El pasado jueves publicó Vicente Verdú en El País un artículo, “Los niños son más listos que nunca”, cuya lectura me ha sumido en honda perplejidad. Comienza Verdú con una afirmación (“Todos los padres lo saben: los niños de ahora son más listos que los de antes”), que avala con los resultados comparativos de los tests de inteligencia de las últimas décadas, los cuales muestran un incremento significativo del CI de nuestros jóvenes con respecto a generaciones anteriores. Yo no soy experto en el tema, pero algo había leído ya sobre este fenómeno, que algunos explican como consecuencia de la cada vez mayor presencia de los estímulos visuales en la experiencia cotidiana de los jóvenes. Esa hiperestimulación redunda, a su vez, en el incremento de las capacidades de percepción y atención, que son tan esenciales a la hora de alcanzar una puntuación elevada en los tests de inteligencia.

No tengo por qué dudar de la veracidad de los datos empíricos que aporta Verdú (no obstante, cabría precisar que ni la inteligencia en el sentido cabal del término, ni mucho menos la educación integral de la persona son reductibles a las puntuaciones de los tests). Tampoco voy a lamentarme, antes al contrario, de las crecientes oportunidades de formación y ocio que tienen a su alcance los jóvenes de hoy, ni tengo el menor interés por negar la mejora evidente que los sistemas educativos y las métodos didácticos deben al “entorno más diverso y repleto”, propio de las sociedades desarrolladas, que favorece el incremento de la inteligencia. De todas formas, algunos de los ejemplos que invoca Verdú como elementos característicos de ese medio estimulante y vivificador resultan algo chuscos: ¿de verdad se puede sostener en serio que “las intrigas de los telefilmes o los videojuegos Actual [supongo que aquí hay una errata] multiplican al menos por tres el grado de complejidad que veíamos, hace treinta años, en las series de TVE”?

Ese tono un tanto superficial, y hasta frívolo, planea a lo largo de todo el artículo, empeñado en sostener la importancia de determinados hechos culturales con afirmaciones banales revestidas de solemnidad (“el conocimiento no se obtiene ya en las profundidades de la cultura escrita sino en las superficies del plano audiovisual”), cuando no a través de una visión claramente distorsionada de la cultura basada en texto escrito: “Ante el libro es indispensable aplicarse”, comienza su argumento Verdú, con un despliegue verdaderamente notable de perspicacia. A continuación desliza un retrato lúgubre como pocos: “La página se abre y sólo vemos un enjambre de garabatos en fila. Este objeto venerado por la cultura culta carece de colores, sonidos o sugestiones simbólicas, prescinde de evocaciones gráficas y de música ambiental”. Y algo más adelante afirma, esta vez con innegable apasionamiento: “para dar vida a ese ornamento de tinta seca es necesario inyectarle nuestra atención mental y emocional, vivificarlo con nuestra vida”.

Si al llegar hasta aquí (estamos justo a la mitad del artículo), el lector puede albergar ciertas dudas de cuál es la posición del articulista acerca de la paulatina pérdida de estimación social de la cultura basada en el texto escrito (parecería que las efusiones líricas del final del tercer párrafo tienen un propósito elegíaco y proyectan una nota melancólica), Vicente Verdú las aclara sin posibilidad de error, con un párrafo antológico, que por su brillantez merece la cita completa:

Este sistema de conocimiento, unido a la atención intensiva, ha sido desplazado gradualmente por el conocimiento y la experiencia extensivas. Se aprende ahora no tanto por la profundidad de la lectura como de la superficialidad de la vista, el olfato y el oído. Se aprende panorámicamente, abigarradamente, y no polarizadamente. Así, al igual que el mundo, en general, tiende al trabajo en red, el saber se hace un tapiz tramado en las pantallas, los viajes, los nexos múltiples.

La verdad es que yo no entiendo gran cosa de esta montaña de adverbios. En el fondo, me parecen una logomaquia, un intento por revestir una obviedad monumental –que los ciudadanos de las sociedades desarrolladas tienen a su alcance un gran abanico de medios y recursos para aprender, y para cultivarse– con un discurso apabullante y en el fondo inane, que tendría muy escaso interés si no fuera por sus implicaciones prácticas, que poco más tarde desarrolla el autor:

Lo superficial fue indisolublemente asociado a lo trivial y lo profundo a lo importante. Lo relevante, sin embargo, ahora es el saber extensivo, múltiple, en superficie y los posibles planes de estudio deberían tenerlo en cuenta. Hasta hace poco, podíamos decir que todo el saber se hallaba encerrado en los libros. Ahora, todo el saber que de verdad importa se encuentra en las pantallas y sus metáforas. Los adultos formados en los libros no podemos llegar a saberlo bien. No podemos llegar bien a ese saber. De hecho, cada vez mayor número de empresas de nueva planta se basan en encuestas dirigidas a adolescentes para orientar sus producciones.

Lo que dice Verdú, sencillamente, no es cierto. El saber esencial sigue estando (y es previsible que allí siga residiendo, durante mucho tiempo), donde siempre ha estado: casi todo lo que importa, en los libros, en textos escritos, y muy a menudo con una complejidad y una dificultad intrínseca que no desaparece ni se aligera por muchas invocaciones que se hagan a unos términos (“extensivo, múltiple, en superficie”) que más parecen mantras o fórmulas mágicas que elementos definidores de la realidad. Lo que mi experiencia de alumno y profesor me demuestra es justo lo contrario: que el joven alfabetizado en la complejidad y en la hosquedad inevitable del texto escrito puede pasar sin el más mínimo problema al mundo brillante de “las pantallas y sus metáforas”. Lo contrario no ocurre en muchos casos, y no sólo porque el libro sea un objeto difícil en sí mismo, que exige esfuerzo y atención, sino porque el sistema educativo y sus profesionales (que ya nos habíamos curtido en la pelea contra la escritura en nuestros años de formación), en vez de trabajar de acuerdo con nuestras propias convicciones acerca de lo que verdaderamente importa para su formación, hemos cedido a la presión social y la fuerza de las modas, dejando a muchos de nuestros alumnos indefensos ante sus embates.

Hay en las palabras de Verdú (cuya posición social, como demuestra su currículo, está directamente asociada a su dominio de todas las expresiones de la cultura escrita, incluso de las más innovadoras) una especie de elitismo frívolo y una irresponsabilidad que a mí, como docente, me molestan mucho. ¿Verdaderamente queremos un tejido empresarial cuyos diseños y productos estén orientados por el gusto adolescente, cuyo máximo exponente de innovación sean las empresas productoras de videojuegos?; ¿realmente queremos un sistema educativo que deje de insistir en “los contenidos y virtudes de la educación tradicional” con el fin de “no agravar más el descrédito de la escuela y, de paso, la indolencia del alumno y la pandémica depresión del profesorado”? Eso no es una renovación de los métodos, ni de los contenidos, eso no tiene nada que ver con la asunción sensata y consciente de las consecuencias de lo que Vicente Verdú, define, con bastante tino, como una “mutación en la cultura”. Es, simple y llanamente, una rendición incondicional ante las fuerzas del mercado, una aceptación acrítica de la dinámica social, una muestra más de esa idolatría tan propia de nuestra época (y tan nefasta, a mi modo de ver) que consiste en postrarse ante el sagrado altar de la juventud y de las modas que en torno a ella se suceden.

El descrédito de la escuela, que tanto influye en el malestar del profesorado, difícilmente se solucionará si la institución escolar se limita a alimentar la indolencia de los alumnos con instrumentos y métodos que, lejos de ponerla en cuestión la refuerzan sistemáticamente, reafirmando así su rentabilidad y creando un invencible círculo vicioso. Si la escuela no presenta ante el joven en formación otras realidades, otros horizontes y otros valores que los que ya tiene cómodamente a su alcance, entonces no sé de qué sirve. Mucho mejor que los muchachos y las chicas se queden en sus casas, eso sí, sin alejarse demasiado del mando a distancia.