Imagen de la serieAl final de la reseña de la novela de León Arsenal, La boca del Nilo, que publiqué ayer, hice referencia al inminente estreno de la serie Roma, anunciado por muchas y muy elogiosas recomendaciones. Dicho y hecho: cinco minutos antes de las diez de la noche había aposentado mis reales ante la tele, con algo de picar sobre la mesa y un buen libro al alcance de la mano, por aquello de los anuncios. El libro no me hizo mucha falta, porque los intervalos publicitarios tuvieron una extensión razonable. Y me alegra decir que el primer capítulo, El águila robada, no me decepcionó.

Desde luego, se nota que han pasado los años desde la inolvidable Yo, Claudio, pero algo de aquella serie sobrevive en esta: un tono serio, incluso algo envarado o hierático en ocasiones, un aire entre oriental y mistérico, un cuidadoso diseño de producción, muy buenos actores y una presentación enigmática, con ciertos motivos icónicos –los grafiti, las serpientes, los mosaicos– que traen a la memoria, inevitablemente, el hipnótico inicio de aquella magnífica producción de los años ochenta. El tiempo ha pasado, por supuesto, y han cambiado la sensibilidad y las expectativas de los espectadores. Todo eso se nota, cómo no, en aspectos como la abundancia de escenas de violencia y de sexo, que han suscitado una cierta polémica en los medios de comunicación.

Podríamos pasarnos todo el día discutiendo sobre si unas y otras son necesarias o están justificadas. A mí me caben dudas sobre alguna de ellas, pero creo que la opción que ha tomado la serie –la de mostrar una visión cruda y realista de la antigüedad histórica, sin rehuir los aspectos más desagradables o incompatibles con nuestra mentalidad actual– es perfectamente plausible. Además, la dureza de las imágenes no es incompatible con la sutileza, como demuestra, por ejemplo, la secuencia (un plano general) que muestra a unos esclavos limpiando la sangre vertida sobre el suelo de mármol del Senado, tras una violenta disputa entre los senadores.

La sociedad que muestra Roma tiene poco del glamour y el esteticismo característicos del peplum. Es una sociedad dura, durísima, que trata a los esclavos con severidad (qué frase la de Atia, interpretada por una enérgica Polly Walker, cuando advierte a un esclavo que acompaña al hijo de la patricia en un largo viaje a la Galia: “Andros, tráeme de vuelta a mi pequeño o me haré un collar con los ojos de tus hijos”), cuyas clases aristocráticas exhiben orgullosamente sus rangos y privilegios ante los plebeyos, en la que los hombres se comportan rudamente con sus hijos y con sus mujeres, y en la que la conspiración y la puñalada por la espalda (nada metafóricas) están a la orden del día.

Poco hay que decir sobre la ambientación y reconstrucción de época; a mí me parecieron soberbias, aunque no me atrevería a pasar por especialista en el asunto. Detalles como la presencia de un recuerdo de las campañas militares en Germania –una estatuilla en forma de falo, símbolo de buena suerte entre los romanos– en la bolsa que el centurión Lucio Voreno entrega a su mujer, Niobe, dan cuenta de la precisión y minuciosidad que han presidido la elaboración del guión y la puesta en escena.

Como suele ocurrir en las series de ficción que firma la BBC, la interpretación es impecable. Uno tiene la impresión de que los actores y actrices que protagonizan la historia, en general poco o nada conocidos del público español, no han hecho otra cosa en sus carreras que dar vida a los personajes de la serie. De todas formas, también alegra el ojillo comprobar que algún conocido –por ejemplo Max Pirkis, que ahora encarna al joven Octavio, y al que vimos en el papel del entrañable guardiamarina Lord Blakeney, en Master and Commander– han crecido en edad y en recursos, y llevan camino de convertirse en espléndidos actores.

Conviene, en cualquier caso, esperar un poco para hacer balance general. Habremos de comprobar cómo evolucionan los personajes, cómo se resuelven los muchos conflictos que apenas se esbozaron en el episodio de ayer, y hasta qué punto puede mantener la serie la tensión narrativa sin recurrir a recursos fáciles cuya efectividad está comprobada, pero que también acaban por cansar al respetable. Y, por supuesto, los aficionados estamos a la espera de contemplar “el glorioso espectáculo de la legión romana maniobrando”. Ayer vimos a muchos legionarios –entre ellos a ese monstruo de la naturaleza que es el gigantesco Ray Stevenson, que interpreta al indisciplinado y juerguista legionario Tito Pullo– pero pocas (aunque jugosas) maniobras. Que no sean las únicas de la serie, por favor.