Portada del libroEn la reseña de La conjura contra América prometí dedicar más atención a la obra de Philip Roth. En concreto, a Pastoral americana, que había comprado poco antes de terminar aquélla. He tardado varios meses en cumplir mi promesa, y no por falta de ánimo, porque La conjura me dejó rendido ante el talento del novelista norteamericano. Pero bueno, ya se sabe lo que pasa con las promesas formuladas en momentos de entusiasmo: se coge otro libro, se pica de aquí y de allá, y, sin saber muy bien cómo, uno acaba por arrumbar los buenos propósitos bajo una creciente y desordenada pila de volúmenes. Con todo, la segunda novela de Roth que pasa por mis manos ha tenido más suerte que otros libros, que ahí siguen, los pobres, sosteniendo el montón. Hace tres semanas que conseguí rescatar Pastoral americana del fondo de la pila, de donde salió prácticamente indemne (los libros aguantan la presión mejor que los seres humanos), y me lancé sobre ella con un apetito feroz.

No tenía ninguna duda de que Pastoral americana me gustaría. La novela, publicada en 1997, ganó el Premio Pulitzer, y todo lo que había leído sobre ella era muy elogioso. Sin embargo, tengo que reconocer que es un relato todavía mejor de lo que había supuesto: intenso, profundo, deslumbrante por la pericia de su planteamiento narrativo y por la eficacia de su manejo del tiempo y del ritmo, lleno de pasión y conocimiento del mundo, con una capacidad sobresaliente para captar la compleja realidad de la vida norteamericana a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y especialmente durante uno de sus períodos más convulsos: el período comprendido entre la extensión de la Guerra de Vietnam y el impeachment de Nixon.

Pastoral americana narra la historia de Seymour Levov, conocido como el Sueco Levov, campeón de baloncesto y béisbol durante los años escolares del narrador (Nathan Zuckerman, el alter ego de Philip Roth), hijo de un próspero fabricante de guantes de la ciudad de Newark, y él mismo un ejemplo del sueño americano: guapo, apuesto, de natural sencillo y cordial, con éxito en los negocios, casado con una antigua Miss New Jersey, y plenamente integrado en la sociedad a la que pertenece. Su vida le parece a Zuckerman un símbolo del empuje y la energía arrolladoras con que los Estados Unidos afrontaban la segunda mitad del siglo XX, tras su triunfo incontestable en la Segunda Guerra Mundail, hasta que averigua que esa espléndida fachada oculta un drama terrible, causado por Merry, la hija del Sueco, una muchacha de ideas políticas radicales, cuya intervención en varias acciones terroristas (con un balance de cuatro víctimas mortales), llena la vida del protagonista de una amargura irrestañable.

A partir de un par de encuentros iniciales de Zuckerman con el Sueco, que suscitan los recuerdos del narrador sobre su héroe de juventud, la novela reconstruye la vida de este personaje, al principio en sus años de éxito, y luego en los de su desgracia. En los primeros compases de la novela, el narrador toma cierta distancia y acude a expedientes indirectos para narrar la vida del personaje: su propia memoria de los años de infancia y adolescencia, los testimonios de Jerry Levov (el hermano del Sueco) y de varios compañeros de estudios con los que se encuentra en una fiesta de aniversario, diversas noticias de prensa, etc. Estos expedientes no dejan de ser un truco narrativo (magníficamente logrado, en cualquier caso), porque enseguida el narrador adquiere una clara omnisicencia, de una potencia y alcance indiscutibles, que caracteriza la mayor parte de su perspectiva narrativa. De todas formas, se trata de una omnisciencia paradójicamente limitada, pues a pesar de todo lo que sabe el narrador respecto al personaje, como demuestra su continuo movimiento de exploración de la intimidad de su conciencia, de su actividad pública y de su relación con sus padres (el personaje del patriarca de la familia, el anciano Lou Levov, de enorme energía y carácter arrollador, es uno de los mejores hallazgos de la novela), con su mujer, con sus vecinos, con la sociedad de Newark, con sus empleados, la voz narrativa no logra penetrar en los últimos enigmas de la desgracia que aflige al Sueco, ni en el sentido último de ésta.

He utilizado en el título de la reseña el término “tragedia” y, sin embargo, a la vida de Seymour Levov le falta algo para ser rotundamente trágica. Ni el protagonista, ni el narrador, ni por supuesto el lector llegan a conocer, al acabar la novela, cuál ha sido el verdadero detonante de las acciones de Merry, de su radicalismo político, de su rabia contra un padre ejemplar en todos los sentidos de la palabra, a quien sólo se le puede reprochar (como hace su hermano Jerry en una escena memorable, cuando Seymour acude a él en busca de consuelo, tras encontrar a su hija convertida convertida al jainismo y en condiciones físicas lamentables) que siempre guarde la compostura y mantenga la ecuanimidad, incluso en momentos en que cualquier ser humano hubiera cedido a una rabia o a una violencia tal vez incivilizadas, pero probablemente más prácticas que sus irreprochables modales de padre y ciudadano sin tacha.

Esa rebeldía feroz de Merry, y por tanto la desgracia del Sueco, tienen, pues, algo de azaroso y casual, un elemento inexplicable y gratuito no sólo para el protagonista, sino también para el narrador. Es un aspecto que no encaja en la configuración de la tragedia, género en el que siempre se pueden rastrear unas culpas originales que en Pastoral americana simplemente no existen, o son tan complejas que en último término no corresponden a ninguna responsabilidad individual. A pesar de toda la fuerza e intensidad de su sufrimiento, el Sueco no es un héroe clásico derribado por su propio orgullo o por el impacto de un destino ineluctable. Además, en vez de rebelarse contra la desgracia o azotar al mundo con su rabia, el Sueco persiste en sus valores de hombre decente y cabal, tratando inútilmente de comprender lo que le ha ocurrido e integrarlo en su concepción del mundo. Pero este propósito, como bien pone de relieve la voz omnisciente de Zuckerman, es imposible. De hecho, la novela acaba con una escena grotesca protagonizada por el padre del Sueco y una de las invitadas a una reunión social en casa del protagonista (la mujer, borracha como una cuba, le clava al anciano un tenedor en la sien), que con su carga sarcástica y antiheroica pone en cuestión cualquier tentación de interpretar la novela en esa clave nítidamente trágica a la que antes me refería.

Al término de la novela, si hay algún modo de explicar el drama personal del Sueco es mediante la afirmación de que ni el suyo, ni otros muchos de la vida norteamericana del siglo XX, tienen sentido. Ahora bien, esta falta de sentido no sólo ofrece una dimensión personal, dado que para el narrador (y, seguramente, para el propio Roth) alberga una clave interpretativa de la historia norteamericana del siglo XX, despeñada en abismos inexplicables a tenor de sus antecedentes y de su propia trayectoria, cuajada de sucesivos éxitos en todos los ordenes. El carácter ejemplar o simbólico de la vida de Seymour Levov se sustenta no sólo en algunas reflexiones explícitas del narrador –por ejemplo, cuando establece un paralelismo entre el Sueco y el presidente Kennedy, el héroe trágico por antonomasia de la Norteamérica del siglo XX–, sino en toda la configuración de la novela, que lejos de atender sólo a la peripecia de un personaje individual, va trenzando ésta con los hitos de la historia del país: el triunfo tras la contienda mundial, el crecimiento imparable de la posguerra, las convulsiones del final de la década de los sesenta, los disturbios raciales, el escándalo del Watergate.

Ya lo dije al ocuparme de La conjura contra América, pero merece la pena insistir en que la maestría del autor para combinar historia personal e historia social y política nunca deja de sorprender, por mucho que el lector se la encuentre a cada paso. La potencia fabuladora de Roth, su capacidad para hacer literatura de todos y cada uno de los detalles de la vida de los personajes –desde la fabricación de guantes a la cría de ganado vacuno, pasando por detalles finísimos sobre lenguaje, usos sociales o acontecimientos deportivos– sólo es comparable con su destreza para ponerlos en conexión con las corrientes de pensamiento, con los hechos políticos y sociales, con las muestras de la cultura popular. A esta combinación magistral hay que sumar otros méritos –una historia apasionante, unos personajes vigorosos, un estilo variado, flexible y de gran clase–, que acaban resultando en un libro magnífico, en todo un regalo para el lector de novelas.

Al leer obras como Pastoral americana, a uno le entra una especie de fiebre lectora, una extraña mezcla de admiración y envidia, que le arrastra inevitablemente hacia otros paisajes literarios, hacia esas novelas y esos escritores que se han propuesto la tarea hercúlea de interpretar la realidad a través del filtro poderoso y sugestivo de la ficción. Ayer mismo leía una entrevista con Ramiro Pinilla, la mayor parte de la cual versa sobre Verdes valles, colinas rojas, su colosal trilogía vasca, que lleva bastantes meses tentándome. No sé si voy a tener suficiente valor para comprometerme con ella (más de dos mil páginas son capaces de intimidar a cualquiera), así que, de momento, me conformo con una promesa algo más modesta: invitar otra vez a La bitácora del Tigre a Philip Roth, a propósito de los dos volúmenes que completan la trilogía iniciada por Pastoral americana: Me casé con un comunista y La mancha humana. A ver si lo consigo antes del verano.

Philip Roth, Pastoral americana, Barcelona, DeBolsillo (Col. “Contemporánea”, 380-1), 2005, 512 páginas. Traducción de Jordi Fibla.

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