La publicación en libro del Panfleto antipedagógico, de Ricardo Moreno Castillo, no ha pasado desapercibida para la blogosfera educativa. Creo que mi reseña fue la segunda en aparecer públicamente en la Red (me refiero al comentario del libro, no al que escribí sobre el PDF original), tras la de Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, en Aulablog21, quien, como en otros muchos asuntos, se lleva el gato al agua a la hora de cobrar la pieza y lograr las citas de terceros.

Como era de esperar por la índole polémica del libro, las reacciones de los docentes blogueros distan mucho de ser unánimes. Abundan los agradecimientos al autor por haber sabido levantar el velo de una realidad que demasiadas veces sólo se hace explícita en el ámbito profesional, pero también son frecuentes las críticas hacia una obra que se considera demagógica, tendenciosa o directamente beligerante con respecto a determinadas concepciones pedagógicas e incluso ideológicas.

Lo más interesante de la polémica, sin embargo, no está en los ditirambos ni en las feroces críticas, sino en posiciones mucho más matizadas (y a mi modo de ver, muy dignas de consideración y análisis), de docentes en activo que, al mismo tiempo que reconocen sentirse interpelados por el diagnóstico que realiza Moreno Castillo, se resisten a admitir que sea admisible el catastrófico panorama que pinta nuestro compañero de Matemáticas.

Antes de examinar esos interesantísimos testimonios a los que me acabo de referir, me gustaría discutir algunas reacciones a la publicación del Panfleto. En primer lugar, quisiera señalar la notoria injusticia que supone denigrar una obra ajena sin tomarse un mínimo esfuerzo en discutir sus argumentos. Se puede (y se debe) discrepar de las opiniones de Moreno Castillo, se puede legítimamente considerar que sus valoraciones sobre los orientadores y determinadas superestructuras pedagógicas son excesivas y hasta ofensivas, pero no es de recibo desdeñar un libro tan bien escrito y tan sólidamente fundamentado como el de Moreno Castillo (ya sé que el argumento de autoridad en nuestros tiempos posmodernos está de capa caída, pero algo habrán visto en el libro cabezas tan sólidamente armadas como las de Savater, Muñoz Molina o Eduardo Mendoza) con dicterios como “sarta de tonterías”, “las sandeces de este libro”, “argumentos sin ninguna base, con una sarta de afirmaciones mediocres”, “terrorismo pedagógico” o argumentos ad hominem del estilo de “lo positivo de esa Ley [se refiere a la LOGSE] no se llevó a cabo por culpa de colectivos de profesores como los que él [el autor del Panfleto] representa”, o “quien escribe es un profesor desengañado que no tiene armas para enfrentarse a los nuevos tiempos y que añora los viejos. Un profesor en definitiva que arremete contra el sistema, sin antes haber hecho nada por subsanar sus debilidades”.

Me cuesta mucho admitir que haya compañeros y compañeras que consideran la crítica (incluso panfletaria) a los males del sistema educativo como poco menos que una especie de crimen de lesa humanidad, o una traición a la profesión docente, la defensa de cuya dignidad, por cierto, es todo un emblema en el libro de Moreno Castillo desde su primera edición en PDF. La crítica (incluso panfletaria) es saludable, sobre todo cuando consigue llevar a primera línea de actualidad (la publicación del libro se ha mencionado en medios de gran difusión como El País o en XL Semanal), una situación de malestar profesional que se ha convertido en un clamor sotto voce en el seno de los claustros de profesores. Por otro lado, que la crítica de Moreno Castillo se haga desde la rabia, desde la desilusión o desde la amargura, no quita un ápice de validez a sus argumentos. A este respecto, creo que es muy conveniente poner la ilusión y los buenos propósitos en la adecuada perspectiva: no me cabe duda de que el entusiasmo por la propia labor es una virtud en cualquier oficio, pero puede convertirse en un vicio si no está regulada por una vigilancia racional. Todos conocemos ejemplos de compañeros y compañeras cuya ilusión (en los dos sentidos de la palabra) se da de bruces desde el primer día con la cruda realidad de las aulas, y también sabemos cuál es el triste corolario de muchas de esas frustraciones.

Un sentimiento curioso que se trasluce en bastantes de las críticas negativas que ha recibido el Panfleto tiene que ver con el ámbito en que éstas se han producido. Me refiero, claro está, a la comunidad de profesores blogueros, algunos de los cuales manifiestan sentirse personalmente criticados, o incluso descalificados, en su actividad cotidiana por las posiciones del autor y sus arremetidas contra determinadas corrientes pedagógicas. He leído el Panfleto dos veces, una en la versión que circuló a través de Internet en PDF y la otra en papel, y creo poder afirmar, con el necesario conocimiento de causa, que no hay tal en el libro de nuestro colega (yo, por lo menos, no he sido consciente de semejante implicación, que de existir también me resultaría muy antipática). De estrategias didácticas concretas y de herramientas para la docencia, el Panfleto antipedagógico trata más bien poco o nada. De lo que trata polémicamente es de determinadas concepciones del aprendizaje que pueden expresarse (o no) a través de ciertas técnicas o herramientas. El “circo” del que habla Moreno Castillo (ya sabemos cuánto les gusta a los medios de comunicación esta clase de palabras, que llenan titulares) no me parece que sea, en ningún caso, ni la blogosfera ni las iniciativas pedagógicas que se vehiculan a través de ella e intentan, con enorme esfuerzo y valor indudable, actualizar y mejorar la práctica habitual. Quienes se sienten descalificados por Moreno Castillo en sus esfuerzos de renovación pedagógica a través del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación harían bien en recordar que el éxito del Panfleto se debe, en gran medida, a la habilidad del autor a la hora de darle cauce a través de Internet.

Pero es que además hay que relativizar determinadas modas o tendencias pedagógicas, comenzando por el uso de las TIC en el ámbito docente. Yo siempre comienzo los cursos que imparto sobre estos temas con una reflexión previa: “no se es necesariamente mejor profesor por utilizar las TIC, ni tampoco se es mal profesor por no hacerlo”. Si los alumnos aprenden gracias a las TIC, bienvenidas sean; si lo hacen sin tocar un ordenador, que siga siendo así. Lo fundamental es que aprendan y adquieran conocimientos (conceptos, habilidades, valores), que les sean útiles en su vida cotidiana y en la formación de su personalidad. Qué metodología o qué herramientas se utilicen para lograr tal objetivo es un asunto importante de la educación, pero en cualquier caso secundario. Por otro lado, es bastante ingenuo suponer que la utilización de métodos didácticos o herramientas para la docencia está necesariamente vinculada a una concepción pedagógica previa, o incluso a una adscripción ideológica concreta (a este respecto, conviene aclarar que la edición del Panfleto en PDF se publicó en la web del Colectivo Balsatar Gracián, abiertamente de izquierdas, y que en ella se mantiene). De hecho, creo que la situación general es más bien la contraria: la mayoría de los docentes nos comportamos habitualmente con cierto eclecticismo, tomando de aquí y de allá lo que en cada caso nos conviene, y desde luego sin pararnos a pensar en las ramificaciones ideológicas o políticas de nuestras actuaciones profesionales.

En muchos debates sobre concepciones pedagógicas y opciones metodológicas se suele olvidar (y muchas veces de forma interesada), que una parte esencial del proceso educativo, sobre todo en un centro público, es la convivencia del alumno con distintas metodologías y docentes que tienen muy diferentes estilos profesionales y personales. Esa variedad no es más que un reflejo de la diversidad de escenarios a los que habrán de enfrentarse los alumnos en la vida real, y el sistema educativo tiene la obligación de defender la libertad de cátedra de todos los docentes (al menos mientras cumplan sus obligaciones laborales), aunque sus métodos o los estilos de aprendizaje que promuevan no estén � la page. Aprender a aceptar al profesor que utiliza métodos tradicionales, o al que no resulta precisamente simpático, o al que es exigente y estricto, debe ser para los alumnos una lección no menos importante que aprender a trabajar en equipo o a participar activamente en la vida democrática.

Se critica a Moreno Castillo por convertir a la LOGSE en el chivo expiatorio de todos los males que afligen al sistema educativo español. No me cuesta ningún esfuerzo reconocer que el reproche es atinado, porque ninguna ley es responsable de fenómenos sociales, culturales y familiares muy complejos, que han acabado por detonar con estrépito en el marco de la institución escolar. Ahora bien, tampoco parece de recibo eximir de sus responsabilidades a quienes diseñaron una ley que cambió de arriba abajo toda la planta del sistema educativo español, con los manidos argumentos de que sus efectos viciosos son únicamente achacables a la falta de financiación o al boicoteo por parte de determinados colectivos docentes. El primero es un argumento tan irrebatible como indemostrable (siempre se podría dedicar más dinero y recursos a la educación), y el segundo, además de intelectualmente indigente, roza casi lo ofensivo. Se me permitirá que, a este respecto, aduzca mi propio ejemplo: desde el curso 1992-93 al 1998-99, yo ejercí como Jefe de Estudios y Director en el I.E.S. “Picos de Urbión”, de Covaleda (Soria). Allí se implantó la Educación Secundaria Obligatoria, a partir de su tercer curso, desde el año 92. Pues bien, el hecho de que unos cuantos principios legislativos de la LOGSE no me gustaran (y así lo expresé en público ante los compañeros que asistían a un curso de “Programación y diseño curricular” y ante los inspectores de la Dirección Provincial de Soria que lo impartían, en fecha tan temprana como septiembre de 1992), no me impidió cumplir mis obligaciones, primero como Jefe de Estudios, y luego como Director. Nunca dudé de que mis objeciones a determinados presupuestos pedagógicos y organizativos eran un acto de lealtad a los compañeros, a mis jefes y a mi profesión, y ni se me ocurrió jamás que tal proceder fuera merecedor del término “boicoteo” o de cualquiera de sus sinónimos.

Se critica a Moreno Castillo por poner en primerísima línea la autoridad y el papel que desempeña el profesor en el proceso docente. La verdad es que no me imagino cómo podría ser de otra manera. Un docente es, entre otras cosas, un profesional, un experto, el que tiene la autoridad en el sentido etimológico del término (hace poco nos recordaba el profesor Santiago Segura, desde las páginas de la edición para el País Vasco de El País, que el término latino auctoritas viene del verbo augeo, ‘aumentar’). Su testimonio, sus actuaciones, su intervención profesional, no tienen ni pueden tener la misma consideración que las de sus alumnos, entre otras razones porque a él se le paga con un sueldo y se le exigen responsabilidades profesionales, y a los alumnos no. Si aceptáramos hasta sus últimas consecuencias el discurso pedagógico de quienes sitúan en primer término a la actividad de aprendizaje de los alumnos, tal vez nos veríamos obligados reclamar a éstos una actitud y unas responsabilidades que, hoy por hoy, ninguna ley se plantea, ni siquiera remotamente, exigirles.

Insisto, la defensa de la autoridad del profesor en el sentido que le da Ricardo Moreno tiene poco que ver con el autoritarismo y apenas nada con los métodos pedagógicos o con la utilización de determinadas herramientas docentes. El concepto de autoridad docente que a mí me interesa defender, en cambio, está muy estrechamente relacionado con la cualificación profesional, con la capacidad de convicción y con la entrega a la propia labor. Para aumentar la formación de un alumno y para ganarse la autoridad que le exigimos que respete, hay que saber más que él y hay que ser capaz de transmitir ese saber. Nada es más elocuente hasta para el alumno más desmotivado que el docente que sabe y se apasiona con lo que sabe. A veces me da la impresión de que en los claustros de profesores esta concepción del oficio que, como dice Moreno Castillo, tiene una dimensión personal y hasta artística, está siendo sustituida por una visión un tanto formularia o mecanicista, y por la aceptación acrítica de un sistema de promoción profesional –antigüedad, cursillos de formación– sumamente burocratizado y para muchos completamente insatisfactorio.

Decía al principio de esta entrada que había un par de testimonios acerca del Panfleto antipedagógico que me habían parecido de gran interés, por motivos que enseguida expondré. Me refiero a la primera entrada que Felipe Zayas le dedica en Darle a la lengua (esta misma tarde ha escrito una segunda sobre el mismo tema, más orientada a aspectos de su especialidad) y al comentario de Alejandro Valero a una entrada sobre el mismo asunto de Cuaderno del Profesor. Lejos de las posiciones de combate y de los maximalismos pedagógicos, los dos coinciden en una valoración, no sé si atreverme a definir como melancólica, que muchos docentes podrían compartir: la de que una cosa son las teorías pedagógicas que cada uno tenga (algunas avaladas por las leyes o por el establishment educativo, añado yo) y otra muy distinta la realidad de las aulas. Zayas y Valero ponen el dedo en la llaga: no nos gusta lo que sostiene Moreno Castillo, vienen a decir, hasta nos sentimos ofendidos por las consecuencias que parecen derivarse de sus tesis, pero gran parte de los hechos que denuncia están plenamente justificados por la experiencia real. Felipe Zayas llega algo más lejos que Alejandro Valero en su valoración del libro de Moreno Castillo:

¿De dónde viene, pues, el malestar? [con el Panfleto] Pues creo que del hecho de que estas afirmaciones –cuyo significado ya digo que comparto– parece que se esgrimen contra todo lo que suponga tratar de dar sentido a lo que se hace en el aula. Dicho de otro modo: parece que esos asertos tengan como referente a todo profesor que trate de buscar otro modo de enseñar que el tradicional de subirse a la tarima a explicar, poner ejercicios de aplicación y exámenes en los que los alumnos deban repetir del modo más fielmente posible lo que el profesor haya explicado previamente (con la guía más o menos explícita del libro de texto).

En los párrafos que anteceden creo haber dejado claro que ésta no es una consecuencia que se pueda extraer legítimamente de la lectura del libro en su conjunto (insisto, yo no he visto tales implicaciones por ninguna parte, pero puedo estar equivocado), a no ser que dicha lectura se halle influida por un juicio de intenciones contra el autor. En cualquier caso, el enfado de Felipe Zayas merece cuando menos una reflexión, porque cualquiera que haya seguido la trayectoria de este profesor sabrá que ni es un indocumentado, ni un fanático, ni una persona sin criterio, sino justamente todo lo contrario. Hace poco que compré su último libro (Secuencias didácticas para aprender gramática, Barcelona, Graó, 2006), y, aunque no he tenido tiempo de leerlo a fondo, me parece una obra llena de sensatez y de sugerentes puntos de vista para la necesaria renovación de la didáctica de la disciplina que a él y a mí tanto nos gusta.

Salvar de la hoguera los esfuerzos y las ejemplares propuestas didácticas de Zayas, o de Valero, o de tantos y tantos docentes que, a través de las TICs y de la blogosfera (y también fuera de ellas, no nos miremos el ombligo), están haciendo bien las cosas, es un deber que hay que exigir a cualquiera que se proponga escribir sobre educación de forma seria y constructiva. Está claro que la ecuanimidad y los matices no son los rasgos fundamentales de lo que Ricardo Moreno ha titulado, con total pertinencia, un “panfleto”, pero sigo sosteniendo la necesidad de planteamientos tan combativos y valerosos como el suyo: agitar las aguas, remover conciencias y permitir que el malestar docente salga del marco donde a algunos les interesa mantenerlo cautivo son propósitos esenciales para la buena salud democrática y la dignidad de la profesión.

Hace poco se celebró en la Comunidad Foral de Navarra una jornada de huelga de profesores de Secundaria, promovida por una asociación profesional cuyos miembros no han tenido otro remedio que valerse de este tipo de organización sui generis, hartos de la indiferencia con que los sindicatos de clase y de funcionarios acogen sus reivindicaciones. El malestar docente existe, no es ningún invento ni exageración, y bastaba con charlar con los compañeros presentes en la asamblea que precedió a la jornada de huelga para comprobar que algunas de sus demandas y de sus motivos de queja tienen relación directa con la situación del sistema educativo que Ricardo Moreno Castillo denuncia en su libro. Tal vez su autor no tenga toda la razón, pero tiene valiosas razones. Sigue habiendo, pues, motivo para el Panfleto.

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