El camino blanco, de John Connolly

El camino blanco, de John Connolly

Los libros se compran por afición, por recomendación de los amigos, por afinidad con el autor, el género o la época en que fueron escritos y también por su papel o sus portadas. Cualquiera que haya tenido en sus manos un libro de los que publicaba la editorial Alianza, allá por los años setenta y ochenta, con portadas del inimitable Daniel Gil, sabrá a qué me refiero.

En su día, yo compré unos cuantos números de la colección “El Libro de Bolsillo” sólo por disfrutar de los diseños de Daniel Gil. Hoy me ocurre algo parecido con los libros de la colección “Andanzas” de Tusquets Editores, cuyos lomos negros y satinados y las ilustraciones de sus portadas -siempre tan expresivas y a menudo tan artísticas- hacen por la promoción de los libros mucho más que las mejores campañas. El jueves de la semana pasada, mientras esperaba en la terminal 4 de Barajas al avión que debía devolverme a Pamplona, me fijé en la foto de la portada de El camino blanco, de John Connolly, en la que unas manos rojas de sangre (o de pintura roja), a la espalda de una figura masculina en forzado contrapicado, reclamaban mi atención.

Y a fe mía que lo lograron. Leí la cubierta y la solapa, compré el libro, comencé a leerlo nada más montarme en el avión, y disfruté desde la primera línea hasta la última. Porque, en efecto, El camino blanco es una novela tan intensa y absorbente como la imagen de su portada. Una novela policíaca ambientada en su mayor parte en los pantanos del río Congaree, en Carolina del Sur, escenario de violencias monstruosas y odios raciales que se perpetúan de generación en generación.

Sobre el fondo de la historia del tráfico de esclavos, de las rebeliones sofocadas en sangre, de los linchamientos y las sevicias contra los descendientes de los esclavos negros, sobre ese ambiente malsano y fétido (pantanoso, en todos los sentidos de la expresión) del odio racial que como una peste incurable afecta a muchos de sus personajes, se desarrollan las investigaciones del protagonista, el detective Charlie Parker, reclamado por un antiguo compañero de la policía de Nueva York para investigar el caso de Atys Jones, un muchacho negro acusado de haber asesinado a Marianne Larousse, hija de una de las más ricas y antiguas familias de Charleston.

La investigación de Parker saca a la luz la vertiente atroz de la buena sociedad blanca de Carolina del Sur, y los pecados de unos personajes sobre cuyo presente pende el recuerdo de hechos de una crueldad difícilmente imaginable. La trama, mucho más tupida que en la mayor parte de las novelas policiales, se adensa por la presencia de personajes e historias que conectan con las novelas anteriores del autor, y por una técnica narrativa que constantemente traza vínculos (a veces nada fáciles de seguir) entre el presente y los acontecimientos del pasado. El lector puede a veces sentirse desconcertado por este flujo de historias y conexiones temporales, pero hay que subrayar que si presta la necesaria atención finalmente obtendrá su recompensa, pues la novela ofrece un final muy logrado, que ata todas las hebras de la trama y proporciona al relato en su conjunto una gran solidez.

Hay algo de faulkneriano en la intensidad que desprende la novela, en la acumulación de violencias, de anormalidades físicas y psíquicas, en la presencia de una naturaleza avasalladora (las descripciones del entorno natural del Congaree son magníficas) que destaca con su exuberancia la intensidad de las pasiones y el salvajismo de los crímenes. Pues, hay que ponerlo de relieve, El camino blanco es una novela extraordinariamente violenta, una “cosecha roja” sureña donde los personajes matan y mueren envueltos en una especie de febril competencia homicida. El odio racial y la venganza son las fuentes primordiales de este furor, que también debe mucho a la marginalidad de un buen número de personajes, a su conciencia del desclasamiento y de la anormalidad física. En cierto sentido, se podría decir que El camino blanco ofrece un discurso darwinista, basado en emociones primarias y odios ancestrales, que mueven a los personajes hacia los actos más inhumanos (linchamientos, torturas, implacables persecuciones, matanzas atroces) de que es capaz la condición humana.

En la condición moral de los personajes de El camino blanco es difícil hacer distingos, porque aquí no sólo matan los criminales (sin remordimientos, con una delectación que tiene mucho de patológico y casi de sobrenatural), sino también Parker y sus ayudantes, una curiosa pareja de homosexuales -uno, Louis, negro y gigantesco; el otro, Angel, blanco y de menor estatura-, todos ellos con su propia historia de venganzas y resentimientos a cuestas. Si uno se limita a la lectura de El camino blanco, quizás no acaba de justificarse la condición psicológica de estos tres personajes (particularmente de los dos últimos), que con toda evidencia tienen una historia que hay que rastrear en las novelas anteriores de Connolly.

Otro aspecto interesantísimo de la novela es su proximidad a lo sobrenatural, su condición de relato que constantemente flirtea con un más allá cuya frontera con la realidad cotidiana es tan fluida como imprecisa. La presencia de los muertos inquietos, de las sombras y los fantasmas que acechan a los vivos, de los poderes malignos que parecen exudar algunos de los villanos (por ejemplo, ese epítome de lo siniestro que es el reverendo Faulkner, una especie de Hannibal Lecter piadoso, jefe espiritual de una banda de asesinos y torturadores racistas), es poderosísima. En algún momento a lo largo de la novela, el lector sospecha que el elemento sobrenatural está en un tris de escapársele de las manos a su autor, pero también con respecto a este punto se trata de una falsa impresión: al final del relato, John Connolly pliega las velas de lo sobrenatural con una pericia indudable y sabe reducirlo a lo extraordinario, aunque posible.

A la novela policíaca suele exigírsele, a veces de malos modos, que atienda sobre todo a la funcionalidad narrativa, a la eficacia de la trama y a una hábil disposición del ritmo. Connolly demuestra con esta novela que domina todos los modos propios del género (la evocación de ambientes sórdidos y canallas, el dibujo de personajes patibularios y feroces, la práctica de un lenguaje descarnado y amenazador, que esgrime el detective Parker, como una más de sus armas), y que también sabe combinarlos con otros ingredientes poderosos. Ya he destacado la presencia perturbadora de lo sobrenatural, pero quisiera referirme ahora al papel que desempeña en la novela la visión de una naturaleza bullente y devoradora, que es al mismo tiempo representación verosímil de los pantanos del Congaree y signo de la podredumbre moral y de la violencia exacerbada que recorre todo el libro. Un ejemplo valdrá más que cualquier ponderación:

Y la sangre de los muertos se fundía con la tierra y enturbiaba los ríos que bajaban de los montañosos bosques de álamos, de arces rojos, de cornejos florecidos, y los peces incorporaban aquella sangre a su organismo al filtrarse por sus branquias, y las nutrias que los pescaban de un zarpazo los devoraban, y de ese modo aquella sangre entraba también a formar parte de ellas. Aquella sangre estaba en las moscas de mayo y en las moscas de la piedra que oscurecían el aire de Piedmont Shoals, en las pequeñas percas que se quedaban inmóviles en el fondo del agua para no ser engullidas, en los peje-soles que rondaban en torno a la zona de protección que les brindaban los lirios araña, que disimulaban la fealdad arácnida de su parte inferior con la belleza de sus flores blancas (p. 322).

Ha sido una grata sorpresa la de encontrarme con un novelista como John Connolly, de quien no tenía la más mínima referencia. Ahora ya la tengo, firmada, sellada y certificada por una elogiosa reseña de El camino blanco, a cargo de Rodrigo Fresán, el pasado sábado en Babelia. Fresán cuenta maravillas de dos novelas anteriores del escritor irlandés, El poder de las tinieblas y Perfil asesino, que anoto cuidadosamente en mi libreta como lecturas para el verano. A lo mejor, si las encuentro en mis librerías de guardia y me acompaña el espíritu (hay que aprovechar el entusiasmo del momento, después de otro buen partido de la selección española de fútbol, que ha sabido remontar un resultado adverso), comienzo mañana con cualquiera de ellas. Me conformo con que sean la mitad de buenas que la última de John Connolly.

John Connolly, El camino blanco, Barcelona, Tusquets Editores (Col. “Andanzas”, 603), 2006, 373 páginas.