La red inalámbrica doméstica sobre la que escribí ayer la instalé de la misma manera que casi todo lo que he hecho en los procelosos mares de la informática: apenas sin conocimientos previos, y por motivos que poco o nada tienen que ver con el análisis sesudo y racional que se supone hay que poner en práctica para tomar las grandes decisiones.

Se me permitirá que haga un excurso para relatar otro ejemplo de conducta temeraria, esta vez relacionada con mi entrada en el mundo de los ordenadores. Corría el año 1989, y yo estaba dedicado a la tarea (que luego se demostró inútil y hasta perjudicial para la salud) de preparar mi tesis doctoral, que versaba sobre el cuento fantástico español en la literatura de posguerra. Comencé a encontrarme con ordenadores en las bibliotecas que consultaba, siempre de fósforo verde y con interfaces odiosos, así que me dije: “parece que por aquí va el rumbo de la Historia”, y me compré un Epson con disquetera de 5 1/4, disco duro y una impresora que metía un ruido horrísono. No tenía ni la menor idea de informática, y la verdad es que los primeros pasos fueron desalentadores. Me cargué dos o tres veces el sistema operativo (yo estaba convencido de que el comando format c: servía para propósitos mucho más nobles) y hasta que conseguí una versión pirata de WordPerfect para MS-DOS no hice gran cosa con aquel trasto.

Poco a poco fui progresando y convirtiéndome en el cyborg (Alejandro Valero dixit) que estoy en vías de llegar a ser. No recuerdo cuándo me conecté a Internet por primera vez (debió de ser hacia 1995, porque el primer libro que tengo registrado sobre módems es de 1996), pero sí cómo sudé para llevar un cable de teléfono hasta mi cuarto de trabajo. Con la independencia económica me llegó el vicio por los chismes tecnológicos, que todavía alimento, y fui incorporando las herramientas informáticas a mi labor profesional.

Vuelvo a la red inalámbrica, que instalé en casa sin haber trabajado nunca antes con una (más vale que tenía a mi alcance unos cuantos artículos de revistas y el océano de información de la web), a fin de evitar los problemas derivados del tendido de un cable de red por detrás de una gran librería. Si se exceptúa el desmontaje de una tarjeta Belkin, que tuve que meter “a tornillo” dentro del estrecho receptáculo previsto para tal fin en el barebone, no sufrí grandes inconvenientes técnicos en su montaje ni a la hora de, como se dice ahora, “securizarla” ante intrusiones o tráfico indeseado. El problema ha llegado en el último año y medio, con la difusión entre los usuarios domésticos de todo tipo de routers y puntos de acceso inalámbricos, que inundan el éter con sus emisiones y provocan interferencias y solapamientos.

En mi casa veo cuatro, cinco o seis SSIDs, según la habitación y la hora del día, todas ellas con seguridad por encriptación WEP o WPA. He llevado a cabo mediciones con herramientas que permiten descubrir y analizar las redes inalámbricas (por ejemplo el Network Stumbler) y he comprobado que los canales que utilizan algunos de esos dispositivos coinciden con los míos, o se solapan con ellos. Aunque he hecho lo posible por situar mi propio punto de acceso en el canal idóneo, eso no impide que, de vez en cuando, bien por interferencias, bien por otras causas que no llego del todo a comprender (los instaladores que trabajan para el PNTE nos hablaron de la desconexión de algunos puntos de acceso por calentamiento), la red inalámbrica se cae, lo cual es sumamente molesto.

Estos problemas y otros muchos derivados del complejísimo mundo del espectro electromagnético, con su léxico bellamente metafórico y a la vez hermético (espectro, ganancia, interferencia, directividad, normalización, balizamiento, umbral…) y su multitud de aspectos problemáticos, derivados de las diferencias de estándares, del bajo rendimiento de las conexiones inalámbricas, de su vulnerabilidad a diversos tipos de ataques y de la dificultad para establecer protocolos de uso adecuados en los centros educativos, se trataron a lo largo del curso al que he asistido esta semana, impartido por un ingeniero de telecomunicaciones de Opnatel, que es la empresa que provee al Gobierno de Navarra de soluciones en el ámbito de las telecomunicaciones, y que se encarga de realizar los cableados de red en los centros educativos.

Dicen de los “telecos” que constituyen una especie aparte y que es gente peculiar, difícil de tratar, pero el que nos dio el curso era un ponente excelente, cercano y muy cordial. Gracias a sus clarísimas explicaciones y a su conocimiento preciso e inmediato de las instalaciones de red que se llevan a cabo en los centros educativos, la selva terminológica y casuística de las redes WiFi quedó ante los asistentes al curso nítida y transparente como un cristal. Y la verdad es que el ponente no tenía un objetivo sencillo: puede ser que el montaje de una red inalámbrica no sea difícil, pero desde luego que lo es el distinguir entre encriptaciones, tipos de autentificaciones, modelos y variantes de un variadísimo aparataje, protocolos, sistemas y estructuras de red.

Con todo lo aprendido, más las imprescindibles dosis de paciencia y unas cuantas consultas a los que verdaderamente saben, me toca a mí ahora la tarea de elaborar un suculento tutorial para los usuarios de nuestros centros educativos, donde las redes inalámbricas o mixtas son ya una realidad que no hará más que extenderse (y hacerse cada vez más compleja, claro) en los próximos años. Que Dios nos coja confesados.