Portada del libroLeyendo La gran marcha, la última novela de E.L. Doctorow publicada en España, resulta difícil sustraerse a la tentación de creer que la Guerra de Secesión americana y, en concreto, la espectacular campaña que el general William Tecumseh Sherman llevó a cabo a través del los territorios confederados de Georgia y las Carolinas, entre 1864 y 1865, debió de haber ocurrido exactamente tal y como la cuenta el novelista neoyorkino.

Y es que la novela tiene una fuerza irresistible, una intensidad y capacidad de convicción poco comunes. Al hilo del vigoroso relato de “la Marcha de Sherman” o “La Marcha hacia el mar” (una campaña tan victoriosa en lo militar como controvertida entre los historiadores, sobre todo a causa de las tácticas de tierra quemada desarrolladas por las tropas federales con el objetivo de debilitar la capacidad militar de los sudistas), la novela bulle de personajes que entran y salen de la trama, en una suerte de frenética sucesión que, una vez pasada la sorpresa de las primeras páginas (pues la narración salta de un episodio a otro con una flexibilidad y soltura que al principio resultan desconcertantes), acaba acogiéndose con deleite y fascinación.

No es una novela demasiado larga (379 páginas que saben a poco, la verdad), y sin embargo su lectura produce la impresión de que en ella está representada no ya una historia real, la de la citada expedición de las tropas de la Unión al mando de Sherman, sino todo un mundo, enorme y abigarrado (los sesenta mil hombres de las columnas nordistas, con su impedimenta y suministros, seguidos por una multitud de esclavos negros liberados, y de blancos arrojados de sus casas y propiedades), en movimiento constante, con sus protagonistas y sus secundarios, sus héroes y sus villanos, sus hombres, mujeres, niños y ancianos. El narrador omnisciente de La larga marcha está en todas partes, siempre desde una perspectiva serena, y hasta majestuosa, que es tan efectiva como difícil de caracterizar, y no digamos de imitar (a mí me produce una envidia invencible). Desde ese punto de vista, que no sólo constituye una eficaz estrategia narrativa sino también, y sobre todo, una actitud moral, respeta a todas sus criaturas, las ve de cerca, a su mismo nivel, y aunque no evita los juicios de valor, las ironías e incluso las especulaciones sobre los motivos más íntimos de su conducta, siempre tiene presente su calidad de seres humanos enfrentados a las duras pruebas de la guerra, el dolor o el hambre.

De este modo, los militares nordistas y sudistas de todos los grados y rangos, los esclavos liberados que siguen en tropel a las columnas victoriosas de Sherman, los otrora orgullosos rebeldes, ahora desposeídos por la derrota y el expolio, hasta los caballos y las mulas que tiran de los carros de aprovisionamiento y de las ambulancias, todos tienen su oportunidad, y a todos concede su voz una novela que, sin dejar de ser histórica y sin renunciar al tono elevado que le es propio, siempre se nos muestra como humanamente accesible, y que en ningún momento subordina su intención realista a las rigideces documentales o arquelógicas que suelen ser comunes en este tipo de relatos.

La larga marcha es una novela que, como pocas, testimonia la importancia de la elección del punto de vista y de una correcta sintonía entre la realidad representada y la técnica narrativa. Novela episódica, organizada cronológicamente en torno a los hitos de la expedición de Sherman, y de personaje colectivo, tales rasgos propician esa sensación de humanidad desatada y multiforme que tan difícil es de conseguir y de controlar (pues los riesgos de la confusión y el caos acechan a cada paso) en la creación novelística. Doctorow se impone brillantemente a las dificultades objetivas de su elección narrativa con un dominio de los recursos literarios que no tiene nada que envidiar a la maestría estratégica de Sherman: los personajes van y vienen, sí, las situaciones y los episodios se suceden con aparente discontinuidad, pero siempre está presente el autor para controlarlos con mano firme, para establecer relaciones entre unos y otros, relaciones que sólo vistas en el conjunto de la novela logran pleno sentido y eficacia.

Un ejemplo de lo que digo es la presencia de ese par de curiosos personajes que son Arly y Will, dos desertores del ejército sudista que se camuflan entre las filas de sus enemigos (dos pícaros, me atrevería a decir, si es que la palabra no resulta inapropiada en este contexto literario), cuyo errático vababundaje entre las páginas del relato, en episódico contacto con otros muchos de sus personajes, acaba por explicarse de un modo que el lector difícilmente podía intuir al principio. Otros dos ejemplos podrían ser los del personaje del general Sherman, magníficamente logrado en su complejidad ciclotímica, que preside la narración y la orienta con sus decisiones y propósitos, y el del médico del ejército nordista Wrede Sartorius, un personaje lacónico, sumamente eficaz, que pone un contrapunto escéptico y racional a bastantes de los sucesos de la guerra, auténtico eje organizador de las múltiples relaciones que se establecen entre los personajes de la novela.

Los lectores que valoren la construcción narrativa disfrutarán con las complejidades, visibles y menos visibles, de La gran marcha, pero no más que quienes se conformen con el vivaz desarrollo de la trama, la rotunda configuración de los personajes y la sensación de realidad que se le debe exigir a una novela de vocación realista. Y es que en la de Doctorow la expresión de la realidad se impone con energía arrolladora, gracias a una variedad riquísima de tonos y expresiones. En la mejor relación con el realismo literario norteamericano (y con el cine de John Ford, cuya huella, y especialmente la de la película Misión de audaces, que ofrece algunas significativas coincidencias con el argumento y los personajes de La larga marcha, me ha parecido apreciar en bastantes detalles), dentro de esta novela uno puede encontrarse casi todo: lo sublime y lo ridículo, lo alegre y lo patético, la villanía y la nobleza, la seriedad y el humor, la épica de los combates y los momentos de intimidad más delicados y sutiles, lo histórico en sentido estricto y lo puramente ficticio o novelístico.

Todos estos elementos se integran sin fisuras en un conjunto que, a pesar de su variedad y dimensiones, sorprende muy gratamente por su carácter compacto y por la solidez de su construcción. Y aunque el rumor de la guerra, de esa gran marcha que se extiende por los estados del Sur no ya como un ejército en campaña, sino “como una plaga”, resuene una y otra vez en los oídos del lector, algunos de los mejores hallazgos de la novela se localizan justamente en los momentos más reposados e intimistas, cuando los personajes reflexionan sobre el presente y hacen planes para el futuro. Así ocurre, por ejemplo, en el desenlace de la novela: firmada ya la paz entre Sherman y Joe Johnston, entre Lee y Grant, la esclava liberada Pearl, negra aunque de piel blanca (uno de los mejores personajes del relato, tal vez el más conmovedor), sentada a la vera del camino junto a un arroyo, en compañía de otros negros arrastrados por la marea de la guerra, toma en sus manos el rumbo de su propia vida y se encamina con una decisión impropia de sus pocos años a construir su porvenir y el de quienes la rodean. Un final espléndido, sereno y lleno de esperanza, para una novela que se disfruta de principio a fin.

E.L. Doctorow, La gran marcha, Barcelona, Roca Editorial (Col. “Lettera”), 2006, 379 páginas.

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