Cartel de la películaLa de Guillermo del Toro es una película absorbente, cautivadora, que atrapa al espectador desde el primer fotograma. Magníficamente realizada e interpretada, con una puesta en escena impecable y una fotografía al mismo tiempo cálida y tenebrosa, es una muestra logradísima de las obsesiones cinematográficas de Guillermo del Toro y de un estilo de hacer cine, tan personal como reconocible, que no hace sino mejorar en cada entrega de su filmografía.

La fascinación del cineasta mexicano por lo monstruoso, presente en filmes como Mimic, El espinazo del diablo o Blade II (no he visto otros éxitos del director como Cronos o Hellboy, pero prometo que voy a hacer lo posible por verlos), alcanza aquí un punto culminante en cuanto a riqueza y complejidad. En efecto, lo monstruoso se presenta en El laberinto del fauno con al menos dos sentidos diferentes y complementarios: como elemento “contrario al orden de la naturaleza”, tal como lo define el DRAE en su primera acepción, pero también con el sentido de algo “enormemente vituperable y execrable”, que es el que tiene en su cuarta acepción.

Digo que son complementarios porque parece bastante claro, a tenor de la historia que se nos cuenta en la película, que el irresistible deseo de Ofelia, su protagonista, por escapar del mundo de la realidad y entrar en otro de fantasía, presuntamente más virtuoso (aunque también poblado de monstruos) tiene mucho que ver con los perfiles sórdidos y violentos de la realidad que habita. Y, ciertamente, la que dibuja Guillermo del Toro en su película es una realidad hostil, brutal y despiadada: la de la España de 1944, en las montañas del Pirineo (en algún momento se nombra Jaca, y varios de los personajes hablan con un ligero acento aragonés, no del todo verosímil), donde las tropas franquistas combaten contra el maquis con una crueldad que en muchos momentos de la película resulta insoportable.

Sólo en una historia que se plantea como un cuento de hadas perverso y siniestro podría ser aceptable (y aun así, con reservas) un personaje como el que representa la represión franquista: el del capitán Vidal, un hombre frío y metódico hasta la náusea, encarnación del militar de carrera ordenancista y fanático, para quien los únicos valores admisibles son los de la disciplina, el honor y el orgullo de casta. En este personaje se reúnen todos los defectos morales propios del monstruo: la crueldad, el desprecio por el prójimo, la violencia sádica, el machismo, el odio ciego y despiadado hacia el enemigo, y una absoluta falta de humanidad.

El rosario de gestos y actitudes bestiales con que lo relata la película es una verdadera antología de lo perverso: ejecutor de sospechosos, torturador sádico y reiterado de prisioneros indefensos, hombre sin entrañas que está dispuesto a sacrificar a su mujer y asesinar a su propia hijastra con tal de proteger el honor de su apellido, encarnado por su hijo varón. Las únicas virtudes del personaje, su valentía en el combate y su capacidad para enfrentarse al peligro y al dolor, presentan también una dimensión perversa, fanática y deshumanizada. En último término, estas dudosas virtudes se revelan inútiles, pues la arrogancia militar del capitán Vidal no se ve acompañada de la más mínima pericia táctica: los maquissards le engañan como a un cadete, y además su orgullo de casta le impide ver la conspiración que se trama bajo sus mismas narices.

Está claro que el capitán Vidal, espléndidamente interpretado por Sergi López (que seguro que tiene pesadillas cada vez que se vea encarnando a semejante personaje en la pantalla), es una figura estrechamente emparentada con el ogro de los cuentos de hadas, un personaje al que no se aplican las categorías morales, simplemente porque en este género tales categorías no existen, o no tienen la misma dimensión que en otros. El problema es que El laberinto del fauno es sólo un cuento de hadas a medias, porque en su universo de ficción está bastante alejado de los rasgos literarios o cinematográficos que corresponden al “érase una vez” (y con este ritual comienza la narración) o, en su versión más moderna, el “hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana”. Por el contrario, el anclaje de la película en la realidad histórica resulta demasiado cercano y evidente como para negar lo que hay de intento de reescritura de la historia y de maniqueísmo en el relato del cineasta.

Pues da la impresión de que con el desenlace de la película (y espero que mis lectores me perdonen el spoiler o revelación de la trama) Guillermo del Toro pretende una especie de final alternativo al que en la realidad tuvo la aventura del maquis: aquí ganan en toda la línea los partisanos, que no sólo derrotan a las tropas franquistas, sino que prácticamente las exterminan, con acciones que más parecen de guerra abierta que del tipo de lucha guerrillera que realmente protagonizaron (no es extraño que un comentarista de la IMDB, que no tiene por qué conocer la historia de la posguerra española, haya podido escribir lo siguiente: “The story is set in Spain, 1944. At that time, the country was at war“, las cursivas son mías).

En cuanto al maniqueísmo, he de decir que a mí me ha parecido excesivo, incluso para una película que, en todo o en parte, se inserta en los parámetros de lo maravilloso (utilizo el término en el sentido preciso que tiene para los estudios literarios; véase, al respecto, el clásico de Tzvetan Todorov, Introducción a la literatura fantástica). Ya he citado algunos de los rasgos de vileza del personaje, así que sólo añadiré un ejemplo que revela cómo hasta la planificación cinematográfica participa de esa orientación: la película representa con toda crudeza y detallismo los tiros de gracia que Vidal o sus hombres disparan sobre los enemigos heridos (hay una escena estremecedora, que parece tomada de otra muy semejante de Munich, de Steven Spielberg, en la que el capitán ejecuta a un guerrillero que trata de desviar con la mano el tiro de gracia; Vidal, a quien parece divertir tan patético intento, acaba por atravesar con su disparo la mano y la cabeza del herido). Los maquis no tratan a sus prisioneros con más compasión, pues hay una secuencia del tramo final de la película que muestra cómo también ellos ejecutan a los caídos, pero la ejecución se ve en segundo plano, y casi pasa desapercibida para el espectador.

Es cierto que la representación de la represión franquista es coherente con el gusto personal de Guillermo del Toro por la estilización hiperbólica de la maldad (recuérdese el ejemplo de El espinazo del diablo, muy semejante a ésta en muchos aspectos). También hay que admitir que la victoria de los guerrilleros sobre un personaje tan odioso como el capitán Vidal, por improbablemente histórica que sea, resulta ajustada al planteamiento y desarrollo del relato, pues representa la muerte del ogro, la victoria sobre el monstruo, el triunfo de la humanidad y el cumplimiento de la profecía de restauración del equilibrio en ese mundo subterráneo donde se desarrolla el plano maravilloso de la historia. En este sentido, un acto tan inmundo y detestable como el asesinato de Ofelia a manos de su padrastro, que supone la culminación de la maldad del personaje, es necesario para que el ritual de pruebas iniciáticas a las que se somete la niña tenga éxito y para que el bien triunfe sobre el mal.

Sin embargo, no estoy tan seguro de que la insistencia del director y guionista en la envilecimiento del protagonista masculino sea imprescindible o que contribuya positivamente al equilibrio entre los dos mundos que conviven en la película, pues ya desde la primera secuencia en que aparece la niña es muy evidente su tendencia a evadirse de la realidad que le rodea y refugiarse en sus cuentos de hadas y en su universo imaginario. Tales impulsos se alimentan de su propia condición soñadora y de la soledad en que vive a causa de la rígida frialdad de su padrastro y la precaria salud de su madre (no debe olvidarse, además, que el prólogo insinúa que Ofelia es la princesa de un maravilloso reino subterráneo, destinada a volver algún día a su reino). Ni la violencia ni la brutalidad ni la injusticia de gentes como Vidal o los capitostes franquistas que le rodean son, desde este punto de vista, más que una circunstancia accesoria.

Y es que además el mundo maravilloso en el que irrumpe Ofelia con una decisión y un coraje insólitos en una niña de su edad no tiene nada de afable ni de hermoso. El mejor hallazgo de la película, y lo que de verdad la convierte en un ejemplo de cine original e inolvidable, es el retrato del mundo de los cuentos de hadas, con sus tópicos constructivos tan firmes y asentados (los reinos de fantasía, los principios de belleza y armonía universal, las tres pruebas que deben afrontar quienes pretendan entrar en él), desde una perspectiva nada complaciente e indudablemente siniestra. Alguien ha dicho acerca de la película que es mejor mantener a los niños alejados de ella, y tiene mucha razón: todos los miedos infantiles (y no tan infantiles), todos los escrúpulos que el espectador pueda albergar en cuanto a lo feo, lo repulsivo, lo asqueroso, lo cruel y lo sangriento se van a ver interpelados por una película que se complace en una exhibición de la dimensión más perversa de lo imaginario.

El de El laberinto del fauno es un imaginario sorprendente y riquísimo, en el que las tradiciones de los cuentos de hadas y de la literatura fantástica se combinan con la inventiva visual del cineasta, dando como resultado un mundo poblado por criaturas y ambientes de una perfección y eficacia narrativa prodigiosas. No es sólo que los efectos digitales sean espléndidos, que lo son, sino que todos los personajes y escenarios maravillosos tienen una funcionalidad indudable (tal vez la única excepción sea el del salón del trono de la secuencia final de la película, demasiado pomposo y solemne para mi gusto) y una indiscutible originalidad. Además, el guión ha sabido hacer verosímil un aspecto de la historia nada fácil de lograr: la alternancia entre lo real y lo maravilloso, mundos que sin llegar a entremezclarse aparecen dentro del filme en perfecta convivencia, al menos desde la perspectiva de la protagonista y, por tanto, para el espectador. Hay algún detalle, como el que Vidal no vea al fauno con el que habla Ofelia en la escena en que precede al asesinato de la niña, que parece sugerir que la dimensión imaginaria es sólo perceptible para ella; este aspecto, que introduce en la película una ambigüedad muy propia de lo fantástico, obligaría a hacer algunos matices sobre la condición de lo imaginario en la película que no caben en esta página. Lo dejo para mejor ocasión.

Por otra parte, agrada sobremanera ver una película maravillosa (repito que utilizo este adjetivo en su sentido más técnico) protagonizada por una niña que no tiene nada de infantil ni está determinada por las ternezas tan habituales en el género (poco tiene que ver la película de Guillermo del Toro con algún título reciente, como Las crónicas de Narnia, por mucho que comparta algunos elementos de contacto con ella, como por ejemplo el que en ambas historias los protagonistas infantiles huyan de la guerra y la violencia). Pues, en efecto, Ofelia es una persona valiente, cariñosa, inteligente y despierta, sensible y delicada pero sin blandura, generosa hasta el sacrificio de su propia vida. Toda una heroína de cuento de hadas con la que el espectador se identifica desde el primero hasta el último fotograma de la película. La interpretación de Ivana Baquero, la jovencísima actriz que encarna su personaje, es toda una sorpresa en el mejor sentido de la expresión, y no hay duda de que tiene muchas papeletas para alzarse con el trofeo a la mejor actriz revelación en la próxima edición de los premios Goya.

La puesta en escena demuestra que el cine español (se trata de una coproducción hispano-mexicana) no tiene nada que envidiar a cualquier otra cinematografía nacional cuando hay talento sobre la mesa, además de dinero. Ya me he referido a la eficacia de los elementos maravillosos, pero quiero señalar ahora que la eficacia en la representación de lo imaginario no sólo es responsabilidad de los efectos especiales, sino de eso tan difícil de definir y poner en imágenes que llamamos “atmósfera”. Y, en efecto, toda la película se caracteriza por una atmósfera singular, perceptible en muchos momentos de la película, que tiene algo de inquietante, de misterioso y de siniestro. El aislamiento del escenario principal donde transcurren los hechos, en un bosque de espesos pinos, la importancia de los sonidos casi humanos que emite la casa donde viven los protagonistas, la capacidad evocadora de la banda sonora (a mí me gustó mucho, pero tendría que escucharla con más atención para percibir adecuadamente sus detalles), todos son elementos que contribuyen al efecto general de solidez, coherencia y trabajo bien hecho que produce la película.

Para acabar esta reseña que se me está yendo de las manos, sólo quiero hacer un reparo, tan microscópico que tiene algo de perverso, con respecto a la puesta en escena: a lo largo de la película, tuve la extraña sensación de que los bosques donde transcurren varias escenas no eran los del Pirineo aragonés, que conozco bien por mis aficiones montañeras de juventud y por las excursiones que hice durante los dos años que estuve destinado en Monzón. Esperé a los títulos de crédito para ver confirmada mi sospecha: en efecto, no son los bosques mixtos de hayas, abetos, pinos silvestres y pinos negros del Pirineo oscense, pues corresponden al bosque de El Espinar, en la provincia de Segovia, compuesto casi exclusivamente por pinos silvestres o albares, y muy semejantes a los que pueblan las masas forestales de la Comarca de Pinares, entre Soria, Burgos y La Rioja, donde pasé siete años de mi vida dando clase. Inconvenientes que tiene el haber recorrido mundo como funcionario del MEC.