Cartel de la películaUn servidor ya lleva muchas decepciones a la espalda como para confiar, de buenas a primeras, en las campañas promocionales y en los testimonios de los aficionados incondicionales, sobre todo cuando se trata de películas pertenecientes a ese género tan poco comprendido, y que a mí tanto me gusta, que es la ciencia ficción. Así que cuando me enteré del estreno de Hijos de los hombres, del director mexicano Alfonso Cuarón, que venía avalado por algunos testimonios muy elogiosos, me esforcé en ignorar éstos y limitarme a lo fundamental de la película: director, argumento, intérpretes y poco más.

Tan magra información fue suficiente, sin embargo, para picar mi curiosidad. No suelo ir al cine sin haber leído antes dos o tres críticas y sin haber echado un vistazo a mis sitios web preferidos (La Butaca, la IMDB), pero en esta ocasión decidí correr el riesgo, no sólo para evitar el crudo choque de la realidad con un nivel de expectativas demasiado elevado, sino porque iba al cine solo y por tanto no estaba obligado a presentar argumentos sobre lo idóneo de mi propuesta cinematográfica.

Lo que me encontré fue un vigoroso y sólido filme de anticipación, muy cercano a nuestra realidad contemporánea, pero al mismo tiempo con un entrañable sabor a ese cine futurista y catastrófico de los años 60 y 70, casi siempre de segunda o tercera fila, que yo siempre asocio con la figura de Charlton Heston (protagonista de títulos tan emblemáticos como El planeta de los simios, El último hombre vivo o Cuando el destino nos alcance). A los buenos aficionados al cine de ciencia ficción bastará con decirles que Hijos de los hombres recuerda en muchos aspectos a la celebérrima El último hombre vivo, sobre todo en su desenlace y en algunas notas que caracterizan al protagonista.

Basado en una novela homónima de P.D. James, el filme de Cuarón tiene un argumento muy atractivo: ambientada en un futuro próximo (en concreto, el año 2027), la trama especula con la posibilidad de que nuestra especie, tras dieciocho años de extensión de una pandemia incurable que ha convertido a todas las mujeres del planeta en estériles, se halle al borde de la extinción. La ausencia de niños y de futuro para la especie humana extiende por todas partes la apatía o la desesperación. Las sociedades se derrumban, y sólo Inglaterra parece resistir al colapso de la civilización, a costa de imponer un estado policial y una feroz política represiva, que se ceba sobre los inmigrantes ilegales.

Atendiendo a este breve resumen del argumento no es difícil encontrar paralelismos inquietantes con nuestro presente. Y es que además Cuarón subraya esas correspondencias con un retrato del mundo futuro que busca intencionadamente las semejanzas con la actualidad. Todos los detalles de la puesta en escena (vehículos, ropas, calles, edificios, actitudes de los personajes) refuerzan, por su cercanía a las de nuestro presente cotidiano, esa semejanza. Los rasgos estrictamente futuristas –la ubicuidad de las pantallas planas, la sofisticación de ciertos sistemas de comunicación, los vídeos apocalípticos, las consignas políticas del estado parafascista– son escasos, aunque siempre muy eficazmente funcionales.

Por lo demás, esa Inglaterra de 2027 que retrata Hijos de los hombres es un mundo gris, sórdido, donde todos los objetos y hasta las personas presentan una espesa pátina de desidia y abandono: coches polvorientos, edificios destartalados y cuajados de pintadas, callejones llenos de basura y suciedad, gente triste, mal vestida y mal afeitada. Sólo la maquinaria policíaca y militar exhibe artefactos bien engrasados, de un negro brillante y mortífero o revestidos de los tonos del mimetizado militar, menos brillante pero no menos amenazador. La eficacia de esa estética grisácea deriva del hecho de que no se reduce a un mero aditamento de la puesta en escena, pues se trata de una evidente metáfora de la desesperación de un mundo en el que no existen las risas de los niños ni la esperanza, y en el que frente a un reducido grupo de poderosos que entretienen sus ocios con actividades de un hedonismo delirante (luego comentaré algún caso), la mayoría de la población se muestra angustiada, casi en estado de choque, y sólo es capaz de sobrevivir con los antidepresivos que proporcionan masivamente las autoridades.

Es, además, una sociedad fracturada entre los ciudadanos de pleno derecho y las masas de inmigrantes ilegales que huyen de la desintegración de sus propias naciones, acosadas por una brutalidad policial que adquiere en muchos momentos de la película, sobre todo en su tramo final, rasgos de extrema crudeza. La Inglaterra multicultural de estos comienzos de siglo se ha convertido en una pesadilla de refugiados hacinados en instalaciones siniestras, cuando no directamente apresados en jaulas. La película no necesita en ningún momento hacer explícito el sentido de estas imágenes, pero su paralelismo con algunos acontecimientos de nuestro propio presente (el conflicto árabe-israelí, el terrorismo yihadista, la guerra de Irak, Guantánamo, las políticas de muchos estados europeos respecto a la inmigración) es absolutamente obvio para cualquier espectador.

Otro aspecto que hace de Hijos de los hombres una película muy atractiva es que, a diferencia de tantos y tantos títulos de ciencia ficción, contiene personajes sólidos y bien trazados, que tienen tras de sí una historia personal creíble y un desarrollo convincente. El que más destaca entre todos ellos es su protagonista, Theo Faron, un oficinista desganado y cínico que interpreta con gran vigor y una mezcla muy sutil de vulnerabilidad y fortaleza un Clive Owen cada vez mejor plantado en la gran pantalla. También tienen su parte en el relato actores tan conocidos como Julianne Moore, en un papel muy breve, el gran Michael Caine, tal vez un poco pasado de rosca, y Chiwetel Ejiofor, un actor tremendamente enérgico, de mirada penetrante, que lleva camino de convertirse en uno de los intérpretes británicos más versátiles y eficaces.

El de Theo Faron no es un personaje plano ni está caracterizado de un plumazo, como tantas veces ocurre en las películas de ciencia ficción; por el contrario, el espectador lo va descubriendo poco a poco, al hilo de su propia peripecia vital y del desarrollo de la trama, muy a menudo no por lo que dice o hace, sino por lo que otros personajes cuentan de él. Además, Theo cambia con el transcurso de los acontecimientos: el individuo cínico y sarcástico del comienzo, a quien todo parece importar un rábano, recupera poco a poco el compromiso y la valentía de sus años jóvenes, la confianza de que existe un futuro para la especie humana.

Porque, hay que decirlo ya, Hijos de los hombres también contiene una parte nada desdeñable de positiva convencionalidad (la película tiene un final abierto a la esperanza, aunque prefiero no revelar en qué consiste). En el fondo, y por muy negro que sea el panorama que dibuja la trama, el filme constituye una nueva versión de la historia, tantas veces contada (y que a mí me sigue conmoviendo, debo de ser un ingenuo), del hombre común que asume los riesgos de una causa noble, y que al hacerlo recupera el entusiasmo de la juventud, vence sus miedos y es capaz de enfrentarse con éxito a lo que parece un destino ineluctable. A lo largo del desarrollo de la misión que asume Theo, al principio por mero interés personal y luego con un sentido del compromiso y de la lealtad auténticamente heroico, la película adquiere rasgos típicos de un filme de acción: huidas, persecuciones, tiroteos, secuencias en que el protagonista se libra por los pelos de la muerte.

Ahora bien, aunque Hijos de los hombres participe en su desarrollo de los rasgos típicos de los filmes de acción y aventura, hay que destacar muy elogiosamente la capacidad de Alfonso Cuarón para integrarlos, junto con la progresiva entidad heroica del protagonista, en una línea argumental verosímil, bien trabada y acorde con la condición de “hombre común y corriente” del protagonista. De este modo, las concesiones que el guión hace al espectáculo cinematográfico y a las convenciones de los citados géneros son tan notorias como perfectamente justificables. Me parece muy significativo, por ejemplo, el hecho de que el protagonista no empuñe un arma de fuego en toda la película, y eso a pesar de que todo el tramo final de la historia se desarrolla en medio de una auténtica batalla campal entre el ejército británico y los revolucionarios que se alzan contra el orden injusto

Quizás no sea una película tan redonda, tan compacta, tan visualmente imaginativa o tan potente en su discurso como los grandes clásicos de las distopías cinematográficas, pero a Hijos de hombres no le faltan momentos originales, con esa fuerza de choque y esa capacidad anticipadora que singulariza a la buena ciencia ficción. Ahí están, por ejemplo, esas imágenes del parque de Saint James, en Londres, refugio de la clase alta británica, aislada del resto del mundo por infranqueables medidas de seguridad, cuyos encopetados miembros asisten a los conciertos de una banda militar como si no pasara nada en el mundo. O la secuencia que transcurre en “El Arca de las Artes”, una especie de inverosímil santuario donde un ministro inglés, que resulta ser primo de Theo, se empeña por guardar las obras de arte (el David de Miguel Ángel, el Guernica de Picasso) rescatadas de la destrucción de las ciudades de Occidente. Cuando Theo le pregunta a su primo Nigel por qué se dedica a una actividad que no tiene el más mínimo futuro, éste le responde “Lo que hay que hacer es no pensar en eso”. La secuencia, que en otro contexto podría adquirir una cierta dignidad extraviada y delirante, resulta trágicamente grotesca no sólo por el elitismo intolerable del personaje y del medio en que vive, sino también porque junto al ministro está sentado un joven (tal vez drogado, y en cualquier caso enajenado), que no hace otra cosa que jugar frenéticamente con una versión futurista de un gadget recreativo.

No faltan tampoco algunas secuencias con un tono de pesadilla, casi apocalíptico, sobre todo en el tramo final de la película, como por ejemplo las que presentan la llegada de Theo y sus acompañantes al campo de refugiados: la violencia de los guardias, el hacinamiento, los gritos, la confusión babélica de las lenguas que hablan los extranjeros, el miedo que se refleja en los ojos y en los gestos crispados de los personajes, configuran un escenario que tiene algo de onírico, pero también un aroma de amenazadora verosimilitud. En todo el episodio que transcurre dentro del campo de refugiados hay escenas muy impresionantes, que destacan por la inmediatez de la cámara (a mí no me gusta mucho la steadycam, pero reconozco que Cuarón la utiliza de forma eficacísima) y el realismo de la ambientación: la manifestación de un grupo de barbudos yihadistas, que transportan a hombros, entre verdes banderas islámicas, gritos de “Allahu Akbar” y ráfagas de armas automáticas, el ataúd de un compañero muerto; o las secuencias de combate en escenarios urbanos, magníficamente rodadas (qué realismo el de los disparos, las explosiones, los movimientos de tropas), de violencia seca y directa, en la mejor tradición del cine bélico, que tanto recuerdan a las de La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick.

La mejor escena de la película tiene lugar durante una breve interrupción de este furioso combate entre las tropas británicas y los insurgentes. No puedo contarla, porque sería lo mismo que revelar el desenlace, pero aviso a los espectadores que es imposible verla sin sentir el corazón encogido. Es un momento mágico, de enorme intensidad emocional y de un fuerte simbolismo religioso, que es de lo mejor que se ha visto en el género de la ciencia ficción desde hace mucho tiempo. Frente a esta secuencia, el desenlace real de la película, que se encuentra a diez minutos de duración, no deja de ser formulario y escasamente inspirado.

En cualquier caso, aunque sea convencional y acaso también un tanto inconsistente, el espectador agradece que la última secuencia de la película ilumine la historia con un tenue rayo de esperanza, porque la realidad futura que a golpes de detalle a cual más verosímil ha creado Alfonso Cuarón en Hijos de los hombres es tan creíble que da miedo. De hecho, no hay que hacer demasiados esfuerzos para encontrar sus presagios: basta asomarse a la pantalla de los telediarios para tener un siniestro vislumbre de lo que puede depararnos ese ominoso 2027, que ya tenemos a la vuelta de la esquina.