Cartel de la películaEso, o una película con dos mitades muy distintas (y de muy distinto valor) es lo que me ha parecido Salvador, de Manuel Huerga, la biografía del joven anarquista Salvador Puig Antich, ejecutado por el régimen franquista en marzo de 1974, en un episodio de extrema crueldad que casi siempre ha sido interpretado como una especie de venganza legal de un sistema político acosado, tras el asesinato del presidente del Gobierno, almirante Luis Carrero Blanco a manos de ETA, en diciembre de 1973.

Es el propio Puig Antich quien desde la cárcel, y en sucesivas conversaciones con su abogado defensor, cuenta la historia de su vida, comenzando por sus primeros contactos con los militantes del clandestino Movimiento Ibérico de Liberación, y acabando en el momento de su detención e ingreso en prisión. A partir de este momento, cambia la estructura narrativa del filme, que pasa a relatar la estancia de su protagonista en la cárcel Modelo de Barcelona y los terribles trámites del juicio, condena a muerte y ejecución.

No sólo cambia, sino que mejora mucho. Pues, en efecto, la primera parte de Salvador tiene algo de imprecisa, tarda demasiado en encontrar el tono que le es más propicio, y abusa de un mecanismo narrativo -la voz en off de Puig Antich, sobre el fondo de los acontecimientos de su adolescencia y primera juventud- que al menos en varias ocasiones resulta forzado, poco natural, y que además provoca un efecto de distanciamiento en el espectador.

Tal vez esta tardanza a la hora de encontrar el tono y el enfoque adecuados tenga que ver con el hecho de que la película pasa de puntillas por la definición ideológica del protagonista, sin profundizar en ella ni justificarla de forma dramáticamente verosímil (no creo que la de sus antiguos compañeros de militancia sea una motivación esencialmente artística, pero lo cierto es que han puesto el grito en el cielo por esta circunstancia, tal como puede verse en el sitio web de Paremos la película Salvador), y con el hecho de que su primera mitad presenta características de géneros muy diversos -crónica generacional, thriller político, historia policíaca- sin optar claramente por ninguno de ellos.

Además, la narración de esta primera parte de la historia resulta confusa. A mí se me hizo pesada y aburrida en varios momentos y en otros me sentí mareado por ese estilo cinematográfico, casi de videoclip, que consiste en apabullar al espectador con la sucesión de planos entrecortados, las virguerías del montaje y un cromatismo muy artificioso, que oscila entre los tonos grisáceos y apagados (¿una metáfora del franquismo?) y la exagerada solarización de algunas escenas de acción (por ejemplo, las de los atracos). Se echa en falta más serenidad, una posición más natural de la cámara, un contar más directo y sin tanto retorcimiento. Hasta el sonido directo es a veces deficiente, hasta el punto de que sólo se entiende bien a los personajes cuando hablan en catalán y aparecen los subtítulos en castellano.

Con la entrada de Salvador Puig Antich en la cárcel y el punto focal de la historia centrado en su juicio, condena y ejecución, la película gana muchos enteros. Gracias a las escenas que recrean su relación con el funcionario de prisiones Jesús Irurre (las escenas de los partidos de baloncesto que juegan en el patio de la cárcel se cuentan entre los mejores momentos de la cinta) y con sus cuatro hermanas, el personaje gana en humanidad y en hondura, y la historia en densidad, dramatismo y capacidad para conmover al espectador (al menos, desde la perspectiva propia de la ficción cinematográfica; en el sitio web que he citado antes se cuestiona severamente el modo en que la película pinta las relaciones de Puig Antich con sus carceleros y con su familia). Por otro lado, la película en este tramo final también se templa y se asienta: la cámara se torna mucho más serena, el color adquiere plena funcionalidad (es el mundo inevitablemente gris y siniestro de las salas judiciales y de las prisiones), los espacios se concretan y ganan en plasticidad y realismo.

Dejando a un lado los detalles de la veracidad histórica, que yo no estoy en condiciones de discutir, creo que los treinta últimos minutos de Salvador son excelentes. Manuel Huerga ha sabido expresar con acierto la creciente tensión y ansiedad de los personajes (no sólo el protagonista y sus familiares, sino también los funcionarios de prisiones y los militares y policías presentes en la ejecución), que saben transmitir al espectador su miedo, angustia y desesperación en unos casos, lo penoso del trámite que han de afrontar en otros y hasta la cobarde y vil delectación en la venganza, en alguno. Esa media hora final es devastadora en emociones, y el espectador asiste a su desarrollo con el corazón encogido.

Es, además, una media hora de cine narrativamente sobresaliente. Hemos visto muchas películas, especialmente norteamericanas, sobre ejecuciones y corredores de la muerte, pero desde luego ninguna con esos detalles tan realistas (y tan hispánicos), en los que se combina lo sentimental, lo trágico, lo patético y lo grotesco: las rutinas judiciales y carcelarias, los durísimos enfrentamientos de las hermanas de Puig Antich con los militares y policías que asisten a la ejecución (qué pedazo de actor Joaquín Hinojosa, que interpreta al militar, un teniente coronel si no me he fijado mal, encargado de supervisar el ajusticiamiento), los cachazudos y descarados comentarios de un verdugo que no puede ser más berlanganiano, la lenta, reiterada e insoportable comprobación del fallecimiento del reo, los insultos que el funcionario de prisiones dirige a los militares que considera responsables de la muerte de Salvador.

Hay, no obstante, en este tramo final de la película algunos detalles que a mi modo de ver constituyen evidentes concesiones a la galería: por ejemplo, la escena en que los compañeros de militancia clandestina del protagonista ametrallan el balcón del consulado español en Toulouse, con un plano a cámara lenta del derribo de la bandera, demasiado enfático. Y, sobre todo, las imágenes que acompañan a los títulos de crédito, un auténtico popurrí de motivos violentos (manifestaciones antiglobalización, la Tormenta del Desierto, el 11-S, Bin Laden, etc.), cuya relación con el resto de la película no se percibe por ninguna parte. A diferencia de la escena de la bandera, que se puede justificar como expresión de la rabia de los amigos de Puig Antich y, al mismo tiempo, de la trágica inutilidad de su compromiso con la violencia, los vídeos de noticiario que acompañan a los títulos de crédito carecen de toda lógica (o al menos yo he sido incapaz de encontrársela): ¿se quiere expresar con ellos una especie de continuidad entre la violencia institucional del franquismo y otras violencias contemporáneas y más recientes, o es simplemente una modo de actualizar unos referentes históricos, de hace más de treinta años, que para muchos espectadores quedan demasiado lejanos?

Quisiera terminar la reseña con un par de reflexiones. La primera, sobre la abrumadora presencia institucional (la Generalitat catalana al frente, con tres o cuatro organismos) en apoyo de esta película, plausible a tenor de los resultados artísticos, pero, aun así, cuestionable desde otros puntos de vista. En efecto, mientras que la financiación institucional de la defensa de la libertad frente a las dictadura y del alegato contra la pena de muerte no debe merecer ningún reparo, tal vez sí el hecho de que se pague con dinero público una película que apenas pone en cuestión las ideas y los métodos del protagonista, sobre cuyo final no faltan algunos innecesarios subrayados hagiográficos: por ejemplo, el remedo de confesión con el cura, ante el que el reo declara su tranquilidad de conciencia, o las referencias de una de sus hermanas a las misas y funerales multitudinarios que siguieron a su entierro. Si uno lee la reivindicación de la figura de Puig Antich que sus propios compañeros de armas realizan en Paremos la película Salvador, resulta bastante evidente que ni sus ideas ni sus aspiraciones eran precisamente un ejemplo de lo que hoy cabe considerar como conciencia democrática.

La segunda tiene más que ver con los aspectos genuinamente cinematográficos de la película. Frente a la decepción que para muchos ha representado ese intento de cine de gran presupuesto, aun así meritorio y digno de atención, que es Alatriste, valga la película de Manuel Huerga (o la espléndida La noche de los girasoles, de Jorge Sánchez-Cabezudo, un debutante en el ámbito del largometraje) como ejemplo de la variedad de estilos y planteamientos que hoy presenta el cine español. Ni los ditirambos ni las jeremiadas hacen justicia a la situación actual de nuestro cine, tal vez poco abundante en obras maestras, pero no en películas sólidas, bien hechas, y de indudable interés.

Addenda del 2 de octubre de 2006

Ayer publicó El País un artículo de Marcos Ordóñez, crítico teatral del periódico, sobre Francisco Anguas Barragán, el policía al que mató Salvador Puig Antich y por cuyo asesinato fue condenado a muerte. Con el título de “El otro muerto”, se trata de un artículo interesantísimo y nada convencional, pues pone el acento sobre la condición humana de este policía, aficionado a la lectura y al cine, y muy poco semejante a los polis franquistas que retrata la película de Manuel Huerga.

Cuántos muertos de nuestra historia necesitarían de una reivindicación semejante. Gracias a Marcos Ordóñez, la figura de Francisco Anguas sale, aunque sea por un breve instante, del anonimato y al estigma al que la condenaron los vientos de la historia. Ojalá que no sea la única.

Addenda del 4 de octubre de 2006

Ya me imaginaba yo que el artículo de Marcos Ordóñez no iba a quedar sin respuesta. Hoy publica El País una carta de un lector que declara haber sido víctima de las torturas a que le sometió en comisaría Francisco Anguas. ¿Con qué testimonio hay que quedarse? Seguramente, con los dos; no creo que a brigada Político-Social diera demasiadas oportunidades a la gente que trabajaba en ella para mostrar su rostro más humano.