Hace unos cuantos días, una buena amiga me pidió que encontrara el rastro de una persona a través de Internet. Me dio su nombre y apellidos y el título de un libro que había publicado dos o tres años antes. “Una amiga necesita localizar a este chico. Tú que eres experto en navegar por la Web -me dijo- a ver si lo encuentras, porque nosotras no hemos sido capaces de dar con él”.

Me pareció un encargo fácil de cumplir, habida cuenta de que había una publicación de por medio, que sin ninguna duda habría sido registrada en el ISBN. Sin embargo, las búsquedas en la base de datos bibliográfica fueron infructuosas, y las primeras que hice a través de Google se mostraron esquivas. Sí, había referencias a la persona en cuestión, pero casi todas eran imprecisas, o carecían del carácter tangible que mi amiga necesitaba para establecer contacto con el objeto de su búsqueda.

Me empleé a fondo, utilicé decenas de patrones de búsqueda y algunos trucos del oficio, y finalmente di con una pista fiable, que iba acompañada de una dirección y un teléfono de contacto. Enseguida escribí, lleno de alborozo, un correo a mi amiga, en el que le comunicaba el resultado de mis pesquisas. Huelga decir que me sentía como un detective novato en su primer encargo, y que me reconcomía la curiosidad. Dos días después, mi amiga me llamó por teléfono para darme las gracias y explicarme los pormenores del caso. No puedo contarlos aquí, pero tienen que ver con una desgracia familiar, y con una antigua amistad recuperada.

El episodio me hizo pensar en las bondades de la tecnología, que entre otras muchas virtudes tiene la de poner en contacto a la gente, a través del tiempo y el espacio. Y también en sus peligros: casi nada escapa al prodigioso escrutinio de la Red, a la voracidad omnipotente de las arañas y los motores de búsqueda, a la memoria de la caché de Google, más nítida e intolerable que los recuerdos de Funes el memorioso. En cualquier caso, me tranquiliza pensar que en esta ocasión Internet ha servido para una buena causa.