Febrero de 2007

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El blog de Ramón Castro me ha recordado algo que vi en Mangas Verdes hace algún tiempo, creo que coincidiendo con la actualización a WordPress 2.1: me refiero a un plugin con efectos antispam basado en la aceptación de las normas de participación del blog. El plugin se llama Comment-Policy y lo que hace es añadir al formulario de comentarios de WordPress un campo obligatorio que el usuario debe activar si quiere participar en el blog. La solución es útil, simple y elegante, mucho más que las soluciones tipo captcha o que las preguntas de respuesta obvia, al estilo del plugin Comment Spam Stopper, que instalé el pasado 21 de febrero y que he decidido desactivar (pero qué mala vida que le doy a mi blog).

Coincidiendo con la instalación del Comment-Policy, he decidido crear una página fija de normas de participación, nada original, por cierto, que recoge la política de La Bitácora del Tigre respecto a la aceptación de comentarios, y otra de contacto, en la que aparece un formulario destinado a acoger las intervenciones de aquellos usuarios que no desean que sus intervenciones en el blog se muestren públicamente. Para la página de contacto he estado probando diversos plugins, pero de momento no he conseguido que ninguno de ellos envíe los correos que se supone que tienen que enviar (un problema que ya tuve con el Share This, y que solventé instalando el plugin wpPHPMailer).

Ahora mismo tengo instalado el Secure Form Mailer Plugin, que, inmune a las seducciones del wpPHPMailer, se resiste a enviar correos a través del formulario de contacto (también me falta acabar de traducirlo al castellano, pero a ese toro ya me atrevo a torearlo yo). Si hay alguien que tenga alguna idea de cómo puedo echar a andar el formulario de contacto, con este plugin o algún otro, me haría un gran favor en pasarse por aquí y dejarme un comentario. Muchas gracias por anticipado.

Gracias a una entrada de Felipe Zayas en Darle a la lengua me he enterado de la existencia de Sílabas, una aplicación que permite analizar métricamente textos en verso. Y no sólo analizarlos, sino versificar en tiempo real y comprobar cómo el poema se ajusta (o no) a los requisitos métricos.

El programa mide los versos observando las licencias métricas, da cuenta de la distribución de acentos y genera una rejilla de datos de gran utilidad para explicar los fundamentos de la métrica en castellano. Por si ello no fuera suficiente, Sílabas es un programa muy ligero, que se maneja con enorme facilidad y que permite exportar los datos métricos y el texto a otras aplicaciones.

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Aunque ya había leído la noticia en algún periódico, por Aulablog21 me he enterado con más detalle de la aprobación por parte del Consejo de Ministros del Real Decreto por el que se aprueba el reglamento de ingreso, accesos y adquisición de nuevas especialidades en los cuerpos docentes a que se refiere la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación y se regula el régimen transitorio de ingreso a que se refiere la disposición transitoria decimoséptima de la citada ley.

Con una duración de cinco años, la citada disposición transitoria está destinada a reducir la gran bolsa de profesores que, año tras año, ejercen su labor en situación de interinidad. Propósito loable, me apresuro a decir, aunque a tenor de algunas de sus disposiciones no viene mal invocar en esta ocasión el refrán de que “el infierno está empedrado de buenas intenciones”.

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Hace algunos días José Mª González Serna, en una de sus habituales incursiones en la poética o semiótica de los blogs (no por poco sistemáticas menos imprescindibles), se refería a la conveniencia de abordar la tarea de clasificación de las bitácoras a partir de las características de sus entradas (prefiero este término, o el de artículo, al de posts que él emplea).

El post de la rabia era el rotundo título que utilizaba para designar una actividad bloguera que todos los que publicamos habitualmente en una bitácora hemos protagonizado alguna vez (por cierto, ayer traía a colación un artículo divertidísimo sobre los vicios en que solemos incurrir). Pues bien, si me lo permite mi colega de profesión y afición, quisiera complementar su propuesta taxonómica con otra, que aborda un tipo de entradas que, a mi modo de ver, tienen una importancia singular.

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Cinco de siete

Acerté los Oscar de la mejor película (Infitrados), la mejor película extranjera (La vida de los otros), el mejor actor (Forest Whitaker), la mejor actriz (este no tenía mucho mérito, porque Helen Mirren era triunfadora segura) y el mejor actor de reparto (Alan Arkin). Fallé, en cambio, con el Oscar al mejor director (Scorsese, en vez de Eastwood) y con la mejor actriz secundaria (Jennifer Hudson y no mi admiradísima Cate Blanchett).

No he perdido, pues la esperanza de hacerme millonario jugando a las quinielas. Y, visto lo visto (una manera de hablar, porque no me gusta participar de la mitomanía hollywoodense ni del ritual de la alfombra roja; suelo esperar a ver los vestidos y las joyas en las páginas del Hola, que siempre cuenta con muy buenas fotos y permite disfrutarlas con sosiedgo), me ratifico en mi impresión de que el cine contemporáneo goza, a pesar de los agoreros, de muy buena salud. Con la excepción del Oscar a la mejor actriz secundaria, que me parece muy traído por los pelos, los grandes premios se han otorgado a grandes películas.

Lástima que La vida de los otros no se rodara en inglés. Habría ganado cinco Oscars, si no alguno más. Quien no la haya visto todavía, que corra al cine más cercano. Y si es docente de ética, de filosofía, religión o educación para la ciudadanía (o de cualquier área donde se deseen plantear problemas éticos con buenos materiales educativos), que vaya reservándola para cuando salga en DVD. No tiene desperdicio como ejemplo de cine moral sin adoctrinamiento ni moralina. Una película colosal.

Cartel de la películaPor una vez, y sin que sirva de precedente, voy a arriesgarme a formular mi quiniela de los Oscar de Hollywood, cuya edición de 2007 se falla esta madrugada. Comencemos por la categoría de mejor película, para la que yo elegiría Infiltrados, de Martin Scorsese, o incluso Pequeña Miss Sunshine, que tal vez no sea un ejemplo de cine inmortal, pero sí de una película extraordinariamente atractiva y simpática. Aunque no me gustó demasiado Cartas desde Iwo Jima, el premio al mejor director (en realidad, el premio al director más valiente) se lo daría a Clint Eastwood, que ha realizado una película arriesgadísima, de esas que sólo un cineasta absolutamente seguro de sí mismo se atreve a filmar.

Como mejor actor protagonista debería elegir a Forest Whitaker, por El último rey de Escocia. No he visto su película (teníamos pensado acudir esta noche, pero nos ha entrado la pereza), pero creo que Whitaker se merece ese voto de confianza. Además, ni Leonardo di Caprio ni Will Smith, que compiten con él, me impresionaron demasiado en los filmes por los que han sido seleccionados (En busca de la felicidad y Diamantes de sangre, respectivamente). Para el Oscar a la mejor actriz protagonista no tengo la menor duda: yo se lo daría a Helen Mirren, por su papel de la Reina Isabel II de Inglaterra en The Queen, donde realiza una interpretación memorable.

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Aunque estoy muy contento con mi BlogDesk, un cliente para blogs con el que llevo trabajando mes y medio a plena satisfacción, he seguido investigando en el tema de los clientes o editores de escritorio para blogs (véanse las entradas del 23 y 24 de diciembre del pasado año), un ámbito del software donde no paran de producirse novedades, a cuál más interesante.

En realidad, he vuelto sobre este asunto un poco por casualidad: con motivo de varias instalaciones de WordPress para un curso sobre webquests y blogs que impartiré próximamente en el CPR de Logroño, he ido a parar a la página que nuestro CMS de cabecera dedica a los weblog clients, en la que se incluye abundante información sobre diversas herramientas para publicar “a distancia”. Algunas de las que ahí se citan ya me eran conocidas, pero entre ayer y hoy he probado otras nuevas:

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Y peores para la épica, como acertadamente deja caer en un paréntesis muy sugestivo Cuaderno de Clase. Angus ha tomado el testigo de Jesús Mª González Serna y rinde apropiado homenaje a la cita de Bertolt Brecht en su Cuaderno amarillo, con una versión extraordinariamente vigorosa, aunque también un tanto desafinada y caótica, del tema homónimo de los inolvidables Golpes bajos (¿es cierto que el primer nombre del grupo fue Patada en los co…, y que su discográfica les propuso una denominación menos heavy, o es una historia apócrifa? No he conseguido confirmar el dato por mucho que he buscado en la Red).

Como Golpes bajos era uno de los grupos que más me gustaba en los 80, y en espera de que algún Homero contemporáneo recupere la épica de verdad (Dan Simmons lo intenta denodadamente, pero no llega a la altura), he decidido continuar aquí el homenaje al dúo (y luego cuarteto) vigués, con el tema original, que he convertido en MP3 a partir de Los alegres 80 I, un libro-disco que publicó El País, hace ya algunos años, en su colección Un país de música 2. Un disco excelente, por otra parte, con piezas tan memorables como la “Escuela de calor”, de Radio Futura, “El pistolero”, de Los Pistones, la toxicómana “Princesa” de un Joaquín Sabina en su plenitud, o la “Embrujada” de Tino Casal.

Mis estimados colegas blogueros, La Bitácora del Tigre tiene el honor de traer a su sección de podcasts “Malos tiempos para la lírica”, en la interpretación de Germán Coppini (una de las voces más personales de todo el pop de los 80) y Teo Cardalda.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Se acaba de publicar la actualización de WordPress a la versión 2.1.1, que además coincide con la actualización a la versión 2.0.9 de la serie 2.0.x. En esta ocasión, se trata de cambios de menor entidad, que corrigen algunos bugs y problemas de seguridad. No obstante, los desarrolladores de WordPress aconsejan (como siempre) llevarla a cabo.

En las últimas actualizaciones de la serie 2.0.x utilicé los archivos diferenciales que Mark Jaquith ponía a disposición de la comunidad bloguera. Mark, sin embargo, ha dejado de proporcionar este servicio, por lo cual he descargado el fichero de la versión 2.1.1, lo he descomprimido y he subido al servidor por FTP sólo los archivos que han cambiado entre las versiones 2.1. y 2.1.1. Afortunadamente se trata sólo de veintidós archivos, que se actualizan en un suspiro.

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Cartel de la películaComo ya señalé al final de mi reseña de Banderas de nuestros padres, aguardaba con gran expectación el estreno de la segunda parte de ese interesantísimo díptico sobre la batalla de Iwo Jima que ha dirigido Clint Eastwood. El pasado viernes vi Cartas desde Iwo Jima (por cierto, ¿por qué se ha traducido el título al español y en cambio no se ha doblado la película?), aunque en condiciones que estaban lejos de ser idóneas: en una sala pequeña, de butacas incómodas, perdiendo en cada secuencia la mitad del diálogo debido a la altura y corpulencia de la persona que se sentaba delante de mí (si algún espectador ha sufrido padecimientos semejantes le vendrá bien el resumen del argumento que aparece en la entrada correspondiente de la versión inglesa de la Wikipedia, spoilers incluidos), y rogando silenciosamente por que ese señor se deslizara a lo largo de su asiento, lo cual no ocurrió hasta mediada la proyección.

Admito que mi desazón e incomodidad ante el film de Eastwood tal vez se deban a razones tan poco cinematográficas como las que acabo de citar, pero lo cierto es que Cartas desde Iwo Jima me pareció una película excesivamente larga y pesada, una historia áspera, de sequedad y dureza extremas, practicante obsesiva de una estética hermética, claustrofóbica y minimalista que presenta continuas dificultades al espectador, por lo general nada fáciles de superar. No es, por otra parte, nada nuevo en la cinematografía de Clint Eastwood, un director cuya tendencia al despojamiento, la esencialidad y la contención narrativa no ha hecho sino intensificarse en sus últimos títulos (véanse Mystic River y Million Dollar Baby) y, en el caso de Cartas desde Iwo Jima, desbordar la opción estética, convirtiéndose en seña de identidad y hasta en principio de afirmación ideológica.

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