Hace algunos días José Mª González Serna, en una de sus habituales incursiones en la poética o semiótica de los blogs (no por poco sistemáticas menos imprescindibles), se refería a la conveniencia de abordar la tarea de clasificación de las bitácoras a partir de las características de sus entradas (prefiero este término, o el de artículo, al de posts que él emplea).

El post de la rabia era el rotundo título que utilizaba para designar una actividad bloguera que todos los que publicamos habitualmente en una bitácora hemos protagonizado alguna vez (por cierto, ayer traía a colación un artículo divertidísimo sobre los vicios en que solemos incurrir). Pues bien, si me lo permite mi colega de profesión y afición, quisiera complementar su propuesta taxonómica con otra, que aborda un tipo de entradas que, a mi modo de ver, tienen una importancia singular.

A falta de otro marbete más ingenioso y eficaz desde un punto de vista publicitario, yo las llamaría las “entradas que cambian la blogosfera”, y me refiero con este rótulo a aquellos artículos que, de una u otra manera, proponen un punto de inflexión, un cambio de rumbo, o un replanteamiento en las sendas trilladas por el acontecer bloguero. Claro está que no es fácil encontrar una entrada o artículo que vuelva del revés la blogosfera en su conjunto o, dicho en términos más pedantescos, que proponga un nuevo paradigma (seguro que los hay, pero no me atrevo a dar ejemplos), aunque no me parece imposible hallar algunos en ámbitos más específicos, como por ejemplo el de la blogosfera educativa.

En los últimos días se han publicado en los blogs educativos tres textos que a buen seguro podrían encajar en la categoría que acabo de proponer. Los dos primeros, Entrando al trapo de las TIC (I), de Fran Iglesias, publicado el 21 de febrero, y Formación: formar para la acción, de Lourdes Domenech, que apareció al día siguiente, obligan a repensar algunas de las premisas sobre las que se asienta la relación entre TIC y educación. El tercero es Sobre mis colegas antipedagógicos, de Boris Mir, del 18 de este mes: un texto imprescindible por el que yo me he visto muy personalmente interpelado, que pone de relieve (¡y cuánta falta hace ese recordatorio!) que nadie sobra en la profesión docente si está sinceramente preocupado por ella.

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