La sección felina de La Bitácora del Tigre concede hoy la palabra al reino de lo kitsch, representado por la imagen que figura tras el segundo párrafo de esta entrada. Es una foto tomada esta misma mañana, a eso de las 12,30, en un mercadillo levantado junto al Mercado Central de Abastos, en Cádiz.

En el reino heteróclito y confuso del zoco gaditano, las bellezas indudables de la Tacita de Plata –hoy, bajo un sol inclemente, apenas aliviado por el levante– se veían acompañadas de otras más dudosas: ejemplares atrasados de diversas publicaciones sicalípticas, candelabros oxidados, maletines llenos a rebosar de ropa que tal vez nunca estuvo de moda, herramientas melladas, desajustadas y roñosas, muebles por cuatro perras que los expertos en almonedas restaurarán algún día y pondrán por las nubes en las páginas del Vogue o el Cosmopolitan.

Tigres de felpa

Sobre el ambiguo montón de los trastos viejos no desentona, pues, esta pareja de cachorros de tigre, pintados sobre una toalla de felpa. Desoyendo los ruegos y ofrecimientos de Pilar, no me he atrevido a comprarla, pero sí a inmortalizar la estampa de los cachorros, que seguramente añoran desde su ficticia jungla de trapo días más lucidos y gloriosos.

Me atrevo a asegurar que los tigres de la toalla preferirían compartir el destino de sus primos domésticos, de esa tribu de gatos indolentes y pícaros que pululan por entre las rocas de los espigones gaditanos, alimentados por atentas y simpatiquísimas señoras que, como nos contaban esta mañana, tienen que pelearse con las ordenanzas y los guardias municipales para llevar a los mininos su matutina ración de agua fresquita y pescaíto frito. ¡Qué les habrán hecho los gatos marineros, que desde la más remota antigüedad libran a los pescadores de ratas y cucarachas, a las ordenanzas!

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