Por obra y gracia de Planeta Educativo he llegado hasta una entrada de Solenoide en la que Javier Penalva, un profesor de Secundaria, anuncia su profesionalización definitiva como bloguero y su excedencia voluntaria de la profesión docente. En los comentarios a esta entrada se suceden los parabienes y elogios, a los que yo me sumo muy sinceramente; vaya desde aquí mi enhorabuena a un compañero que ha sabido abrirse hueco en un mundo tan competitivo y dinámico como el de los blogs tecnológicos, y mucha suerte para esta nueva etapa de su vida y su profesión.

Alguna vez me han preguntado, casi siempre en plan de broma, si no me gustaría emprender un camino semejante al que ahora toma Javier Penalva. La ocasión viene pintiparada para dar una respuesta pública: pues no, no me gustaría, y voy a explicar mis razones:

  • Convertir la afición en profesión puede ser muy reconfortante, muy halagador, pero también tiene sus riesgos, y no es el menor de ellos el que uno acabe echando pestes de sus hobbies por mor de la presión laboral. Pongo mi propio ejemplo: cuando ejercía como profesor de Lengua Castellana y Literatura me veía obligado a leer y comentar textos literarios por obligación (y no es que me disguste volver una y otra vez sobre el Lazarillo de Tormes, La Celestina o Luces de bohemia, antes al contrario; mis reservas van orientadas más bien hacia la “harrypotterización” de la selección de lecturas en Secundaria y Bachillerato). Ahora que estoy provisionalmente “retirado de la tiza”, leo lo que quiero y cuando me apetece. Y lo cierto es que leo bastante más que entonces, y libros más variados.
  • Yo siempre he dicho que para mí el infierno tiene forma de barra de bar y profesión de camarero. El purgatorio, por su parte, se parece en mi particular colección de fobias al escritorio de un reportero, obligado siempre a trabajar bajo la presión de la inmisericorde actualidad, y muchas veces a escribir de temas que le interesan poco y de los que sabe aún menos. Ya sé que ésta no es la situación de un redactor de bitácoras especializadas, tales como Xataka, Genbeta y Applesfera, en las que viene colaborando Javier. Pero el parecido sigue antojándoseme demasiado inquietante.
  • En la entrada dedicada a conmemorar la centésima de La Bitácora del Tigre ya dije que no llevo nada bien la “exigencia tiránica” (bueno, la verdad es que exageraba bastante, pro domo mea) de publicar en el blog con frecuencia regular. No me imagino lo que tiene que ser multiplicar esa exigencia por tres o por cuatro, y hacerlo además bajo las condiciones del imprescindible contrato profesional.
  • El bloguero aficionado escribe de lo que quiere y de lo que le da la gana. No tiene jefes, no tiene horario (en todos los sentidos de la expresión), no tiene que cerrar la edición y se pone, si el caso lo requiere, el mundo por montera. Hay algo de la felicidad del juego en su actividad, y con ella da rienda suelta a la pasión grafómana. Me temo que estas perspectivas se pierden, o se debilitan mucho, cuando uno se entrega con armas y bagajes a la edición profesional.
  • Existen determinados aspectos de la edición profesional de bitácoras que no me gustan nada: el tono y los estilemas periodísticos, la tendencia a la condensación y a la brevedad, la superespecialización. A mí me chifla, en cambio, recurrir a la amplificación y al vagabundaje expresivo, a los incisos, los paréntesis, los cambios súbitos de perspectiva y de registros, y hasta las salidas de tono. No veo cómo poder conciliar estas chifladuras con la obligada contención y seriedad de un editor a sueldo de terceros.
  • Por último: la libertad e independencia del editor amateur de bitácoras no se paga con todo el oro del mundo. Algo de esto salió a colación en el curso que impartí hace poco en el C.P.R. de Calahorra, donde tuve oportunidad de charlar con los asistentes acerca de diversos temas aledaños a la edición de bitácoras. Algunas de las anécdotas que me contaron y varias de sus reflexiones me han venido muy bien para certificarme en mi posición.

En fin, ésta es mi visión de la jugada, al menos por el momento. No puedo asegurar que mañana no sucumba ante los cantos de sirena de un grupo editorial de postín y ante las seducciones de un comercial agresivo con una abultada chequera, aunque no lo creo probable, por muchas y variadas razones. De nuevo, mi enhorabuena a Javier Penalva por su profesionalización, que es, en todo caso, un buen síntoma de la salud y vitalidad de la blogosfera hispana.