El Tigre no es un forofo futbolero, pero gusta, de vez en cuando, y sobre todo coincidiendo con europeos y mundiales, de los partidos vibrantes y competitivos. El Tigre tampoco es un forofo chauvinista, y aunque anima con sus vigorosos rugidos (y no es hipérbole) a la selección española de fútbol, sabe reconocer los méritos del rival y aplaudirle cuando se muestra superior. Hoy lo ha sido Francia, casi desde el principio, pues primero ha frenado a los centrocampistas españoles, y luego se los ha comido, simple y llanamente. Se decía que los franceses estaban acabados, que andaban pidiendo el retiro, pero ya se ha visto: fuertes, poderosos, anticipados en el corte, incordiantes… ¿Quién dijo que Zidane no aguantaría todo el partido? Ahí estaba, al pie del cañón, en el minuto 90, fusilando sin piedad a su compañero de equipo Iker Casillas.

Todo lo cual no quita para que al Tigre se le haya desgarrado un poquito su felino corazón. El Tigre se ha retirado a su cubil a lamerse las heridas y restañar, inútilmente, los zarpazos infligidos por el equipo rival. Para estos casos, no hay mejor cosa que ponerse a trabajar en algo que consuma toda la atención, todos los recursos intelectuales. La música no es eficaz, porque permite a la mente vagar por el recuerdo y obsesionarse con sus imágenes; los libros, tampoco, porque una parte del cerebro traiciona a la voluntad y se va de excursión mientras que los ojos siguen, automáticos y rutinarios, el desfile de las letras.

Queda, sin embargo, el consuelo de la edición web, que es el lenitivo que ha escogido el Tigre para sus males. Un poquito de edición de la versión de Lengua en Secundaria en Joomla, que lentamente va progresando (pero qué despacio para alguien como el Tigre, tan impaciente), un garbeo por los blogs de los colegas, buscando inspiración y consuelo, otro poquito de trabajo con la bitácora tigreña, para que no se diga que las circunstancias sobrepasan al autor y, hala, a la cama, donde será difícil conciliar el sueño, como les pasa a los deportistas cuando han vivido emociones fuertes.

De todas formas, y ya que ésta es, más o menos, una bitácora educativa, aprovecho la oportunidad para hacer una modesta reivindicación de la virtud formativa del deporte, que en los últimos tiempos se ve aplastada por el imperio del dinero, los escándalos del dopaje (que no son otra cosa que un efecto colateral de una mercantilización insoportable) y el ventajismo imperante en tantos ámbitos. El deporte sigue siendo valioso porque enseña a planificar los esfuerzos, a practicar la constancia, a respetar al contrario. Sigue siendo valioso porque enseña a competir, a ganar con gallardía y a perder con dignidad. Como decía mi tía Anastasia, que en paz descanse, “quien juega se arriesga a ganar y a perder”, de modo que el que compite debe afrontar, con la misma disposición de ánimo, generosa y optimista, la victoria y la derrota.

La derrota de la selección española de fútbol es dolorosa para quienes nos habíamos hecho ilusiones, probablemente vanas y acaso descabelladas. Si yo ahora mismo estuviera dando clase (cuando había un buen partido no me importaba invertir con ellos dos o tres minutos de comentario), les diría a mis alumnos que no se fíen de los cantos de sirena, de los elogios desmedidos, de esa forma insidiosa de adulación que consiste en vender la piel del jabalí antes de haberlo cazado. Y les diría también que todo lo que importa en la vida es costoso, difícil de conseguir, que no siempre existe la recompensa inmediata y la justicia evidente (ahí está Ucrania, después del baño que le dio España en la fase previa, en cuartos de final gracias a un partido horrible contra Suiza, por no hablar del triunfo de Italia contra Australia, de penalti injusto y en el último minuto), y que nunca hay que arrojar la toalla.

Y seguramente acabaría mi breve discurso con una pequeña maldad: ahora, a animar a Brasil, para que se sacuda la modorra de encima, haga el fútbol que sabe y nos vengue de los franceses, justos clasificados en estos malhadados octavos de final de la Copa del Mundo.