Bueno, el martes volví de París, una ciudad que me ha dejado casi agotado por la espera en las colas, ubicuas e interminables, y los embates del mal tiempo (frío, lluvia, viento y, en algunas ocasiones, todo a la vez). Como ésta no es una bitácora de temas turísticos, ni un diario de viajes, no consagraré en ella las impresiones de estos seis días en la capital del vecino país, aunque sí quisiera poner de relieve una idea que ya he anotado en una respuesta a dos comentaristas habituales del blog: que París no es lo mejor de Francia, ni mucho menos. Hay algo (o mucho) de fetichista en la universal mitificación de la ciudad del Sena. Por supuesto, es una ciudad bellísima e impresionante por muchos motivos, pero como escenario turístico resulta a menudo agobiante y a veces poco amistoso.

Lo que sí he podido comprobar en París, con íntima y hasta un poco perversa satisfacción, es que se puede vivir perfectamente sin un blog, sin escribir en el blog propio y sin acercarse a los blogs habituales. No sin algún esfuerzo de auto represión de los bajos instintos, he conseguido mantenerme alejado de la bitácora, a pesar de haber entrado en un cibercentro de la Rue de Odessa, cercano al hotel donde nos alojábamos, para comprobar mis cuentas de correo (atestadas de spam, cómo no) y conocer más detalles sobre la vuelta de ETA a sus canalladas habituales. Que todavía quede gente que les supone capaces de sentarse a una mesa de diálogo y prescindir del argumento de las pistolas y los explosivos me parece más sorprendente que su último bombazo.

Como demostración efectiva de que mi síndrome de abstinencia bloguero era bastante más leve de lo que yo creía, la experiencia de casi una semana alejado de la blogosfera ha sido bastante positiva. Lo malo fue sentarse ayer por la tarde al ordenador y limpiar el blog de los comentarios-basura: casi 120 entradas en la base de datos, algunas gigantescas, con la porquería habitual. Tampoco llevo demasiado bien el haberme obligado a prescindir de mi cotidiano repaso de novedades en Planeta Educativo. Ahora mismo ya no sé por dónde andan mis blogs de referencia, aunque estoy seguro de que ponerme al cabo de la calle será cosa de un par de días.

He aprovechado los viajes de ida y vuelta en el TGV para releer Olympo, de Dan Simmons, y tomar notas con vistas a la reseña que llevo anunciando desde hace algunas semanas. Me había propuesto acabar con los dos volúmenes, pero entre que el tren me da sueño (yo soy capaz de dormirme en casi cualquier medio de transporte) y que llegaba al hotel agotado después de interminables jornadas turísticas, sólo he completado la relectura del primero. La tan anunciada reseña se demora, pues, pero entre tanto ofrezco a los entusiastas de Dan Simmons una perla cultivada, que conecta con la última entrada del 2006.

Se trata de una ilustración que da idea de las dimensiones del Cráter París, provocado por un experimento fallido con agujeros negros y viajes temporales, que constituye uno de los escenarios donde transcurre esta novela de ciencia ficción. El mapa, elaborado a partir de los que ofrece Google Maps, está basado en los límites que se citan en las páginas 354-356 del primer tomo de la edición española: al norte, el Boulevard Haussmann; al sur, el Jardin du Luxembourg; al este, el extremo occidental de la Île de la Cité; y al oeste, el Champ de Mars, cerca de la Torre Eiffel:

El Cráter París, según el capítulo 36 de Olympo, de Dan Simmons

El Cráter París, según el capítulo 36 de Olympo, de Dan Simmons

Según mis noticias, los franceses no se han tomado demasiado bien esta peculiar maldad de Dan Simmons, quien parece vengarse con ella de las colas y multitudes habituales en los museos parisinos: “las leyendas insistían en que donde estaba el cráter un enorme edificio llamado el Luv (o a veces el Lover) había sido absorbido hacia el centro de la tierra con el agujero fugitivo, que se había tragado un montón de “arte” de los humanos antiguos” (capítulo 36, p. 354). Si fuera sólo una broma, el escenario ficticio imaginado por el novelista norteamericano se podría admitir y hasta admirar por su ingenio; lo malo es que el Cráter París no es un chiste, sino parte esencial de un discurso ideológico más bien sectario y sumamente indigesto.

Sobre estos asuntos y muchos más versará la reseña de Olympo. Como hace el propio Dan Simmons en su novela, prefiero no decir más por el momento, y dejar al lector en la espera de una próxima entrega. Continuará.