Portada del libroVoy al cine con mucha frecuencia y casi todos los días veo alguna película (o algún fragmento) de mi colección de vídeos, DVDs y DivXs. También suelo leer sobre cine, aunque no con tanta regularidad ni detalle como me gustaría y me haría falta para rellenar los grandes huecos que tiene mi limitada experiencia de espectador. Me considero un aficionado al séptimo arte, de gustos amplios y populares, y en modo alguno un experto, ni mucho menos una autoridad en materia cinematográfica, por mucho que algunos lectores de este blog (y de Lengua en Secundaria), lo sostengan, con insistencia seguramente digna de mejor causa.

Desde esta perspectiva de modesto aficionado y decidido admirador de algunos cineastas “populares”, entre ellos Steven Spielberg, me alegra sobremanera haberme encontrado con este libro de Javier Ortega, que además de estar muy bien escrito (y eso siempre supone una nota añadida en mi valoración de cualquier libro), contribuye a salvar la distancia, a veces abismal, que media entre la recepción de las obras cinematográficas por parte de la crítica especializada, y la acogida que suele proporcionarles el gran público.

En efecto, la reivindicación que en este libro lleva a cabo Ortega acerca del valor cinematográfico, autoral y artístico del llamado “Rey Midas de Hollywood” resulta de todo punto necesaria ante la incomprensión de cierta crítica, empeñada en una mirada desenfocada sobre el fenómeno del cine (particularmente el norteamericano), en virtud de la cual se tiende a soslayar su inevitable dimensión industrial y a mostrarse impermeable, cuando no hostil, a las reacciones del público mayoritario. Debo admitir que el enfoque de Ortega me resulta muy simpático, pues yo siempre he concebido el cine desde una perspectiva muy semejante a la que preside la trayectoria de Steven Spielberg: como una actividad que necesariamente debe conciliar los intereses de la industria y los de la exigencia artística, y cuyo último fin ha de ser el entretenimiento inteligente y gozoso del espectador.

He de reconocer, además, que este punto de vista está vinculado a mi propia experiencia de espectador cinematográfico, de la que forman parte inolvidable varios hitos de la filmografía spielbergiana: los compases amenazadores de Tiburón, el placer y la pura alegría de la saga aventurera de Indiana Jones, la emoción desgarradora y la perfección narrativa de La lista de Schindler y Salvar al soldado Ryan, la sombría perspectiva futurista de Inteligencia artificial, o el desmadre delirante y subversivo de 1941, una película seguramente imperfecta e irregular, pero a la que guardo una devoción especial, aunque no sea más que por el hecho de que es uno de los filmes con los que más me he reído en toda mi vida. Recuerdo, por ejemplo, el estreno de Tiburón como un caso paradigmático de la emoción que sólo es capaz de suscitar el cine. Yo debía de tener quince o dieciséis años cuando la vi por primera vez, y nunca olvidaré la intensidad de aquella primera proyección. Luego he visto esa película muchas más veces, y he leído sobre ella, y me doy cuenta ahora de que no sólo los efectismos y los sobresaltos me mantuvieron pegado a la butaca, sino sobre todo su magnífica construcción narrativa y su acertadísima progresión dramática.

Javier Ortega abre su análisis con una vigorosa reivindicación del genio artístico del director de Cincinnati (“además de ser en la actualidad el cineasta más célebre y admirado del planeta, es también un artista sensible y sutil, algunas de cuyas películas –no todas, naturalmente– se encuentran entre lo mejor y más granado que ha dado hasta la fecha el Séptimo Arte”, p. 12) y continúa con la presentación de las líneas de fuerza que guían su universo cinematográfico: la admiración por el cine norteamericano clásico y los ecos de ciertos maestros, como Lean, Walsh, Capra o Hitchcock, la concepción del cine como gran espectáculo y “fábrica de sueños”, el dominio de la técnica y los resortes emocionales del artificio cinematográfico, el instinto comercial y de promoción, la presencia continua de ciertos temas, como la figura del padre ausente o incapaz, los conflictos familiares, la crítica del materialismo tan común en el modo de vida americano, la fascinación por el misterio y lo inexplicable, y, por último, la importancia de la música, expresada a través de una colaboración con el compositor John Williams que es, por su regularidad y por los excelentes resultados que ha producido en más de treinta años de trabajo conjunto, un caso seguramente irrepetible en la historia del cine.

Tras la exposición de estas claves de la filmografía spielbergiana, Javier Ortega realiza un amplio y detallado recorrido cronológico, que no excluye ninguno de los largometrajes del director. El análisis de sus películas es, por regla general, tan preciso como perspicaz: el aficionado reconoce inmediatamente el terreno que pisa y, de vez en cuando, recibe informaciones muy valiosas sobre detalles de producción, guión o interpretación que iluminan su conocimiento de las películas. Desde luego, uno de los efectos previsibles de la lectura de este libro es la ansiedad por volver a ver varios (o casi todos) los filmes del cineasta norteamericano. Yo he sufrido esa ansiedad en carne propia, y he tenido que moderarla, a mi pesar.

Particularmente acertados me parecen los análisis de Loca evasión y El color púrpura, probablemente porque yo tengo de ambos filmes un recuerdo muy impreciso (me he juramentado para poner remedio a ello); de En busca del arca perdida, que pone de relieve los mecanismos por los que esta película se ha convertido en un clásico del género de aventuras; de El imperio del sol, cinta que constituye una clara línea divisoria en la filmografía de su director (y lo cierto es que yo no había sido consciente de ello hasta leer el libro de Ortega); y, por último, de La lista de Schindler, probablemente la mejor obra de su director, y caso también el mejor de los estudios del libro, sobre todo por sus apuntes sobre la configuración de los personajes.

Si algo cabe reprochar a este detallado examen de la filmografía spielbergiana es el hecho de que el recorrido cronológico se torna en ocasiones un poco rígido. En efecto, aunque este modelo de análisis no impide que se tracen relaciones mutuas entre los filmes, dificulta una percepción global de las constantes del autor. Por otro lado, el deseo de Javier Ortega, ciertamente plausible, por dar cuenta de toda la producción cinematográfica de Spielberg, produce ciertos desajustes. Yo he echado en falta una mayor profundidad en el análisis de títulos como La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan, auténticas “catedrales” de su filmografía y de la cinematografía de las últimas décadas, que a buen seguro hubieran agradecido una extensión mucho mayor. Además, creo que la atención a los aspectos icónicos del cine del director norteamericano (planificación, encuadre, posición de la cámara, fotografía, etc.) podría haber sido más regular y persistente.

Javier Ortega cierra su estudio con un epílogo en el que justifica, a mi modo de ver con pleno acierto, la posición que Steven Spielberg ocupa en el cine contemporáneo, tanto en su faceta de creador como en la de capitán de la industria. Comparto plenamente su conclusión, que ya va enunciada en el título del estudio, de que su singular ejecutoria como “hacedor de sueños” es el rasgo que define su talento cinematográfico, le hace especialmente querido del público, y le proporciona un lugar de privilegio en la historia del Séptimo Arte.

El libro termina con las fichas técnico-artísticas de los largometrajes de Spielberg, y con sendas cronologías inversas (al estilo de la IMDB), sobre su labor como director, productor y guionista. Las referencias bibliográficas y las numerosas ilustraciones que jalonan sus páginas amplían la indudable utilidad de un libro que está reclamando a gritos una edición muy ampliada.

Javier Ortega, Spielberg. El hacedor de sueños, Córdoba, Editorial Berenice, 2005, 256 páginas.

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