Cartel de la películaHistorias morales, sí, aunque sin moralina, son las que presentan dos recientes películas inglesas, Match Point, del director norteamericano Woody Allen, y El jardinero fiel, del brasileño Fernando Meirelles. Son historias densas, conflictivas, nada complacientes con los usos habituales del cine de consumo masivo, puesto que obligan al espectador a sacudirse la modorra y a tomar partido ante las situaciones que plantean. Son, además, dos películas magníficamente realizadas –más clásica y pausada la de Allen, más nerviosa y de narración menos lineal la de Meirelles–, con guiones sólidos, puesta en escena impecable e interpretaciones excelentes, cuya huella sobre la memoria perdura mucho tiempo después de que el espectador haya abandonado la sala de proyección.

Y no es hablar por hablar. Cuando uno sale de Match Point, se queda pensando largamente en esa especie de Ripley con conciencia de culpa que es el personaje de Chris Wilton, un parvenue de la alta sociedad británica, cuya ambición no es incompatible con la fascinación que suscita entre todos los que le conocen, y hasta con cierta paradójica decencia. Con una fascinación semejante, aunque de signo muy distinto, acoge el espectador la figura de ese espléndido personaje que es el diplomático Justin Quayle, protagonista de El jardinero fiel, un hombre recto y de conciencia íntegra, cuyo tristísimo final provoca una sensación de duelo y compasión que no se agota en el patio de butacas.

Aunque los argumentos de una y otra película sean diferentes, al igual que la orientación de sus personajes y sus respectivos desenlaces, se trata, en ambos casos, de un cine poderoso, serio, un cine impregnado del sabor de la realidad captada en matices y complejidades cada vez menos frecuentes en la gran pantalla y precisamente por ello más valiosos. Ni en la película de Woody Allen ni en la de Fernando Meirelles hay buenos y malos en estado puro, sino gente común y corriente obligada por distintos motivos a conductas excepcionales y a tomar decisiones drásticas, no siempre dignas de aplauso. Hay, claro está, una gran distancia entre Wilton, capaz de duplicidades, renuncias y crímenes con tal de ascender en la escala social, y Quayle, cuyo único defecto es su inocencia, su incapacidad para advertir las turbias intenciones de los otros. Cierto es que Quayle es admirable (aunque no creo que nadie quisiera afrontar un destino como el suyo), mientras que Wilton resulta odioso en más de una ocasión, a pesar de lo cual la vida y la suerte le sonríen. Sin embargo, mientras que los espectadores nos sentimos dispuestos a comprender a este ex profesor de tenis, convertido en tiburón financiero y miembro de la clase acomodada británica, porque lo reconocemos como una persona sometida a tentaciones de las que nosotros mismos no sabríamos salir con dignidad, también tenemos ganas de agarrar a Quayle por las solapas, darle un par de bofetones y echarle en cara esa bondad que acaba por llevarle a la destrucción.

A pesar de la ambientación poco habitual en la cinematografía de Allen (la película se ha rodado en escenarios ingleses y con un reparto en su mayor parte británico), y del hecho de que su director no interviene en ningún momento como actor o personaje, Match Point es cine de Woody Allen en estado puro: discurrir moroso, diálogos inteligentísimos, una ambientación cuidada hasta el mínimo detalle, personajes con un punto de extravagancia y una dirección de actores que recuerda inmediatamente a cualquiera de sus multitudinarias y abigarradas composiciones neoyorkinas. El tema de la pasión amorosa que deriva en adulterios, traiciones y crímenes ya lo habíamos visto antes en varias películas de Allen, y de hecho constituye el núcleo argumental de la que muchos consideran una de sus obras maestras (Delitos y faltas). La novedad en la elección del marco general de la historia (sofisticado, elegante, casi aristocrático) no lo es tanto si prestamos atención a su desarrollo y a la interacción de los personajes, aspectos ambos en los que brilla ese talento peculiar del director neoyorkino para elaborar seductoras infinitas y siempre seductoras variaciones sobre el mismo tema.

Hace ya tiempo que Woody Allen superó la obsesión monomaníaca de sus inicios para dotarse de una mirada profundamente humanista sobre la realidad social y el marco familiar. Sin embargo, sus últimas películas daban la sensación de haber perdido la frescura y agilidad tan características de su cine, que afortunadamente se recupera en Match Point con un espléndido retrato de una familia británica de clase alta. Habida cuenta del argumento y de la personalidad del protagonista –un “trepa”, por decirlo mal y pronto– hubiera sido fácil caer en la tentación de trazar una pintura de trazo grueso y de juzgar a los personajes con una mirada condescendiente o sarcástica. Sin embargo, Woody Allen levanta una historia sutil y minuciosa, que respeta a las personas y no se obsesiona con los arquetipos. Los miembros de la familia Hewett son ricos y bonvivants, pero no son ni estirados ni cínicos. Quieren lo que todos queremos, estabilidad, amor y el reconocimiento de los suyos, y son gente con una admirable alegría de vivir. No son menos personas, ni menos dignos del cariño del espectador, porque hayan nacido protegidos por su clase y por los bienes de fortuna. A este respecto hay una frase muy significativa, que define el enfoque y actitud de la película, con la que uno de los protagonistas define al padre de los Hewett (un intenso Brian Cox, tan eficaz como siempre): “ni toda su fortuna le produce más placer que ayudar a su familia”.

Nada que ver, en todo caso, con el empalagoso planteamiento con que estos temas suelen abordarse en el cine de Hollywood. La valoración de esa especie de aurea mediocritas que según Match Point se alcanza en el marco de la vida familiar no está libre de contradicciones ni de aristas. En realidad, la lección moral que de ella se deriva no es ajena a un escepticismo esencial, y hasta un punto cínico, sobre la naturaleza humana, que en mi opinión tiene una evidente relación con la filosofía, a la vez vitalista y crudamente materialista, de todo el cine de Allen: la opción que toma el protagonista en el tramo final de la película está explícitamente determinada por su miedo a perder el cómodo espacio social en el que se ha instalado, que es, al mismo tiempo, el único escenario posible de una cierta felicidad. No se puede negar que en la terrible decisión del personaje de Chris Wilton pesa mucho la ambición, pero también esa especie de horror vacui ante el mecanicismo y el sinsentido de la vida, que expresa en un momento de la película y que incomoda tanto a los miembros de la familia Hewett. De hecho, el ingeniosísimo giro del argumento (no lo desvelaré aquí, pero hay que reconocer que deja al público con la boca abierta) que le ayuda a escapar de lo que parece un castigo inevitable a sus culpas no es sólo un truco de guión, sino la demostración del aserto inicial de la película acerca de la importancia de la suerte, ese azar incognoscible que gobierna nuestras vidas y que preside la trama con la metáfora de la pelota de tenis a punto de caer de un lado u otro de la red en el “match point”, en el punto definitivo del partido. Que la vida conyugal y el regalo (por supuesto, azaroso) de los hijos constituyan un refugio eficaz contra el caos acaso sea una perspectiva poco consoladora, e incluso una cínica justificación de lo injustificable, pero también puede considerarse como un reflejo fiel de nuestras propias y difíciles elecciones morales, y por supuesto como una idea plenamente coherente con toda la producción cinematográfica de Woody Allen.

En la película del director neoyorkino, la influencia “correctora” del azar y el torno de farsa que asoma en su tramo final (muy divertido, por cierto, todo el episodio de la investigación policial que amenaza la prodigiosa buena fortuna del protagonista) permiten suavizar los perfiles más afilados del drama moral que en ella se retrata. Habrá quien se sienta molesto por esta irrupción de la comicidad en una historia que hasta su desenlace apenas había dado pie a la sonrisa. Tal vez debamos admitir el reparo, aunque, al fin y al cabo, siempre cabe señalar que nos hallamos dentro del particular universo de Woody Allen, que hace mucho tiempo que demostró su amplio dominio de los géneros y su capacidad para desmarcarse con airosa elegancia de cualquier preceptiva.

Cartel de la películaConsuelos semejantes a los que proporcionan el humor o la ironía no aparecen por ninguna parte en El jardinero fiel. Con olvido probablemente deliberado de las enseñanzas aristotélicas (y esto no lo digo como un elogio), en esta crudelísima historia de los abusos que sobre la población indígena africana ejercen las poderosas industrias farmacéuticas, aliadas para la ocasión con los intereses del gobierno británico, apenas hay espacio para la esperanza de que, al final, sea castigado el vicio y premiada la virtud. Aunque no voy a dar detalles sobre cómo se desarrolla la trama, lo cierto es que aquí pierden los buenos, aquí fracasa uno de los personajes más genuinamente heroicos que hemos visto en muchos años, un hombre revestido de casi todas las virtudes clásicas –prudencia, justicia, fortaleza y templanza– y de muchas de las modernas –solidaridad, tolerancia, respeto a la independencia de criterio de la propia esposa, por muy imprudente que resulten sus actos– que es el personaje del diplomático Justin Quayle, espléndidamente interpretado por un Ralph Fiennes magistral.

Nada de lo que siente el espectador a propósito del personaje de Quayle (cuyo nombre de pila, no sé si a propósito, evoca su condición de “justo”), le sirve a éste para eludir un trágico destino que de alguna manera se ve prefigurado ya desde el comienzo por su actitud sensible, delicada y doliente, que tan bien encarna el actor británico en la pantalla (el recuerdo del personaje del conde Laszlo de Almásy, que interpretara en El paciente inglés, es inevitable). Uno se identifica nada más empezar el filme con este personaje noble de corazón, generoso y de una ingenuidad conmovedora, tanto más insólita cuando procede de un alto funcionario que trabaja en estrecho contacto con las más elevadas instancias del Gobierno. Uno espera que Quayle consiga superar la muerte injusta y cruel de su esposa (interpretada por Rachel Weisz, una actriz que con cada uno de sus papeles crece en estatura dramática y talento), que denuncie eficazmente a los causantes de su asesinato, y que recupere la felicidad a la que tiene derecho por sus innumerables méritos. Así ocurriría en el cine, pero no en la vida, donde tantos justos se ven aplastados por los intereses inicuos del poder. Así ocurriría tal vez en el primer mundo, pero no en esa África depauperada y explotada que retrata Fernando Meirelles de un modo que pocas veces antes se ha visto en el cine comercial: cámara al hombro, con un estilo nervioso y agitado, con una puesta en escena que oscila entre el expresionismo (cromatismo exagerado, angulaciones sorprendentes, evidente simbología de los contrastes de color) y el documental.

Cabe preguntarse si el evidente propósito de denuncia de la película (y, antes, el de la novela de John Le Carré en la que está basado el filme) puede cumplirse a través de un medio de expresión como el cine, cuya propia naturaleza garantiza un distanciamiento enorme del espectador frente a lo que contempla en la pantalla. No tengo la respuesta a semejante pregunta, pero no dejo de pensar que frente a tanto griterío como resuena en los medios que a sí mismos se dicen progresistas, frente a tanta simplificación y tanta tontería bienpensante como nos inunda a diario, la estatura moral de Justin Quayle, su trágica decisión de excluirse a sí mismo de cualquier complicidad con la injusticia, su silencio elocuente ante la pérdida del amor que lo era todo en su vida, tienen más valor ejemplar que cien mil proclamas y que un millón de discursos.

Que la película acabe con un remate moralizador (justificado por la trama, sí, pero un tanto artificioso), y que su discurso narrativo se haga en más de una ocasión un tanto confuso no estropean, en modo alguno, la impresión que proyecta en nuestra memoria. Contemplar a Justin Quayle, derrumbado por la pena y el remordimiento, junto a las concreciones salinas y las aguas rojizas del lago Turkana, en medio de uno de esos paisajes de grandiosa hermosura que casi no parecen propios de nuestro mundo, mientras espera acaso una redención imposible, es una experiencia que nos toca en lo más hondo. Tanta belleza la de África y sus gentes, y tanto dolor.

alojamiento wordpress