Cartel de la películaComo ya señalé al final de mi reseña de Banderas de nuestros padres, aguardaba con gran expectación el estreno de la segunda parte de ese interesantísimo díptico sobre la batalla de Iwo Jima que ha dirigido Clint Eastwood. El pasado viernes vi Cartas desde Iwo Jima (por cierto, ¿por qué se ha traducido el título al español y en cambio no se ha doblado la película?), aunque en condiciones que estaban lejos de ser idóneas: en una sala pequeña, de butacas incómodas, perdiendo en cada secuencia la mitad del diálogo debido a la altura y corpulencia de la persona que se sentaba delante de mí (si algún espectador ha sufrido padecimientos semejantes le vendrá bien el resumen del argumento que aparece en la entrada correspondiente de la versión inglesa de la Wikipedia, spoilers incluidos), y rogando silenciosamente por que ese señor se deslizara a lo largo de su asiento, lo cual no ocurrió hasta mediada la proyección.

Admito que mi desazón e incomodidad ante el film de Eastwood tal vez se deban a razones tan poco cinematográficas como las que acabo de citar, pero lo cierto es que Cartas desde Iwo Jima me pareció una película excesivamente larga y pesada, una historia áspera, de sequedad y dureza extremas, practicante obsesiva de una estética hermética, claustrofóbica y minimalista que presenta continuas dificultades al espectador, por lo general nada fáciles de superar. No es, por otra parte, nada nuevo en la cinematografía de Clint Eastwood, un director cuya tendencia al despojamiento, la esencialidad y la contención narrativa no ha hecho sino intensificarse en sus últimos títulos (véanse Mystic River y Million Dollar Baby) y, en el caso de Cartas desde Iwo Jima, desbordar la opción estética, convirtiéndose en seña de identidad y hasta en principio de afirmación ideológica.

En efecto, parece obvio que la intención del director norteamericano al optar por esos principios ha sido la denuncia de la crueldad de la guerra, despojada de todo aliento épico y convertida en una lucha angustiosa por la supervivencia. No es casual, en este sentido, que el mundo en que viven los protagonistas de Cartas desde Iwo Jima acabe por adquirir un tono como de relato primitivo y atávico, pues en la mayor parte del metraje se reduce a las cuevas y los túneles excavados en la blanda dura volcánica de la isla, en aplicación de los principios de defensa que el teniente general Tadamichi Kuribayashi aplicó para la imposible defensa de la posición. Lo claustrofóbico de este espacio queda intensificado por las condiciones de vida de los soldados, con agua escasa y de mala calidad, provisiones insuficientes, calor semitropical, y la amenaza constante de los implacables bombardeos norteamericanos.

Además, y este es un factor que la película pone de relieve reiteradamente, y con indudable eficacia dramática, la situación angustiosa de los defensores se ve intensificada por el creciente convencimiento de que toda resistencia es inútil, y de que la única salida de la guarnición no es otra que la muerte honrosa (por lo menos desde la perspectiva japonesa) ante un enemigo infinitamente superior en hombres y en recursos. Clint Eastwood expresa este principio de determinación trágica a través del comportamiento de los protagonistas de la película, y sobre todo gracias a la figura del general Kuribayashi, cuyo conflicto interior entre sus temores y su compromiso con el código de honor de un oficial japonés (en contra de sus propias convicciones, pues al igual que el almirante Isoroku Yamamoto, cuya muerte se menciona en la película, no era partidario de la guerra con los Estados Unidos, país que conocía bien por haber desempeñado allí el cargo de agregado militar) queda magníficamente retratado gracias a la excelente y agónica interpretación de Ken Watanabe.

El problema de semejante planteamiento es que, a mi modo de ver, no deja ningún respiro a los espectadores. Ni los escuetos flashbacks que dan cuenta de algunos episodios clave en la vida de los protagonistas, ni algunos momentos intimistas en que éstos confiesan sus temores ante sus seres queridos, a través de las cartas que dan título a la película, consiguen aliviar la sequedad y dureza de la historia, su escasa agilidad y un tono que no acaba de decidirse entre la ficción y el documental. Si se tiene en cuenta la extrañeza que produce no ya sólo la lengua japonesa sino hasta su peculiar prosodia y la gestualidad que la acompaña (tan ajena a nuestros códigos culturales), amén de la dificultad de identificar a unos personajes de rasgos orientales sobre el fondo terroso y oscuro que predomina en la mayor parte de las secuencias, se comprenderá la incomodidad que produce este relato, una sensación que, al menos en la sesión a la que yo asistí, era bien patente entre el público.

Supongo que un director con la experiencia de Clint Eastwood habrá sido muy consciente de estos aspectos a la hora de tomar las decisiones artísticas y de producción que subyacen a Cartas desde Iwo Jima. Desde luego, no se le puede negar el coraje y la determinación de que ha hecho gala al contar la historia de Iwo Jima tanto del lado americano como del japonés, ni tampoco la coherencia con unos principios cinematográficos que a buen seguro no habrán suscitado el entusiasmo de los burócratas de los estudios. Ahora bien, yo tengo la impresión de que no ha medido bien las proporciones, de que la obra resultante es excesiva en sus obsesiones, innecesariamente ingrata con los espectadores, demasiado larga e incluso repetitiva.

Tengo para mí que Eastwood ha confiado excesivamente en la eficacia de un discurso antibelicista capaz de suscitar adhesiones incondicionales en un público deseoso de ver interpelada su buena conciencia (una actitud que no deja de extrañar en el director de películas como El sargento de hierro, tan paradójicamente antimilitarista o más que Cartas desde Iwo Jima ), y que tal vez no ha reparado en el hecho de que semejante discurso -la soledad, la angustia y el dolor de los combatientes, la manipulación del sacrificio de vidas jóvenes en el altar de conceptos bastardos, la inhumanidad y brutalidad inherentes a la disciplina del ejército- es un concepto ya amortizado, un lugar común en la mentalidad occidental, que necesita de otros ingredientes que los que utiliza Cartas desde Iwo Jima para hacerse cinematográficamente atractivo.

Por otra parte, el propósito de humanización de los soldados japoneses, que constituye el reverso total y absoluto del planteamiento de Banderas de nuestros padres, en la que los soldados nipones apenas aparecían retratados como personas, tampoco es una novedad tan apasionante como determinada promoción de la película ha querido destacar. Ni las dudas y las angustias mortales de Kuribayashi, obligado por deberes y lealtades de conciliación imposible, ni el miedo o los recuerdos familiares de los soldados Saigo y Shimizu, ni el afecto del Barón Nishi por sus hombres y hasta por los enemigos capturados (es decir, la humanidad de unos combatientes habitualmente tratados por el cine occidental desde una perspectiva mucho menos positiva) son, por sí mismos, aspectos de guión especialmente llamativos u originales.

Mi propia percepción a este respecto (tan subjetiva como se quiera, y más habida cuenta de las circunstancias en que vi la película) es que los personajes japoneses de Cartas desde Iwo Jima son interesantes y, en algunos casos muy atractivos (particularmente los del general Kuribayashi y el teniente coronel Takeichi Nishi, este último un antiguo campeón olímpico de equitación), pero que en su conjunto no logran del espectador una identificación emotiva suficiente, pues ésta queda lastrada por una especie de rigidez, de espesor dramático que, lejos de conseguir su objetivo, lo perturba. Dicho de otro modo, que la tragedia de esos hombres obligados a una resistencia en condiciones extremas y, en última instancia, condenados a una muerte segura no consigue el efecto catártico esperado.

Lo cual no significa que la película carezca de elementos de singular emotividad: por ejemplo, la arenga final de Kuribayashi a sus hombres, que concluye con una amarga y desesperada reverencia en reconocimiento de su honor, o algunas de las escenas donde aparece el sacrificio de seres inocentes, como el caballo de Nishi y el perro que se niega a matar Shimizu, o incluso el suicidio con granadas de mano que protagonizan los últimos defensores del monte Suribachi (una de las secuencias de la película en que se tratan paralelismos explícitos con Banderas de nuestros padres), y del que se libra el soldado Saigo in extremis.

He hecho referencia a las posiciones ideológicas que sostiene el film, que es probablemente su aspecto más controvertido. Si el “mensaje” que quiere comunicar la película debe identificarse con la experiencia que en la historia representa el soldado Saigo, uno de los escasísimos supervivientes de la guarnición de Iwo Jima (algo más de doscientos prisioneros de una guarnición de más de veinte mil), no cabe sino preguntarse por la legitimidad de una selección que, cuando menos, resulta poco acorde con la verdad histórica. Pues, en efecto, ¿puede considerarse como representativa de la mentalidad de sus compañeros la actitud del soldado Saigo, que con muy buen criterio, según nuestra mentalidad actual, se niega al suicidio por honor y sólo pretende sobrevivir para reunirse con su familia? Y si lo es, ¿por qué se produjo entonces tan enorme desproporción entre las cifras de soldados japoneses muertos y capturados?

Creo que Clint Eastwood se ha conformado con una interpretación de la batalla de Iwo Jima que, a pesar de las apariencias y de la perspectiva escogida para narrar su historia, resulta demasiado acomodaticia. Salvar la humanidad de un enemigo indudablemente fanatizado por sus convicciones y por la superestructura ideológica de la mentalidad japonesa de la época mediante el recurso a la peripecia individual de varios personajes de representatividad cuestionable y gracias a la lectura del pasado desde la perspectiva de un presente cuyos valores no tienen nada que ver con aquél, no deja de ser un expediente fácil. Habría que haber insistido, y son detalles que aparecen en Cartas desde Iwo Jima, pero de forma demasiado tangencial, en las verdades incómodas de la batalla: la gigantesca desproporción de fuerzas entre los contendientes, la peculiar orientación de las armas empleadas en la conquista de la isla (bombardeos masivos, pero también cargas de demolición para sellar cuevas y lanzallamas para abrasar a sus defensores), y las consideraciones estratégicas sobre la campaña, factores todos ellos que explican las terribles cifras de bajas, tanto en el bando japonés como en el norteamericano.

Hay que tener en cuenta, a este respecto, que desde una perspectiva puramente militar, la resistencia hasta las última consecuencias preconizada por el general Kuribayashi, bien consciente de que la caída de Iwo Jima la convertiría en base para los B-29 que estaban listos para arrasar Japón (y el diálogo donde habla de esta amenaza y del sacrificio a que estaba dispuesto para conjurarla es uno de los mejores momentos de la película), estaba más que justificada. Por otra parte, también hubiera venido bien alguna reflexión sobre el papel de la doctrina del bushido (Kuribayashi era un aristócrata descendiente de samuráis) en la configuración del nacionalismo japonés y de una conciencia militar que convertía la derrota y la rendición en anatemas y motivos de vergüenza insoportable.

Porque, si se obvian estas realidades, la enésima apelación de la película de Clint Eastwood al concepto de la guerra como el peor de los males que ha de afrontar la humanidad corre el riesgo de convertirse en una afirmación puramente retórica, desprovista de un anclaje firme en los hechos, o incluso en una concesión al sentimentalismo y a las simplificaciones tan habituales en el discurso de la corrección política. Nadie duda (y seguramente tampoco lo dudaban los marines norteamericanos a quienes se ordenó matarlos) de que los soldados japoneses encerrados en las fortificaciones subterráneas de Iwo Jima eran seres humanos, que tenían familias, hijos, esposas, que eran capaces de amor y de compasión por el prójimo. Ahora bien, esos hombres buenos y rectos en su vida familiar o social también podían ser racistas, crueles y despiadados en aplicación de una mentalidad que predicaba el más absoluto desprecio con el enemigo que había depuesto las armas y sostenía el derecho del pueblo japonés a dominar a sus naciones vecinas.

Ser antibelicista hoy en día no cuesta nada en la mayoría de las sociedades occidentales, incluida la norteamericana; bueno, les cuesta el exilio a los desertores de la guerra de Irak, y una petición de cárcel justamente a alguien de quien en principio no cabría presumir semejante predisposición, el teniente Ehren Watada, quien se negó a combatir en dicha contienda por considerarla injusta. Tampoco cuesta nada afirmar que “todas las guerras son horribles”, o solidarizarse con sus víctimas. Lo que cuesta mucho, porque obliga a ahondar en los infinitos matices de cada una de ellas o a tomar un partido siempre incómodo, es analizar las causas de las guerras y decidir si fue necesario combatir en ellas, algo que desde luego no hace Clint Eastwood en Cartas desde Iwo Jima .

Y que conste que el director norteamericano sigue teniendo, en su calidad de cineasta, todas mis simpatías. En cuanto aparezca en DVD, volveré a ocuparme de Cartas desde Iwo Jima, espero que sin interferencias visuales y con mayor comodidad. Si cambio de criterio (y no será la primera vez) prometo reconocerlo en La Bitácora del Tigre.