Esta tercera y última entrada de la serie trata, como las dos primeras, de redes informáticas, pero en un sentido muy diferente al que he empleado en aquéllas. No voy a tratar aquí de hardware, ni de software, ni de trucos o técnicas, ni siquiera de cursos de formación, sino de un concepto mucho más social, y en el fondo más interesante, de red informática.

La idea me la dio Javier Escajedo el otro día, en un comentario a la primera entrada de la serie. Él no quería hablar “de los ordenadores de hijos, cuñados, amigos”, pero, “¿por qué no?”, me dije a mí mismo. Al fin y al cabo, tan apasionante como las redes informáticas, con sus intrincados mecanismos de comunicación, sus protocolos, sus sistemas de autentificaciones y permisos, es esa otra trama de intervenciones, más o menos voluntarias, que el sedicente “experto en Informática” construye a su alrededor cuando la gente que mejor le conoce comienza a reclamar su asistencia.

La primera vez que oí decir (y fue a los compañeros del PNTE) que este fenómeno tiene un nombre específico me hizo mucha gracia. Ellos hablaban del “howto-pringao”, aunque su denominación más correcta es Pringao-Howto, y con tal nombre ha sido consagrado en el argot informático, hasta el punto de merecer la correspondiente entrada en la Wikipedia (quién lo iba a decir).

Con nombre o sin él, puedo decir que en la nómina de quienes han solicitado alguna vez mis servicios pringueriles figuran (el orden no es relevante) mi padre, mis dos hermanos, unos cuantos amigos míos, dos o tres amigas de Pilar, cuñados de cuñados y bastantes compañeros y compañeras de los distintos puestos de trabajo que he desempeñado a lo largo de mi carrera profesional. La mayor parte de mis intervenciones (no cuento entre ellas los meros consejos o consultas) corresponden a dos modalidades del pringamiento: asistencia telefónica y online, normalmente por correo electrónico, y asistencia in situ. Para la primera no he establecido ninguna tarifa, lo cual no significa necesariamente que sea gratuita (casi siempre me las ingenio para obtener algún beneficio indirecto de la inversión de tiempo y esfuerzo). Para la segunda, en cambio, mi precio está fijado, y no es discutible: una merienda en casa del solicitante, para una persona si voy solo, y para dos si me acompaña Pilar.

El concepto de “merienda” lo dejo a la consideración y la buena voluntad del solicitante de ayuda. Yo me conformo con un café y unas pastas, pero he de admitir que en alguna ocasión me he sentido abrumado por un festín digno de Lúculo: jamón, paté, quesos variados, vino de Rioja, delicatessen varias. La gente que me “contrata” suele mostrarse por lo general tan agradecida, y le brillan tan sinceramente los ojos después de las delicadas operaciones que ejecuto, que a veces me siento culpable por haberme dado un atracón a su costa.

He hablado de los beneficios indirectos que obtengo de la prestación del servicio de pringao. No es el menor de ellos el de ampliar mi experiencia mediante la observación directa y, a menudo, el destripamiento, de diferentes piezas de hardware. Sólo por contemplar el rictus de muda consternación que algunas de las personas para las que he trabajado ponían al verme, destornillador en mano, entre los componentes desperdigados de sus máquinas, vale la pena hacer el pringao unas cuantas veces. Llamadle instinto asesino, sadismo tecnológico, o lo que cada uno prefiera, pero os aseguro que esa expresión de susto mezclado con estupefacción y asombro no tiene precio.

Otro beneficio nada indirecto que obtengo con mis intervenciones es el de poder librarme de ordenadores, portátiles, impresoras, monitores, módems y demás dispositivos que, por una u otra razón, voy enviando al baúl de los recuerdos. Todos los ordenadores que he tenido los he reciclado por este habilísimo procedimiento, que cada vez resulta más complicado de poner en práctica, porque el personal espabila, y ya no se conforma con el regalo de un equipo de antepenúltima generación. En todo caso, conviene precisar que no soy un pringao tramposo: siempre que hago donación de un equipo, lo hago tuta conscientia, con el sistema operativo, los drivers y el software originales. Nada de instalar software pirata; bueno, el mínimo imprescindible, porque hay ocasiones en que uno no puede sustraerse a la emoción, tras contemplar la cara de desvalimiento del prójimo.

Así que no sería una exageración afirmar que la red del Tigre está formada por un cada vez más extenso (aunque selectivo, faltaría más) conjunto de lealtades mutuas, y de piezas de hardware que una vez fueron mías, ahora distribuidas por los cuatro puntos cardinales, en distintas etapas de funcionamiento y variadas fases de putrefacción.

En el fondo me encanta ser un pringao. Me hace sentirme útil, me permite estrechar lazos con familiares y amigos, me sirve para dar rienda suelta al fetichismo tecnológico, para expresar mi vocación didáctica (por algo soy profesor, qué caramba), y para merendar gratis total, como se dice ahora. Es verdad que algunas veces me canso, porque por la mañana doy soporte técnico en el PNTE, por la tarde le enseño a Pilar algunos trucos con PowerPoint y por la noche alivio la angustia de algún familiar al que se le ha atravesado un proceso particularmente esquivo de la configuración de su equipo o de su red, pero me olvido del cansancio en cuanto me meto en faena.

Eso sí, soy un pringao consciente e idiosincrásico. Consciente porque si he llegado a formar parte de la categoría pringueril se debe a que otros antes que yo se prestaron a ejercerla conmigo. Con mi propio pringamiento devuelvo a la sociedad (sí, ya sé que me estoy poniendo solemne y campanudo) los beneficios que yo saqué de la buena disposición y voluntad de quienes a mí me ayudaron. Esta consideración es particularmente pertinente en esta etapa blogosférica en la que llevo cerca de año y medio: los profesores blogueros somos todos, o casi todos, unos pringaos de campeonato, deseosos de meternos en la pringue hasta los corvejones, de ponernos el buzo y remangarnos a nada que un perfecto desconocido nos pida ayuda. Qué sería de la blogosfera educativa sin la existencia de unos cuantos pringaos ilustres, cuyos nombres no voy a poner aquí por escrito, para no sonrojarles, pero que están en la mente de todos.

Lo de idiosincrásico lo decía porque, al fin y al cabo, hago de pringao sólo cuando yo quiero y cuando me da la gana. Nunca he sentido que nadie se aprovechara de mí o abusara de mi disposición, pero cuando he percibido algún síntoma de que la situación estaba a punto de cruzar esa línea invisible, he mostrado la discreta y educada firmeza que se requiere en tales casos.

Y con este testimonio termino la serie dedicada a la red del Tigre, a no ser que otro comentarista me ponga ante los dedos munición suplementaria para continuarla. Ha sido un placer.