Portada del libroCon La reina sin espejo, quinta entrega de la serie dedicada a los investigadores de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro, Lorenzo Silva lleva camino de convertirse –si es que no lo es ya– en el novelista de cabecera de los aficionados al género de la narrativa policial escrita en España. Puedo afirmar sin rebozo que yo espero cada una de sus novelas con impaciencia, y que las leo a paso de carga. Me consta, además, que no soy el único: Pilar y yo hemos creado a nuestro alrededor un pequeño club de fans –mis hermanos José Ángel y Amparo y mis cuñados Óscar y Ana, grupo al que pensamos añadir, en cuanto sus padres nos lo permitan, a mis cuatro sobrinos y al que viene en camino, aunque este último habrá de esperar un poquito–, cuyos miembros han disfrutado, uno detrás de otro y con insólita unanimidad, todos los libros de la serie: El lejano país de los estanques (1998), El alquimista impaciente (2000, Premio Nadal), La niebla y la doncella (2002) y el libro de relatos Nadie vale más que otro (2004).

En La reina sin espejo el lector reconocerá rápidamente todos los rasgos habituales de la serie: escenarios contemporáneos, referencias frecuentes a la actualidad social, política y cultural, personajes ya conocidos (no sólo los protagonistas, sino algunos de los secundarios, que pasan de una a otra novela con una soltura admirable) y una elaboración peculiar del relato policial, mucho menos interesada por los efectismos truculentos –no abundan en las novelas de Bevilacqua ni la violencia ni las palabras gruesas ni los desplantes– que por el retrato de los personajes, de sus motivaciones y de sus pensamientos.

En este caso, el escenario general de la novela es la Barcelona del gobierno tripartito, cuya presencia planea al fondo del relato en diversos aspectos, como la implacable catalanización (que afecta incluso a la propia Guardia Civil, alguno de cuyos oficiales es humorísticamente motejado de “nacionalista”) o el progresivo despliegue de los Mossos d’Esquadra, circunstancia que previsiblemente no hace demasiada gracia a los cuerpos de policía de titularidad estatal. A esta Barcelona de última hora, descrita con innegable simpatía por el autor, se trasladan Bevilacqua y Chamorro a la caza del asesino de Neus Barutell, una famosa periodista televisiva casada con un no menos famoso intelectual y novelista catalán, Gabriel Altavella. Lo que sigue es un amplio y detallado recorrido (la novela es la más extensa de la serie) por diversos ambientes de la capital catalana, donde casi nada es lo que parece a primera vista: ni la víctima, ni su esposo, ni los sospechosos iniciales, ni por supuesto los agentes de la autoridad que muy profesionalmente investigan el crimen.

Como ya ocurriera en algunas de las entregas anteriores de los casos de Bevilacqua, La reina sin espejo es algo más que una novela policíaca. Por supuesto que su centro de interés reside en el relato de una intrincada investigación criminal, pero también es muy importante el proceso de identificación del investigador con la víctima, en el que aquél modifica sus ideas de partida y adquiere una visión más amplia de la realidad. A lo largo de este proceso, se produce una progresiva dignificación de Neus Barutell –que al principio parece encajar en los estereotipos con que suele retratarse a las personas de éxito mediático, y que con el discurrir de la novela adquiere una cierta grandeza–, y asimismo una mutua comprensión entre el agente y el marido de la víctima, el novelista Altavella. No creo que sea del todo impertinente contemplar esta situación desde una perspectiva simbólica, o parabólica: el encuentro o reconciliación entre dos mentalidades y entre dos mundos muy diferentes: el catalán y el madrileño, el intelectual y el funcionario, el integrante de la élite social y cultural y el desclasado con estudios. Que este reencuentro se deslice en algún momento por la pendiente de lo dudosamente verosímil (eso de que el investigador de la Guardia Civil haya leído a Lewis Carroll en inglés podrá ser cierto en el ámbito de la realidad, pero rechina bastante el de la ficción literaria) no le quita un ápice de interés.

Aunque con el correr de los años la memoria gasta malas pasadas, no creo equivocarme mucho al afirmar que ésta es probablemente la mejor novela de la serie en cuanto a la amplitud, complejidad y trabazón interna de la investigación policial. En efecto, la incorporación de un numeroso grupo de agentes de la Guardia Civil al desarrollo de las pesquisas, así como la intervención en la trama de miembros de la Policía Nacional (siempre “la pasma” para los guardias civiles) y de los Mossos d’Esquadra (los “mozos de cuadra”, los llama un poli corrupto) proporcionan a la novela una solidez innegable y una intensa sensación de verosimilitud. Algunos aspectos de la investigación policial, como los que tienen que ver con las técnicas de rastreo de las comunicaciones por telefonía móvil e Internet, están muy logrados y otorgan al relato una dosis extra de actualidad palpitante que sobre todo los lectores jóvenes sabrán apreciar. Ya sé que hay mucha gente que arruga el entrecejo en cuanto advierte la más mínima presencia de la quincalla tecnológica. En cambio, este aspecto de la novela tiene para mí un atractivo singular, pues al fin y al cabo una parte de mi trabajo cotidiano consiste en investigaciones cuasi detectivescas que implican el análisis del tráfico de red “extraño” y el rastreo de IPs.

Da igual, además, que algún lector se pierda por entre la jungla de la terminología informática, porque La reina sin espejo es una novela de ritmo ágil, aunque en absoluto frenético, que arranca con brío, tiene un desarrollo firme y en su último tercio, cuando la investigación criminal se acerca a su desenlace, se hace francamente adictiva. Algunos episodios –por ejemplo, la sesión de chat en la que participan Chamorro y la “legionaria” Tena para atrapar al principal sospechoso de la trama, haciéndose pasar por adolescentes ávidas de experiencias fuertes, o el durísimo interrogatorio del presunto homicida por parte de Chamorro, a quien Bevilacqua cede el protagonismo de la investigación– están narrados con gran eficacia, con un pulso narrativo certero que proporciona a la trama esa tensión particular, esa emoción insustituible y característica que sólo consiguen suscitar las buenas novelas policiales.

Antes he señalado que el interés de La reina sin espejo no se reduce a la trama policial. Debería precisar ahora, sin embargo, que los elementos indudablemente policíacos son, en mi opinión, lo más logrado del libro. Y con ello no me refiero solamente al entretejido de la trama, siempre tan importante en este género narrativo, sino también al retrato de los entresijos del caso, a cómo se presentan las relaciones entre los agentes de la ley, a sus comentarios y conversaciones, siempre jugosísimos y mucho más naturales que los de otros ambientes más refinados que forman parte de la historia. En la novela vemos a los agentes reír y jurar en arameo, gastarse bromas no siempre de buen gusto, lanzar dardos envenenados contra los figurones de la política o contra sus jefes más encopetados, reunirse para planear estrategias, lamerse las heridas o celebrar sus triunfos. Una de estas escenas cotidianas, con la guardia civil y ex legionaria Tena cantando a voz en cuello Soy el novio de la muerte mientras a su alrededor los compañeros, achispados, se parten de risa, tiene un brillo e intensidad que valen su peso en oro. Y es también en este mismo ámbito de la actividad habitual de los guardias civiles donde el lector se encuentra algunos secundarios inolvidables, como el subteniente Robles, tan cargado de experiencia, de contactos y de razones, o la jueza Carolina Perea, a la que conocemos casi exclusivamente por teléfono, siempre resolutiva y eficaz, dotada de una energía y una determinación ante las que Bevilacqua, inevitablemente, acaba fascinado.

Tengo que decir, en cambio, que otros aspectos de la novela no me han gustado tanto. Creo, para empezar, que la voz que preside la perspectiva del relato –la del protagonista, el sargento Rubén Bevilacqua– se hace demasiado presente y obsesiva, entorpecida además por una historia sentimental que el autor oculta deliberadamente y que resulta algo impostada de tan brumosa y elíptica. En su empeño por dar coherencia y empaque a un personaje alejado del estereotipo del guardia civil rudo, vulgar e insensible, Lorenzo Silva abusa, a mi modo de ver, de la reflexión y del autoanálisis del protagonista, sobre todo en momentos en los que las circunstancias de la trama hubieran aconsejado un enfoque más seco, más objetivo, más behaviorista. Por otro lado, y sé que en lo que voy a decir corro el riesgo de pasarme de listo, al lector que no conozca en detalle la vida y milagros de los miembros de la Guardia Civil (es mi caso) se le hace bastante cuesta arriba admitir la existencia de un sargento del cuerpo licenciado en Psicología, que ha leído a Lewis Carroll en inglés, que puede mantener conversaciones nada triviales con un novelista muy cultivado, que conoce a los clásicos y a los modernos de la poesía catalana y que se emociona con las canciones de Raimon. No es un problema de prejuicios –claro que pueden existir agentes con semejante formación y sensibilidad; yo mismo conocí en la mili algún oficial muy preparado, y no sólo en los conocimientos propios de su oficio–, sino de verosimilitud y pertinencia literarias; como ya he dicho antes, lo que es posible y admisible en la realidad, muy a menudo no lo es en la ficción.

Yo diría que este problema ha sido advertido por el propio autor, toda vez que aparece, aunque de manera oblicua, en una de las ocasiones en que el sargento Bevilacqua toma declaración al novelista Altavella. A lo largo de la conversación, ambos acaban reconociendo cuán escasamente fundadas eran las ideas previas que cada uno tenía del otro, lo que da pie a pensar que tras la escena se encuentra el autor, recordándonos que no sólo son Bevilacqua y Altavella quienes deben superar sus prejuicios de clase y condición social. Bien, admitamos la puntualización, aunque en tal caso habría que admitir también la que Chamorro formula al término del encuentro, acerca de la competición de vanidades que ha creído apreciar en el diálogo entre su superior y el esposo de Neus Barutell.

Creo que Virginia Chamorro no anda en absoluto desencaminada y que con sus palabras apunta a lo que a mi modo de ver constituye el principal defecto de la novela: el hecho de que su carga intelectual y reflexiva, lejos de aumentar su interés, lo entorpece y distorsiona. No ignoro que toda una autoridad del género y un escritor de gusto tan exquisito como Jorge Luis Borges subrayó muchas veces la naturaleza intrínsecamente intelectual del relato policial, y sin embargo… algo no me cuadra en los despliegues metaliterarios de la novela, en las referencias culturales, en los vericuetos de la personalidad de Bevilacqua, que en última instancia se nos impone por sus actos como un tipo mucho más directo y resolutivo que lo que cabría deducir del tono escéptico y desengañado de sus pensamientos. Por otra parte, creo que Silva no es del todo consecuente con sus propios planteamientos a la hora de resolver el caso, cuyo desenlace se aparta notoriamente de las pistas e indicios asociados a ese componente intelectual. Seguro que los lectores me perdonarán que no profundice en este argumento, que obligaría a destripar la trama hasta extremos absolutamente imperdonables.

Pero bueno, toda esta discusión se halla casi al borde de lo bizantino, y yo tampoco estoy libre de incongruencias, antes al contrario. La mejor prueba de ello es que la novela me ha gustado, y que la he devorado en apenas tres noches, robándole horas al sueño e incluso a tareas mucho más urgentes. Ya dije al principio que soy fan de Bevilacqua y Chamorro, y se me ha puesto la cara muy larga cuando por alguna parte he leído que Lorenzo Silva se ha dado un plazo de tres años para publicar su próximo caso. No sé si voy a poder aguantar tanto.

Antes de terminar la reseña, quisiera mencionar un par de coincidencias que unen esta novela con mi propia vida. La primera, un tanto cogida por los pelos: que justo dos años antes de que el escritor madrileño terminara de escribir el libro en la Isla de Ré (en agosto de 2005), yo también recorría aquellos bellísimos parajes de la costa atlántica de Francia, y creo recordar que con alguno de sus libros en el bolso. Y la segunda, bastante mejor y más justificada: que el verano pasado nos dimos una vuelta por la Toscana italiana y nos alojamos en un precioso hotelito rural de la comarca de Chianti. Seguro que adivináis cómo se llamaban los dueños: efectivamente, Guido y Martina Bevilacqua, a quienes dimos cumplida cuenta de la existencia de un remoto pariente de ficción con uniforme verde y de las ediciones italianas que novelan sus andanzas. Si Lorenzo Silva lee estas líneas, le aconsejo que piense en la posibilidad de terminar su próximo libro en el hotel La Locanda, en Radda in Chianti, entre vides, olivos y jabalíes: no hay mejor escenario para escribir en paz y tranquilidad.

Lorenzo Silva es un escritor que desde fecha muy temprana supo aprovechar las enormes posibilidades que brinda Internet a la creación literaria y a su difusión. Los lectores interesados deberían visitar su completísima web, una de las mejores entre las dedicadas a novelistas españoles contemporáneos, así como el foro que sobre sus libros mantiene un apasionado grupo de seguidores; por supuesto, uno de los “hilos” de este foro está dedicado a La reina sin espejo.

Lorenzo Silva, La reina sin espejo, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 1043), 2005, 379 páginas.