El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias

El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias

Había pensado titular la reseña de una manera un poco más enérgica –La novela más inverosímil del mundo-, pero he preferido ser prudente. Al fin y al cabo, me quedan muchas por leer; además, a la vista de las recientes modas enigmáticas y conspiratorias que se han impuesto en el mercado editorial, no es improbable que dentro de un par de meses aparezca alguna historia todavía más desatinada e inconcebible que El resurgir de la Atlántida, de Thomas Greanias.

Porque eso es, ni más ni menos, esta novela: un desatino colosal desde la primera hasta la última página, un relato descabalado y grotesco, construido a base de superponer retazos de enigmas vagamente históricos e hipótesis seudocientíficas, y cuyas inverosimilitudes e inconsecuencias sólo se soportan por un efecto paradójico: el que provoca su acumulación, la creciente e ilimitada audacia del novelista norteamericano, que aquí logra un raro efecto: el de saturar la sensibilidad del lector y hacerle entrar en una especie de trance hipnótico, resistente a la vigilancia crítica, del que tras despertar sólo queda una monumental resaca.

Resaca, sí, pero también indignación, porque El resurgir de la Atlántida tiene bastante de estafa, o al menos de burla, y tomadura de pelo. Es verdad que a estas alturas de la película no me engañan los ditirambos de las presentaciones editoriales, ni tampoco las apelaciones directas o subliminales a los exitazos tipo El código Da Vinci. Y no es menos cierto que para el puente del Primero de Mayo yo quería una lectura ligera, entretenida, intrascendente, con su poquito de fantasía, su dosis de technothriller y sus topicazos al uso. A esas concesiones estaba dispuesto de buen grado, después de haber pasado las dos últimas semanas sometido a una dieta forzada de lecturas más bien indigestas.

¡Pero lo de Greanias desbarata todas las expectativas! Parece como si el escritor hubiera elaborado un catálogo de situaciones narrativas fantasiosas -las causas y efectos del cambio climático catastrófico, los enigmas constructivos de las pirámides egipcias, mayas y aztecas, los mitos sobre la Atlántida, las hipótesis sobre la existencia de una cultura primigenia y antiquísima, común a todas las grandes civilizaciones antiguas, las teorías sobre un posible origen extraterrestre de esas civilizaciones, la preocupación por la Iglesia Católica respecto a dicho origen, los conflictos de intereses entre las grandes potencias por la explotación de las riquezas antárticas, y otros tantos por el estilo-, lo hubiera metido en una máquina combinatoria diseñada para urdir argumentos delirantes y le hubiera dado a la manivela.

A los que les gustan las verdaderas aventuras, las novelas e historias de viajes en el hielo (ay, dónde quedan Poe, o Verne, o el más reciente Kim Stanley Robinson, y las crónicas de los viajes de Shackleton, Amundsen y Scott), la de Greanias les parecerá un sarcasmo insoportable. En ella no hay épica, ni misterio, ni la más mínima grandeza. Todo se reduce a una epifanía aberrante de descubrimientos imposibles, a un frenético correr de los protagonistas por pasadizos y túneles, a un desfile de personajes que entran y salen de las situaciones narrativas como monigotes por las trampillas en un teatro de guiñol.

Y qué protagonistas, por favor: una ex-monja ecologista, metida en todas las salsas, a la que el Vaticano asigna una misión trascendental para la Iglesia y para la Humanidad; un arqueólogo de métodos nada convencionales, cuyos misteriosos orígenes personales se remontan, nada más y nada menos, que a los de la más famosa civilización perdida de la historia; un general norteamericano que resuelve su frustración por no haber podido volar a Marte mediante el resolutivo expediente de embarcarse en una nave extraterrestre con rumbo desconocido. El general y el arqueólogo son padre e hijo, lo que añade morbo edípico al asunto; por su parte, el arqueólogo y la ex-monja mantuvieron en el pasado una relación que no llegó a ser tórrida por el ardoroso compromiso de la religiosa con sus votos. Todo muy sutil y elocuente, como puede suponerse.

Añádase a ese reparto estelar un conjunto de secundarios de opereta (norteamericanos arrogantes atiborrados de inútiles chismes tecnológicos, árabes rijosos y sádicos, rusos brutales entre los que se cuenta algún lejano pariente de Lenin), abundantes y sangrientos actos de violencia, efectos especiales a mansalva, como hielos milenarios que se derriten en un suspiro y que vuelven a congelarse ipso facto, olas apocalípticas que están a punto de convertir un portaaviones nuclear en un nuevo escenario de La aventura del Poseidón, pirámides gigantescas con su laberinto de salas, pasadizos y sutilezas constructivas que apuntan a grandes misterios astronómicos, ciudades milenarias llegadas a la Antártida a lomos del desplazamiento de la corteza terrestre (que amenaza con repetirse, sensu contrario), tecnologías apabullantes que sirvieron a los dioses egipcios para sus paseos por la Tierra… Para qué seguir.

Que libros como éste sean fenómenos de ventas sólo se explica por la eficacia de campañas comerciales y publicitarias en las que caen incautos como yo. Pues vale, he caído como un pavo y un gilipollas. Ahora bien, como he pagado religiosamente los 18,95 euros que vale el ejemplar, se me permitirá un desahogo: me lo voy a pensar muy mucho antes de volver a gastarme el dinero en un nuevo libro de La Factoría de Ideas, una empresa que, hasta la fecha, me parecía bastante seria. Una editorial tiene todo el derecho a ganar dinero con libros malos y regulares. Tiene todo el derecho, incluso, a venderlos con el reclamo de notas hiperbólicas y portadas fascinantes. Sin embargo, no creo que tenga derecho a mentir. Y cuando afirma en la contraportada que “El Código Da Vinci inauguró un nuevo género de misterios históricos, donde este libro brilla con luz propia, con unas tramas completamente creíbles” (la sintaxis no es el punto fuerte del redactor, por cierto), retuerce la verdad hasta límites intolerables. La novela de Dan Brown es un monumento de la literatura en comparación con la de Greanias. Si la trama de El resurgir de la Atlántida es creíble, yo soy Manolete a punto de pasar al otro barrio por obra y gracia de los pitones de “Islero”.

Thomas Greanias, El resurgir de la Atlántida, Madrid, La Factoría de Ideas, 2005 (4ª ed.), 358 páginas. Traducción de Ana I. Domínguez Palomo, Concepción Rodríguez González y Mª del Mar Rodríguez Barrena.

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