Portada del libroEl pasado miércoles por la noche acabé de leer Donde todo ha sucedido. Al salir del cine, una recopilación de los artículos periodísticos y los ensayos que Javier Marías ha escrito sobre temas cinematográficos en los últimos trece años. El jueves por la tarde, mientras comenzaba a redactar estas líneas, me enteré de la muerte de su padre, tan presente en la obra narrativa y periodística del novelista madrileño. Creo que es de justicia comenzar la reseña expresando mi respeto y admiración por la figura de Julián Marías, cuyo interés por la gran pantalla tiene tanto que ver con la atención que sus hijos Javier y Miguel (este último un prestigioso crítico de cine y prologuista del libro de su hermano) han prestado siempre al fenómeno cinematográfico.

Las sesenta y cuatro piezas (más un apéndice que reproduce las respuestas del autor a varias encuestas de la revista Nickel Odeon sobre “sus películas preferidas”) que se dan cita en Donde todo ha sucedido tratan de cine, por supuesto, pero no sólo de cine. La perspectiva que domina en ellas no es la del crítico, ni la del historiador, ni mucho menos la del erudito, sino la del novelista que observa y analiza las complejas relaciones entre la ficción literaria y la cinematográfica, y sobre todo la del buen aficionado, para quien el cine constituye una parte esencial de la experiencia, de su actividad cotidiana y hasta de su educación sentimental. Este enfoque es, probablemente, el valor más estimable del libro, el que lo convierte en una referencia imprescindible para quienes sentimos que el cine es una costumbre arraigada en nuestras vidas, y no sólo un recurso fácil con el que llenar las interminables tardes de invierno.

Con todo, yo he sentido cierta decepción con la lectura de Donde todo ha sucedido, que seguramente poco tiene que ver con el contenido ni con la calidad del libro y mucho, en cambio, con mis propias expectativas. Por una parte, ya conocía la mayor parte de los textos del volumen (aunque no todos), pues los había leído bien en los artículos y columnas de El Semanal o El País, bien en libros recopilatorios como Mano de sombra (1997), Seré amado cuando falte (1999), Vida del fantasma (2001), Literatura y fantasma (2001), A veces un caballero (2001) y Harán de mí un criminal (2003). Por otra, esperaba una mayor densidad o espesor de los temas y motivos cinematográficos, que en varias secciones del libro están tratados como un recurso de análisis o interpretación de la realidad, o como un punto de enganche entre ésta y la actitud u opinión del autor sobre temas muy diversos. Es el caso, por ejemplo, de un artículo (excelente, por lo demás), como “Territorio de Oklahoma”, que mediante el uso de la alegoría revela las analogías existentes entre los motivos recurrentes del western y los comportamientos habituales del terrorismo etarra y de sus aliados nacionalistas.

Si alguien lee Donde todo ha sucedido como si fuera una antología crítica –confieso que yo lo hice con tal disposición–, lo más probable es que no encuentre lo que busca. En cambio, hallará en él a un articulista brillante e incisivo, que escribe de cine para tratar de cine y de otras muchas cosas, que a través del cine revela sus temas y obsesiones habituales (la mala educación de la sociedad española, los gazapos y errores en la redacción y los malos hábitos con el lenguaje, los tópicos y los fetiches ideológicos, las tonterías de la corrección política, el fútbol y tantos otros), y lo hace con ese tono un tanto cascarrabias que ha ido adoptando con los años, con una vibrante capacidad de polemista, a veces conscientemente provocadora, afilada aquí por un sólido dominio del tema sobre el que polemiza y por el cariño que le merece, y muy a menudo con magnífico sentido del humor. No sé si se ha destacado lo suficiente este aspecto de su obra –el propio autor, en alguno de los textos del libro, lamenta el escaso aprecio que la crítica suele otorgar a las películas o a la literatura cómica; yo recuerdo haberme roto el pecho de risa con un pasaje de su novela Todas las almas, que apenas conseguía leer entre carcajadas, para pasmo de la concurrencia, durante un viaje en autobús– pero es notorio que cuando Javier Marías se suelta el pelo es un humorista excepcional, talento del que en este volumen ofrece muestras regocijantes, con ejemplos tan logrados como los artículos “Ídolos de la aberración” o “¿Es usted el Santo Fantasma?”.

En el terreno estrictamente cinematográfico, Marías se revela como un espectador de gusto difícilmente discutible. A su adoración por Ford, Welles y el cine americano de los años cincuenta poco hay que objetar, ni a los sagaces comentarios que dedica a algunas de sus películas favoritas, como El río, de Renoir, Viento en las velas, de Mackendrick, o El fantasma y la señora Muir, de Mankiewicz (sobre esta última firma un análisis de gran sutileza e inteligencia). Me he tronchado de risa al releer en “Insomnio de cine” su crítica de Dancer in the dark, de Lars von Trier, una película que las notas de Marías me disuadieron de ver en su día, y probablemente para siempre. Y aunque no acabo de compartir su entusiasmo por algunos autores y obras (por ejemplo, el Scorsese de Gangs de Nueva York, película que me pareció más bien retórica y pesada), en cambio hay otros aspectos en sus juicios con los que no puedo estar más de acuerdo, porque desbordan el ámbito de la pura opinión y apelan a la memoria afectiva del espectador que se ha pasado una buena parte de su vida en la acogedora oscuridad de las salas de proyección. Me emociona su reivindicación de esos secundarios del cine norteamericano o inglés cuyos nombres nunca recordamos, pero cuyas caras identificamos inmediatamente, su admiración hacia el por tantos motivos admirable Dean Martin (uno de los mejores caraduras de la historia del espectáculo), o su entusiasta valoración de los compositores de bandas sonoras, a los que ciertos espíritus cultivados miran por encima del hombro. Por cierto, en la lista de los compositores que han escrito para el cine, que aparece al final de “Música en la retina”, faltan, inexplicablemente en mi opinion, Morricone y John Williams.

Si hay un tema recurrente con el que el aficionado simpatizará de forma inmediata es el de la oposición del autor a las arbitrariedades, los elitismos y los abusos de la “crítica establecida”. Aunque en algún caso cabe pensar que Marías es demasiado parcial (véanse, por ejemplo, los textos que recogen su virulenta reacción ante la adaptación cinematográfica de su novela Todas las almas), la mayor parte de sus consideraciones no pueden ser más atinadas, sobre todo cuando se refiere a lo que él denomina “descarado proteccionismo hacia la industria cinematográfica patria”, al que yo mismo, en algún lugar de esta bitácora (El caso Torrente) también he prestado atención. En el artículo que cierra el volumen, “Entre la queja y la burla”, las andanadas del novelista madrileño contra críticos y cineastas con mucha cara dura son particularmente certeras e implacables. Ahora que tenemos a la vista las tres películas que han acaparado la mayoría de las nominaciones a los Premios Goya de 2006 (Obaba, de Montxo Armendáriz, Princesas, de Fernando León de Aranoa y Ninette, de José Luis Garci), no viene mal recordar lo que Marías escribió en dicho artículo, perfectamente aplicable al cine de alguno de los seleccionados:

Atacar directamente al competidor [se refiere al cine norteamericano, del que se han burlado abiertamente algunos realizadores españoles] es ya cosa de mal estilo, por abusivo que aquél pueda ser. Meterse con la industria que, aunque hoy en horas bajas, ha dado centenares de maravillas a lo largo de decenios, es tan sólo grotesco. […] Y da escalofríos pensar en la equivalente campaña de burlas que podría montarse con el cine español. Valga un ejemplo: niño rural de postguerra abriendo mucho los ojos, en plena pérdida de la inocencia y descubrimiento del mundo adulto, todo ello ante un mantel de hule a cuadros. Por favor” (p. 264).

Se puede estar de acuerdo con Javier Marías o discrepar abiertamente de sus, a menudo, provocadoras opiniones. Lo que no tiene discusión es el hecho de que Donde todo ha sucedido es un libro jugoso, muy seductor, que todos los buenos aficionados al séptimo arte acogerán con agrado. Si, además, el libro proporciona las pistas para buscar algún tesoro escondido, mejor que mejor. Yo me he lanzado tras las de Vida y muerte del Coronel Blimp, de Powell y Pressburger (de 1943, creo que la tienen en dvdgo.com), porque me parece que no la he visto nunca. Ojalá que sea tan buena como afirma el escritor.

Javier Marías, Donde todo ha sucedido. Al salir del cine, Barcelona, Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg, 2005, 288 páginas. Prólogo de Miguel Marías, edición al cuidado Inés Blanca y Reyes Pinzás.

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