy dignas de reconocimiento, como por ejemplo la de la actriz Jessica Alba, verdaderamente seductora y sexy en su papel de Nancy, la joven salvada por el detective Hartigan (Willis) de las garras del psicópata de turno.

En resumen: una película para fans de los cómics de Frank Miller, que sólo convencerá a los ya convencidos. Para el resto, un ejemplo singular de competencia técnica y de colaboración entre distintas expresiones artísticas, un curioso experimento de técnicas y estilos, que tal vez augure la llegada de nuevas formas cinematográficas, pero poco, muy poco más. A la luz de este enésimo intento, me ratifico en lo que ya pensaba cuando entré en la sala de proyección: que, a diferencia del matrimonio entre cine y literatura, tan prolífico y afortunado, el de cine e historieta gráfica tiene algo de unión contra natura, condenado a alumbrar criaturas de imposible perfección.

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