El otoño está siendo pródigo en estrenos cinematográficos de calidad. A las gratas sorpresas (relativas, y en todo caso menos la primera que la segunda) que fueron El laberinto del fauno e Hijos de los hombres, ya reseñadas en esta bitácora, quiero añadir ahora cuatro títulos recientes, todos de directores consagrados, que me han gustado mucho: Infiltrados, de Martin Scorsese, Scoop, de Woody Allen, Un buen año, de Ridley Scott, y The Queen, de Stephen Frears.

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Cartel de la películaInfiltrados, una de esas películas de mafiosos contemporáneos en las que Scorsese es un especialista consumado (recordemos títulos tan emblemáticos en la carrera del director neoyorkino como Uno de los nuestros o Casino), tal vez sea la película más impactante de las cuatro, aunque no necesariamente la más redonda. Intensa, apasionante, llena de furia, conviene advertir que es al mismo tiempo una película muy violenta, masculina en grado superlativo (apenas hay personajes femeninos, y algunos de los protagonistas exudan testosterona hasta por la punta de los zapatos), determinada por una visión absolutamente escéptica del mundo, en el que no parece haber más que corrupción, mentira y deseo de poder. Es, también, una película narrativamente sobresaliente, sobre todo en su primera media hora, encargada de presentar a sus dos protagonistas: un infiltrado mafioso en la policía y su correlato especular, un agente policial a su vez infiltrado en la organización criminal a la que aquél pertenece.

A lo largo de la película de Martin Scorsese, el espectador advierte una especie de darwinismo a ultranza (sólo ganan los más fuertes y despiadados, y cualquier instante de flaqueza o bondad se paga con la propia vida), con un final que tiene algo de tragedia senequista y expiación ritual. Ese darwinismo, esa brutalidad y crudeza tan sinceras y tan políticamente incorrectas, forman parte de la historia, que no obstante no hubiera sido tan efectiva de no haber estado en manos de un reparto magnífico, extraordinariamente conjuntado, que es toda una antología del cine norteamericano contemporáneo: nada menos que Jack Nicholson, Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Martin Sheen, Mark Whalberg, Alec Baldwin y Ray Winston. De todos ellos, para mi gusto el mejor es Ray Winston, con un papel de gánster brutal, pero al mismo tiempo un hombre de lealtad y fe inquebrantables, que le viene como anillo al dedo a su físico rotundo y barriobajero. Nicholson sobreactúa, como casi siempre, pero también aporta a su personaje de capo mafioso un cierto tono diabólico, mefistofélico, muy interesante. Y Leonardo DiCaprio (cada vez mejor actor, por cierto) está soberbio, con la mezcla bullente de arrogancia, altos ideales y sentimientos de culpa que es esperable en un infiltrado de la policía en la mafia, de un hombre sinceramente comprometido en la lucha contra la delincuencia organizada, pero que acaba absorbido por un círculo infernal de duplicidades y mentiras.

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Cartel de la películaSe ha dicho hasta la saciedad que Scoop, la última y divertidísima comedia de Woody Allen, es una especie de divertimento sin pretensiones, una obra “menor” en la larga y extraordinariamente regular carrera del director de Brooklyn. Bien, se puede admitir esa consideración, siempre que ello no suponga una limitación apriorística de la calidad de esta película risueña, ingeniosa, y en absoluto tan irrelevante como pueda parecer a primera vista. Es verdad que en ella no se encuentran los discursos existencialistas y dramáticos del Allen más reconocido (Delitos y faltas, (Hannah y sus hermanas, incluso Match Point), sino una leve trama de investigación, bastante convencional y hasta inverosímil, y un tratamiento de los “grandes temas” tan divertido como irónico (qué escenas tan geniales las que muestran a los difuntos en su último viaje por las aguas del otro mundo, guiados por una Muerte impertérrita y siniestra, mientras los pasajeros se resisten a desprenderse de sus tareas y preocupaciones cotidianas). Pero no es menos cierto que Scoop es una película de un ritmo gozosamente ligero (el personaje que interpreta Albert Finney en Un buen año, que comentaré más adelante, afirma que justamente el ritmo es la esencia de la comedia), con personajes muy bien logrados y una mirada sobre la realidad contemporánea, en este caso la de las clases dirigentes británicas, total y reconociblemente woodyallenesca.

En su faceta de actor, Woody Allen nunca me ha convencido del todo, entre otras razones porque cualquiera que sea su papel siempre se interpreta a sí mismo, pero tengo que admitir que en el personaje de Sid Waterman, un mago de tres al cuarto, convertido malgré lui en padre de una pizpireta e inteligente reportera cuasi juvenil (Scarlett Johansson, mucho más acertada aquí que en La dalia negra) realiza una interpretación magnífica, hasta el punto de lograr un personaje entrañable. La escena en que este torpe automovilista acude a salvar a su “hija”, embutido en el estrecho habitáculo de un diminuto Smart británico, naturalmente con el volante a la derecha, tiene un tono de gag, un aire como de slapstick o un episodio de cine mudo (aunque en este caso trágicamente rematado), y vale, en definitiva, por toda una película.

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Cartel de la películaA un buen número de espectadores y de críticos Un buen año, la última película de Ridley Scott, les ha parecido un pastel empalagoso y dulzón, pero a mí se me ha hecho un filme delicioso, con todos los ingredientes –una historia emotiva, personajes adorables, paisajes espléndidos, bellísima banda sonora y, que se me perdone la observación, chicas preciosas– que aseguran una de esas sesiones cinematográficas de las que uno sale risueño, contento y recuperado del estrés de la semana. Admito que mi francofilia (lo sé, no puedo resistirme a las películas que incluyen párrafos en francés y alguna bella canción en la lengua de Molière) y el hecho de haber estado de vacaciones el año pasado por alguno de los parajes representados en el filme pueden distorsionar hasta cierto punto mi juicio acerca de la película, pero también estoy convencido de que Un buen año es una de las mejores películas que ha filmado Ridley Scott en los últimos años: sincera, sensible, cálida, entonada, y con una envoltura formal a la altura de cualquiera de sus mejores títulos.

Además, es una historia vitalista y bienhumorada, que trata del derecho de todo ser humano a cambiar de vida, a reencontrarse con los mejores recuerdos de la niñez y a entregarse a sus pasiones verdaderas. Ridley Scott ha sabido obtener de su actor principal, Russell Crowe, muy buenos registros de humorista y una simpatía a raudales. En efecto, el actor australiano sabe conceder a su personaje –Max Skinner, un ejecutivo de la City londinense, sólo interesado en hacer dinero a espuertas– un aire simpático que consigue imponerse al espectador incluso en el tramo inicial de la película, donde Max muestra la personalidad de un cretino insensible y egocéntrico. Naturalmente, con el desarrollo de la trama se borra esa pátina arisca y cínica, dejando en cambio a un hombre transformado, reencontrado consigo mismo, de enorme atractivo y sonrisa contagiosa.

A mi modo de ver, lo mejor de Un buen año no es la actuación de Crowe (sobresaliente, desde luego), ni las escenas campestres, ni las deliciosas charlas y discusiones entre Max y la familia de viticultores que atienden su viñedo. La película guarda un tesoro, el de los flashbacks que narran la relación entre el niño que fue Max y su tío Henry, un Albert Finney que destapa el tarro de las esencias con una composición prodigiosa, plena de regocijo y luz. Todas las escenas entre Max niño y su tío son una delicia, porque rebosan sinceridad y recrean una relación humana transfigurada por esa mezcla de alegría y seriedad, de humor y sentido de la responsabilidad, que caracteriza a la verdadera educación. Aunque no sea más que por estas escenas entre el tío y el sobrino, y por esa visión de la educación que convierte en principios pedagógicos esenciales la valoración de la felicidad, el apego a la tierra, la sensatez y el disfrute de la vida, aconsejo Un buen año a todos los compañeros docentes. Seguro que os gustará.

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Cartel de la películaLa última película de esta serie, The Queen, del director británico Stephen Frears, es una pieza singular de cine histórico-político contemporáneo, pues retrata la reacción de la familia real inglesa, y en especial de la reina Isabel II, ante la muerte de la princesa Diana de Gales. Aunque histórico, es también un cine cercano, inmediato, no sólo porque los hechos que relata están próximos a la experiencia de los espectadores, sino porque presenta un acercamiento muy directo a los personajes que los protagonizaron: no sólo la familia real inglesa (la reina, el príncipe Felipe, el príncipe Carlos) y sus consejeros, sino también el gobierno laborista de Tony Blair.

La de Stephen Frears es una espléndida película de personajes y de actores (luego volveré sobre ello), pero también un agudo diagnóstico de la sociedad contemporánea. De hecho, puede verse como una representación de algunos de los rasgos que caracterizan a la moderna sociedad mediática, con su necesidad de ídolos de masas, su fascinación por la manifestación pública de los sentimientos, su cada vez menor capacidad de observar la frontera entre lo público y lo privado. En el variado elenco de personajes que forman la historia, Tony Blair constituye un modelo del político inteligente, capaz de percibir el estado de ánimo de la población y de identificarse rápidamente con él, mientras que la reina Isabel II encarna la representación de otro modo de ver las cosas, mucho más austero, menos expresivo y, desde más de un punto de vista, también más digno y respetable.

La película de Stephen Frears funciona de forma sumamente eficaz gracias a un guión muy sólido y equilibrado, que comprende las razones de todas las partes en conflicto y respeta sus posiciones y argumentos sin caer en los trazos gruesos ni en la adulación, pero sobre todo por obra y gracia de las interpretaciones de sus actores y actrices. Cómo no destacar, entre todas ellas, la de Helen Mirren, que encarna a la reina Isabel II con una propiedad asombrosa, y con una gama de matices (seriedad, pero también un humor inteligente; fortaleza, pero al mismo tiempo vulnerabilidad; sentido del Estado y de la realeza, sin perjuicio de la atención a sus deberes familiares y al cariño por sus nietos) que constituyen un riquísimo muestrario del arte de la interpretación. Yo siempre he admirado mucho a esta actriz británica, de larga y enjundiosa trayectoria (Calígula, Excalibur, La costa de los mosquitos, La locura del rey Jorge, Last Orders, Las chicas del calendario, La sombra de un secuestro y tantas otras), pues tiene la elegancia, el saber estar y el donaire de las grandes damas del cine; tras verla en su papel de Isabel II no puedo sino reiterar mi admiración. Si no le dan el Oscar a la mejor interpretación femenina del año 2006, para el que ha hecho todos los méritos imaginables (y más), se habrá cometido una flagrante injusticia.

Se podrían destacar muchos momentos en la extraordinaria interpretación de Helen Mirren, pero me gustaría subrayar uno de especial intensidad y carga simbólica. Ocurre tras la muerte de la princesa Diana, en pleno estallido del fervor popular, con la familia real en el castillo escocés de Balmoral, sometida a la presión de los medios de comunicación y del gobierno laborista, que exigen a la soberana que vuelva a Londres para participar públicamente del duelo por la princesa. La reina sale de paseo en su Land Rover y se interna por una pista atravesada por un arroyo; allí se le parte la dirección, y se ve obligada a pedir ayuda. Mientras espera a que vayan en su busca, se sienta sobre una roca, donde la capta la cámara, de espaldas, llorando en silencio, en un largo plano fijo de intenso dramatismo. Poco después, la reina se recupera de ese momentáneo acceso de debilidad y se vuelve hacia la cámara; entonces advierte que un magnífico ciervo macho, que ramonea entre los brezos, se encuentra a pocos metros de ella. La majestad del animal es también un símbolo de la reciedumbre de una mujer que encuentra en el callado diálogo con el rumiante el consuelo para su aflicción. Y la soledad de ese enorme y altivo macho es también la expresión del peso de la púrpura, de la soledad de una reina (pero también una mujer que muestra en el episodio su lado humano y vulnerable) enfrentada a una responsabilidad que se ha vuelto insoportable incluso para una persona de tan recio carácter. Finalmente, la reina Isabel, en un gesto de coquetería no exenta de humor, se enjuga los ojos con el pañuelo, recompone el ademán y asusta al cérvido para que escape de los cercanos cazadores. Cómo mira Helen Mirren al animal, al objetivo, a todos y cada uno de los espectadores que asisten a esta secuencia en un silencio solemne y respetuoso, constituye una inolvidable lección de talento interpretativo y de un cine inteligente, serio, bien hecho, con las mismas virtudes inglesas que de forma tan convincente exalta su protagonista.

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