Portada del libroLos que nos hemos criado a los pechos de Astérix y Obélix recordamos con júbilo uno de los leitmotiv más esperados de sus aventuras: esas viñetas minuciosas (casi hacía falta una lupa para apreciar todos sus detalles), que representaban “el glorioso espectáculo de la legión romana maniobrando”. Recuerdo también que alguna de las muchas lecturas que dediqué a los álbumes de Uderzo y Goscinny estuvo exclusivamente dedicada a buscar las imágenes de las formaciones de la legión –en cuadro, en círculo, en tortuga–, que inevitablemente acababan destrozadas por los embates de los héroes galos.

De esas formaciones y de las estrategias de combate adoptadas por las legiones romanas en los tiempos del Imperio hay un par de ejemplos espléndidos, narrados con gran brío y convicción, en La boca del Nilo, última novela de León Arsenal. Sólo por asistir al despliegue de las unidades que forman parte de la expedición o vexillatio enviada por el emperador Nerón, hacia el año 66 de nuestra era, en busca del nacimiento del gran río africano, merecería la pena leer esta entretenidísima novela. Novela histórica, hay que apresurarse a precisar, ma non troppo, ya que los hechos reales en que está basada apenas están documentados, lo cual permite a su autor grandes libertades en el planteamiento de la historia, en el dibujo de los personajes y en el desenlace.

Tanto por las libertades que se toma León Arsenal con el material histórico que maneja como por el exotismo que preside gran parte del desarrollo de la trama, la novela se halla más cercana en muchos momentos al planteamiento fantástico de su libro anterior (Máscaras de matar, novela ganadora del premio Minotauro 2004 y que, por cierto, a mí me gustó bastante) que al propiamente histórico. Todo esto lo digo como simple constatación de las características del relato, y en modo alguno como un reproche al enfoque adoptado por el autor. Ahora bien, la propensión de Arsenal a la fabulación tiene sus riesgos, y no es el menor la intervención en la novela de algunos personajes y episodios cuya funcionalidad literaria resulta, cuando menos, dudosa.

El caso más claro tal vez sea el de la sacerdotisa nubia Senseneb, una mujer de belleza y fascinación arrolladoras, que se suma a la expedición en calidad de embajadora del reino meridional de Meroe ante el legado imperial, y que a lo largo de la novela se convierte en amante alternativa de los dos jefes de la expedición (el tribuno Claudio Emiliano y el praefectus castrorum Tito Fabio Tito). A mi modo de ver, nunca está del todo clara la función de este personaje más allá de su explícita carga erótica. Senseneb aparece reiteradamente envuelta en velos y en misterios, pero los enigmas que la rodean parecen más un elemento de tramoya narrativa que una exigencia interna de la trama.

Tampoco la estructura de la novela acaba de cuajar. El autor ha escogido como narrador a uno de los participantes en la expedición, el mercader Agrícola, que lleva a cabo un relato retrospectivo a partir de un momento posterior a los hechos de la trama, los cuales se evocan desde cierta distancia temporal. Tal estrategia, que proporciona al relato un aura de lejanía y exotismo tan convincente como apropiada para justificar esas licencias de la invención autoral a las que me he referido antes, sin embargo se debilita por la intervención de otras voces narrativas (por ejemplo la del mercenario griego Demetrio, que sustituye a Agrícola en el tramo final de la novela), circunstancia que a mi modo de ver desfigura su unidad y la hace algo confusa para el lector.

Mi percepción tiene mucho que ver, además, con otro aspecto de la novela que, si no recuerdo mal, ya me pareció observar en Máscaras de matar. Me refiero a la variedad de personajes y a la ausencia de un protagonista claro (a pesar de su importancia relativa, no lo son ni el tribuno ni el prefecto, ni tampoco el narrador), que cohesione los escenarios, las subtramas y los sucesos que se narran en La boca del Nilo. Esta ausencia es tanto más evidente en la medida en que se produce sobre un relato de estructura episódica, muy circunscrito al motivo narrativo del viaje, muchos de cuyos momentos más felices parecen más bien episodios sueltos que sucesos bien integrados entre sí. Aunque hay algunos motivos que unifican la trama –los enigmas sobre la verdadera misión de la presencia de Senseneb en la expedición, las sospechas e intrigas respecto a los saboteadores que intentan arruinarla, los enfrentamientos y discrepancias entre sus dos líderes–, ninguno de ellos adquiere en mi opinión la suficiente entidad. Yo he tenido al leerla la reiterada sensación de que unos cuantos capítulos de la novela eran poco más que escenas teatrales, diálogos que no hacen avanzar claramente la acción, y que sólo sirven para que los diversos personajes intercambien puntos de vista y opiniones sobre diversos temas históricos, filosóficos, morales, o de puro y simple cotilleo.

Todo lo cual no quita (ya se sabe que los que hacemos crítica literaria a menudo tendemos a pasarnos de listos) para que uno disfrute mucho, muchísimo, de la lectura de una novela como la de León Arsenal, que destila el más puro perfume de las grandes empresas históricas y de ese exotismo romántico y sensual que tanto me fascinaba cuando era más joven e indocumentado. A quien le guste la novela histórica, con sus exageraciones, sus tópicos y sus inevitables licencias (por cierto, tal vez me patinen las neuronas, pero ¿puede ser ajustado a la verdad el hecho que una de las insignias de la vexillatio reproduzca la bola del mundo, en una época en que no estaba comúnmente admitida la forma esférica de la Tierra?), que lea La boca del Nilo, porque pasará un rato estupendo.

Sólo una recomendación final para los fans del Imperio romano y de sus legiones: esta noche comienza en la Cuatro la serie Roma, coproducida entre la BBC y la HBO, que viene avalada por entusiastas recomendaciones. Qué mejor combinación que plantarse ante la tele (para una vez que nos ofrecen algo que merece la pena), con una cena ligera, y la novela de León Arsenal al alcance de la mano durante los inevitables intermedios.

León Arsenal, La boca del Nilo, Barcelona, Edhasa (Col. “Narrativas Históricas”), 2005, 576 páginas.

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