Portada del libroSi usted, amable lector, pasa por una grave enfermedad, o acaba de salir de un penoso divorcio, si sufre la separación de sus seres queridos, y ha perdido el entusiasmo por la vida (“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”, es la primera frase del libro), si le penan sus errores y cree que no merecen disculpa, lea, por favor, Brooklyn Follies, del escritor y cinesta norteamericano Paul Auster. Lea esta novela gozosa, divertida, folletinesca y descaradamente cotilla, que vuelve a confirmar una vez más, por si necesario fuera, el acierto de Truman Capote cuando afirmó que toda la literatura es, al fin y al cabo, cotilleo. Disfrute, estimado lector, con los tipos peculiares que pueblan este Brooklyn convertido por la mano maestra de Paul Auster en un barrio entrañable y próximo, con su variopinta población de cien lenguas y nacionalidades, con sus penas y alegrías, con sus conmovedoras historias, y sus no menos conmovedoras historietas.

Porque Brooklyn Follies es una celebración de la vida, un precioso relato de cómo la vida puede imponerse a la desesperanza, a la derrota, y alumbrar en el otoño de la existencia del hombre más triste, de la mujer más abandonada, el fulgor de una alegría inesperada, de una nueva ilusión. Brooklyn Follies es también una celebración del poder de la literatura, un canto a la capacidad de la fabulación para hacer del mundo un lugar más habitable, más digno de ser vivido. Pues así ocurre entre los personajes de esta novela: que cuando parecen no encontrar salida a sus cuitas, viene alguien y cuenta una historia, y esa historia se ramifica en otras, adquiere vida propia, saca al personaje de su estupor, y le hace vivir de nuevo.

Una preciosa anécdota de la vida de Franz Kafka (que no sé si es cierta, pero nunca mejor dicho aquello de si non è vero, è ben trovatto), que se cuenta en el capítulo titulado “Rumbo al norte”, constituye la clave de la novela. Es una nueva versión (aunque seguramente más tierna y emotiva) de la historia de Scheherezada y el sultán Shahriar: mientras hay historias que contar, la inevitable tragedia del ser humano sobre la tierra se suspende y “las penas de este mundo desaparecen” (p. 161). Y eso es justamente lo que ocurre en esta novela: que sus muchos personajes cuentan historias, o se las inventan, y se las van pasando de uno en otro, hasta que la realidad ha sido modificada, siempre para mejor, por obra de una ficción.

De ficciones viven y se alimentan (pero no sólo de ficciones) varios de los principales personajes de la novela: su protagonista, Nathan Glass, un jubilado precoz que, tras superar un cáncer y divorciarse de su esposa, se establece en Brooklyn y comienza a escribir un libro (con anécdotas tronchantes), titulado El libro del desvarío humano. También ha vivido de ficciones el sobrino de Nathan, Tom Wood, un joven brillante y fracasado, que se refugia tras el mostrador de una librería de lance para olvidar su ambición de convertirse en profesor de literatura norteamericana, especializado en Poe. Y, por último, de ficciones vive Harry Brightman, el propietario del Brightman’s Attic en que trabaja Tom, uno de los personajes más brillantes de la novela (‘brillante” es lo que significa su apellido), un hombre capaz de rehacer su vida varias veces y de envolverla en sucesivas capas de ficcionalización y enmascaramiento, que no se reducen sólo a los cambios de identidad a que le obliga su devoción por las trampas y las estafas.

Auster ha debido de disfrutar de lo lindo componiendo esta novela que, gracias a su escritura límpida y transparente, de diálogos eficacísimos, sin asomo de engolamiento y pedantería, se lee con suma facilidad y, en los mejores pasajes, con un sentimiento de arrebato y entusiasmo que sólo muy raramente encontramos en la literatura. El tono ligero y aparentemente intrascendente de estas folías austerianas, su dicción conversacional y directa (que a mi modo de ver debe mucho a ese buen oído para las voces de la calle que el escritor neoyorkino ha mostrado siempre, y en especial a esa curiosa obra recopilatoria que es Creí que mi padre era Dios, con su gusto por las casualidades y su emocionante valoración de la vida familiar), su buenhumor cotidiano, capaz de imponerse a los tonos dramáticos y a las pequeñas o grandes tragedias por las que pasan los personajes, son virtudes que relucen por doquier en una novela tras cuya lectura es inevitable pensar que las muecas rimbombantes de pesimismo y amargura están muy, pero que muy sobrevaloradas, en la literatura.

No deja de tener su audacia que una novela estrictamente contemporánea, en cuya página final se evocan los atentados del 11 de septiembre de 2001 (“justo cuarenta y seis minutos antes de que el primer avión se estrellara contra la torre norte del World Trade Center“, p. 310), acabe con una declaración de optimismo como la siguiente: “mientras caminaba por la avenida bajo aquel radiante cielo azul era feliz, amigos míos, el hombre más feliz que jamás haya existido sobre la tierra” (p. 310). Resulta insólito, por osado y explícito, un final feliz de semejante rotundidad. Y, sin embargo, el lector no se siente estafado, ni mucho menos escéptico ante semejante desplieuge de optimismo; más aún, espera este final tan positivo, que no es sólo el del protagonista, sino el de todos los personajes que le rodean, como el inevitable corolario de unas vidas entrañables, a menudo muy poco convencionales.

Lo de la falta de convencionalidad lo he escrito pensando en las posibles virtudes educativas de la novela, que las tiene, e indudables. Es verdad que los personajes de Brooklyn Follies utilizan a veces un lenguaje grueso, que hay varias escenas muy subidas de tono (de índole sexual, las más de las veces), y que tal vez el profesor que utilice la novela de Paul Auster para sus clases se enfrentará por ello a miradas y juicios reprobatorios. Pero, más allá de estas dificultades, se trata de una historia que puede conectar con el público adolescente y joven (tan aficionado al cotilleo y a las historias de actualidad), que trata temas de radical importancia en la formación de la personalidad: el valor de la tolerancia, la necesidad de conceder esa segunda oportunidad que toda persona se merece, el valor del optimismo y la esperanza frente al abandono y la desesperación.

No es seguramente la novela más completa de Paul Auster, pero sí una de las más accesibles y, de todas las que yo conozco, la que se lee con más facilidad. Para mi gusto le sobra algún episodio demasiado chusco y exagerado, con ribetes abiertamente grotescos (por ejemplo, buena parte del relato de Rory o Aurora, la sobrina de Nathan, sobre su experiencia con una secta de cristianos renacidos en Carolina del Norte), que tiene toda la pinta de un ajuste de cuentas de Paul Auster con los sectores más derechistas de la vida norteamericana. Tampoco me resulta especialmente simpático alguno de los personajes con los que Nathan Glass (y Paul Auster, claro) se siente más conmovido, como Aurora, la hermana de Tom, que no deja de ser una cabeza loca que en la vida real pondría de los nervios al tío más templado del mundo, pero todo eso es peccata minuta, porque Brooklyn Follies es una novela que hace disfrutar. Pilar y yo la hemos leído, discutido y compartido, la hemos recomendado a amigos y conocidos, y pensamos seguir recomendándola.

Incluso hemos llegado al extremo, fetichista donde los haya, de imaginar la película que se podría rodar (que podría rodar el propio Paul Auster) con esta entrañable novela. A la hora de comer hemos hecho una propuesta de casting, que vamos a ir perfeccionando a lo largo de la semana. Tenemos varios actores y actrices en la lista, pero no acabamos de dar con la que debería encarnar a Nancy Mazzucchelli, ese pedazo de mujer, bellísima, cariñosa y encantadora, a quien Nathan apoda la B.P.M. (la Bella y Perfecta Madre) y de la que Tom Wood se enamora como un becerro. Se admiten sugerencias.

Paul Auster, Brooklyn Follies, Barcelona, Círculo de Lectores, 2006, 314 páginas.

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