Cartel de la películaA mí me gustan las películas de “atracos perfectos” (las llamadas heist movies) desde que tengo uso de razón. Todo lo que tenga que ver con la minuciosa preparación de un golpe a una fortaleza bancaria inaccesible -la selección del equipo, el acopio de planos y herramientas, la invención de añagazas, las maniobras de distracción, la huida de los atracadores- me produce los inequívocos síntomas que forman parte del síndrome del espectador ansioso: excitación, taquicardia, falta de reacción a los estímulos del mundo exterior y una apetencia desaforada por las palomitas de maíz.

El subgénero tiene sus reglas y sus condiciones, sus fetiches, sus santos consagrados y, por supuesto, sus convenciones, cuyo reconocimiento es, justamente, uno de los elementos integrantes de esa peculiar forma de satisfacción (casi de felicidad, diría yo) que los aficionados al cine encontramos en nuestras películas favoritas.

Una de esas convenciones es la de la complejidad del golpe. No hay película de atracos perfectos que se precie que no acumule dificultades extraordinarias a la acción de los cacos, que inevitablemente tienen que hacerse expertos en toda suerte de técnicas: construcción (o demolición), telecomunicaciones e informática, metalurgia, corte y confección, logística, estrategia, automoción, arte militar, aeronáutica y hasta prestidigitación. Otra de las convenciones recurrentes en las heist movies la integran los giros y retorcimientos del argumento, los golpes de efecto, los trucos de guión que despistan a los espectadores y les arrastran hacia suposiciones falsas o desenlaces inesperados.

Pensemos en unas cuantas películas de robos “imposibles” –Atraco perfecto, El caso Thomas Crown, La cuadrilla de los once, El golpe, Heat, The Italian Job, La jungla de asfalto, Operación Swordfish, El primer gran asalto al tren, El quinteto de la muerte, Rififi, Topkapi, El último golpe– y comprobaremos que las dos convenciones que acabo de exponer están presentes en ellas, a menudo en forma de un diálogo implícito, mediante el cual unas películas hablan con otras y se desafían mutuamente, en una suerte tour de force competitivo que contribuye al regocijo y la fascinación del espectador.

Recientemente he visto dos películas que encajan en los patrones habituales del género: Plan oculto, de Spike Lee, y Caos, de Tony Giglio. Su principal novedad es que, en ambos casos, el atraco es una tapadera para una sofisticada venganza de los delincuentes, bastante inesperada en el primer caso y algo más previsible en el segundo. La película de Spike Lee me queda algo distante ya (creo que la vi hace cosa de un mes), así que prefiero no decir demasiado sobre ella, no vaya a meter la pata. La segunda la vi el miércoles, en una de esas sesiones vespertinas a las que suelo acudir solo cuando Pilar desconfía de la peli (en este caso ella se quedó en casa corrigiendo exámenes), y de las que casi siempre salgo sintiéndome poco menos que un friki.

La película de Giglio contiene los ingredientes habituales de los filmes de atracos, a los que añade algunas características del género policial, a menudo muy próximo a aquél: las tortuosas relaciones entre los agentes y sus jefes, los casos de corrupción, la “educación” del poli joven por parte de otro más veterano… nada que no hayamos visto muchísimas veces en las pantallas grandes y pequeñas. Caos no destacaría entre otras muestras de ambos géneros si no fuera por el retorcimiento de la trama, que obliga a tantas explicaciones y aclaraciones que llegan a resultar incómodas.

El caso es tan flagrante que parece como si en el filme convivieran dos historias distintas: la que forman las secuencias que componen la línea narrativa principal, y la que integran los flash-backs intercalados, destinados a aclarar el verdadero sentido de aquéllas. La técnica podría ser aceptable en otro contexto, pero no en el de la película de Tony Giglio, dado que la narración hace trampas evidentes en las secuencias iniciales, con planos incompletos de un incidente policial con secuestro y víctimas mortales, que sólo al final se muestra en su integridad, para sorpresa (una sorpresa relativa) del espectador.

Otro rasgo de Caos que se pretende novedoso, pero en el fondo resulta postizo, es la fundamentación libresca de la trama. En efecto, todo el plan del verdadero responsable del atraco está basado en una lectura superficial y más bien indigesta de la teoría del caos. Parece como si el guión quisiera con ello otorgar un marchamo de respetabilidad a tanta trampa y tanto vaivén argumental, pero lo único que consiguen las digresiones caóticas es aburrir al respetable (desde luego, lo hacía mucho mejor Crichton en Parque Jurásico).

Del resto de la película poco más se puede decir: personajes formularios, alguna persecución espectacular que rompe la rutina de una realización excesivamente plana, secuencias bastante reiterativas (a todos los polis les pegan un tiro en alguna extremidad, circunstancia que, lejos de pasar desapercibida, es celebrada por los propios afectados) y un reparto un tanto insólito que, a pesar de los vaivenes de la historia, se las apaña para mantener el tipo. Ni Jason Statham, ni Wesley Snipes ni el joven Ryan Philippe (a quien vimos en un papel parecido hace poco, en Crash), desentonan particularmente, aunque tampoco tienen demasiadas oportunidades para su lucimiento. En cambio, me pareció muy interesante la intervención de Justine Waddell, una actriz escasamente conocida y de raro atractivo, que tiene una presencia magnética en la pantalla.

En fin, que hay que pedir a los guionistas y directores de las películas de atracos perfectos un poco menos de artificio, y un poco más de sentido común. Una vuelta a los orígenes, con mejores personajes y no tanta pirotecnia narrativa, no vendría mal. Los aficionados al género estamos dispuestos a dar a esta clase de historias un margen de confianza muy grande (al fin y al cabo, qué sería del cine sin la ilusión mentirosa de las imágenes), pero no a que nos cuenten milongas. El mundo ya es suficientemente caótico en sí mismo sin necesidad de que un delincuente vengativo con un subidón de vanidad quiera convertirse en una especie de demiurgo de andar por casa. Yo, por lo menos, no me creo el cuento.