Acabo de leer en el blog de María José Reina un relato muy conmovedor de un leve accidente que ha sufrido en el aula. La anécdota de nuestra compañera (con final feliz y una indudable parte positiva, pues le ha permitido comprobar la estupenda reacción de sus alumnos) me ha animado a poner por escrito algo que me ocurrió en mi primer año como profesor de Secundaria, que transcurrió en el I.E.S. “Mor de Fuentes”, de Monzón, Huesca, durante el curso 1990-91.

Yo solía coger un tren nocturno que me llevaba desde Pamplona a Monzón, ciudad famosa por su castillo, su chopera y sus nieblas invernales. Pues bien, una noche el tren paró en la estación, más o menos a la hora habitual, pero tan lejos del andén y con una niebla tan densa que era imposible saber si el tren había llegado a su destino o se había detenido en medio del campo. Los que solíamos bajarnos en la ciudad del Cinca no sabíamos qué hacer: si bajar a la vía y echar a andar hacia las luces que se adivinaban en lontananza o esperar a que el tren se moviera y nos dejara en el andén, como era su obligación.

Finalmente optamos por la segunda opción. Cuál sería nuestra sorpresa cuando vimos pasar ante nosotros la marquesina de la estación. Yo, que siempre he sido un poco novelero y tenía fresca en la memoria la película El Lute: camina o revienta, de Vicente Aranda (en la mili, además, había hecho alguna práctica de salto desde la plataforma de un camión, con no malos resultados), decidí que si Eleuterio Sánchez había sido capaz de saltar de un tren a toda velocidad, no debía de ser difícil hacer lo propio, habida cuenta de que el terreno era plano y el tren iba muy despacio. “Todo por no llegar tarde a clase”, pensé, y di el salto, con el bolso al hombro.

Como era de esperar, me pegué un estacazo soberano. Me desollé el monte de Venus de una de las manos (ya no me acuerdo cuál), me dañé una de las rodillas y me manché la trenka con la grasa de las vías. Al ponerme en pie y tentarme el cuerpo comprobé que no tenía nada roto, aunque las piernas me temblaban y tenía la boca seca como la mojama, así que eché a andar hacia la estación. De repente, vi salir del edificio a un tipo que a todo correr se me echó encima, chillando como un poseso:

-¿Pero está usted loco, a quién se le ocurre saltar del tren? ¡Le voy a denunciar!

A mí se me subió la sangre a la cabeza, y me encaré con él:

-¡Yo sí que le voy a denunciar, a la Renfe y a la madre que la parió! ¿A quién se le ocurre parar a un kilómetro del andén y con esta niebla?

Tras intercambiar conmigo unos cuantos chillos y exabruptos, el señor se calmó bastante, y me confesó que estaba muy nervioso, porque ese mismo fin de semana un tren había atropellado a un motorista en el paso a nivel y lo había aplastado. Yo también eché el freno y me disculpé. Finalmente el jefe de estación o lo que fuera me llevó hasta su oficina, sacó del botiquín agua oxigenada y vendas y me curó la mano, que me escocía como si me la hubieran despellejado. Al despedirse me aconsejó paternalmente que nunca más me tirara de un tren en marcha: “más le vale esperar a la siguiente estación y coger un taxi. Habida cuenta de las circunstancias, Renfe se lo pagaría”.

Me fui a mi piso alquilado, a dormir unas cuantas horas antes de entrar a clase. No sé si sería por los nervios o porque no puse el despertador, pero lo cierto es que no me desperté a la hora, y cuando lo hice me di cuenta de que ya llegaba tarde. Cogí la cartera con los libros y a todo correr me dirigí al Instituto. Por el camino iba pensando qué excusa podía contarle a la Jefa de Estudios (la verdad parecía demasiado novelesca como para ser creíble), cuando de repente vi que venía hacia mí una compañera que, al identificarme, pegó un respingo. Se dirigió hacia mí y me abrazó, toda nerviosa:

-Pero qué te ha pasado, Eduardo, creíamos que te habías muerto.

No estoy seguro de que estas fueran sus palabras exactas, pero desde luego dijo algo parecido. Resulta que una compañera que iba conmigo en el tren, Pilar Maestro, me vio saltar, pero no vio que me levantara. Ella llegó al instituto con normalidad (se bajó en Lérida, que era la siguiente parada, y tomó, con criterio mucho más sensato que el mío, un taxi), y al llegar al centro contó lo que había ocurrido. Como por entonces no había teléfonos móviles, nadie pudo contactar conmigo para saber qué me había ocurrido.

Cuando llegué al instituto todo fueron voces de asombro y parabienes, y algún tímido reproche por mi imprudencia. Yo repetía, con seguridad fingida, la cita de la película del Lute: “pues en el cine no parecía nada difícil”. La Jefa de Estudios cortó la conversación y me dijo: “anda, ya contarás tu historia más tarde; ahora ve a clase, que está allí el profesor de guardia”.

Es fácil imaginar lo que ocurrió cuando entré en el aula. Relevé al profesor de guardia (no se habían perdido ni quince minutos de clase), le conté brevemente el sucedido y me dispuse a retomar mis deberes. Los chicos me miraban con cara de pasmo, pero no decían ni mu. Yo hice como si no hubiera sucedido nada (algo parecido a lo de Fray Luis y su “decíamos ayer”), pero la tensión se mascaba en el ambiente. Finalmente, el delegado de clase levantó la mano para preguntar:

-¿Es verdad que te has tirado del tren, Eduardo?
-Pues sí, es verdad.
-¿Y por qué lo has hecho?

No era cosa de contar entonces que yo quería imitar a un héroe del imaginario popular, a quien seguramente los chicos no conocerían, de modo que me inventé una explicación no del todo mentirosa:

-A mí no hay nada que me impida cumplir con mis obligaciones como profesor. Estoy dispuesto a eso y a mucho más con tal de no dejar sin clase a mis alumnos.

Nadie respondió, y la clase continuó con normalidad. Estoy seguro de que los alumnos me miraron desde entonces con otros ojos. Seguro que pensaron que estaba más loco que una cabra, pero al menos algo de lo que les dije les sonó a verdad. En todo caso, acabé el curso sin ningún hueso roto y al año siguiente repetí destino. No me hizo falta volver a tirarme de ningún tren nocturno, aunque me rompí el meñique de la mano izquierda (que no me entablillaron, y así se ha quedado) en un partido de fútbol entre profesores y alumnos. Lo más curioso del lance futbolero es que el meñique me lo rompió de un rodillazo un alumno fortachón, que jugaba en el equipo de los profes.

En fin, qué tiempos. A pesar de la caída, la fractura y alguna bronca que me gané por inconsciente y rebelde (no quise hacer caso de las órdenes de la Jefa de Estudios y me impliqué en una multitudinaria batalla a bolazos, en el patio del instituto, con chicos que en muchos casos nunca habían visto cuajar la nieve), tengo un recuerdo excelente de aquellos dos años en Monzón, que figuran entre los más felices y plenos de toda mi vida.

No sé si mis alumnos de Monzón aprendieron conmigo mucho o poco, y tampoco estoy seguro de qué opinión guardarán de mí. Lo que si sé con toda seguridad es que, mientras les contaba el porqué de mi salto al vacío no me hubiera cambiado por el hombre más importante del mundo.

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