Cartel de la películaPor una vez, y sin que sirva de precedente, voy a arriesgarme a formular mi quiniela de los Oscar de Hollywood, cuya edición de 2007 se falla esta madrugada. Comencemos por la categoría de mejor película, para la que yo elegiría Infiltrados, de Martin Scorsese, o incluso Pequeña Miss Sunshine, que tal vez no sea un ejemplo de cine inmortal, pero sí de una película extraordinariamente atractiva y simpática. Aunque no me gustó demasiado Cartas desde Iwo Jima, el premio al mejor director (en realidad, el premio al director más valiente) se lo daría a Clint Eastwood, que ha realizado una película arriesgadísima, de esas que sólo un cineasta absolutamente seguro de sí mismo se atreve a filmar.

Como mejor actor protagonista debería elegir a Forest Whitaker, por El último rey de Escocia. No he visto su película (teníamos pensado acudir esta noche, pero nos ha entrado la pereza), pero creo que Whitaker se merece ese voto de confianza. Además, ni Leonardo di Caprio ni Will Smith, que compiten con él, me impresionaron demasiado en los filmes por los que han sido seleccionados (En busca de la felicidad y Diamantes de sangre, respectivamente). Para el Oscar a la mejor actriz protagonista no tengo la menor duda: yo se lo daría a Helen Mirren, por su papel de la Reina Isabel II de Inglaterra en The Queen, donde realiza una interpretación memorable.

La categoría de actor de reparto es la única de la que he visto todas las películas seleccionadas, así que puedo elegir con conocimiento de causa. Mi voto va para Alan Arkin, un actor estupendo en todas y cada una de sus interpretaciones, cuya larga y fructífera carrera se merece el Oscar y todos los premios del mundo. Su papel de abuelo cascarrabias y adorable en Pequeña Miss Sunshine es, sencillamente, genial (y conste que el de Eddie Murphy en Dreamgirls tampoco debería irse de vacío). Para el Oscar a la mejor actriz de reparto me quedo con Cate Blanchett, una de las mejores intérpretes femeninas que ofrece ahora mismo el panorama cinematográfico. Tampoco he visto su película Notes on a scandal, pero sí las de sus cuatro rivales (Adriana Barraza y Rinko Kikuchi en Babel, Abigail Breslin en Pequeña Miss Sunshine y Jennifer Hudson en Dreamgirls), ninguna de las cuales me parece una interpretación de Oscar.

He dejado para el final mis dos premios favoritos: el Oscar honorífico para Ennio Morricone, con el que la Academia de Hollywood repara parcialmente una injusticia de decenios, y el premio a la mejor película en lengua no inglesa. Con permiso de El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, que tanto me gustó, estoy convencido de que la mejor película extranjera de la temporada (y de muchas temporadas) es la alemana La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, un film excelente, intensísimo, que brilla a una altura difícilmente igualable por sus competidoras. De entre las que compiten en la carrera por los premios de Hollywood es la última película que he visto, pero, con gran diferencia, la que más me ha gustado.

Probablemente no sea una candidata cómoda, pues La vida de los otros pertenece a un género, el cine político, que no suele ser el preferido por la industria del espectáculo; no obstante, hay que subrayar que los académicos no han hecho ascos al género en la edición de los Oscar de 2007, como demuestra la presencia entre los filmes seleccionados de títulos como Diamantes de sangre, The Queen y Cartas desde Iwo Jima. En todo caso, La vida de los otros constituye una muestra ejemplar de cine político en el mejor sentido de la expresión, pues la película alemana desarrolla una historia compleja, en absoluto maniquea, de enorme densidad dramática, que se expresa gracias al concurso de un reparto excepcional, una trama absorbente y una puesta en escena logradísima.

A diferencia de algún título muy publicitado en las últimas fechas, este sí es un cine que merece la pena enseñar en las escuelas (no sólo en las de cinematografía), porque huye de estereotipos y simplificaciones y presenta personajes enfrentados a situaciones que les obligan a elecciones morales muy comprometidas. Que la película consiga del espectador su comprensión y hasta admiración hacia el protagonista, un capitán de la Stasi (la policía política de la antigua República Democrática Alemana), tipo gris y rutinario que sólo vive por y para su trabajo, y cree firmemente en su labor como defensor del socialismo, no es pequeña hazaña. Ahí es nada: demostrar que incluso entre los perseguidores de la libertad puede haber gente decente -y ese es el sentido del título que he dado a esta reseña, tomado de la pieza musical que se convierte en símbolo de la actitud del protagonista-, capaz de renuncias, de sacrificios heroicos, sin otro motivo ni interés que los que le dicta su propia conciencia.

Una de las muchas pequeñas maravillas que se esconden en esta película áspera, tensa, de estética voluntariamente gris y mortecina, tan ajustada a lo que en ella se cuenta, es contemplar la evolución paralela de las conciencias de los dos personajes protagonistas (el dramaturgo Georg Dreyman y el capitán de la Stasi Gerd Wiesler, encargado de espiar al escritor por orden de uno de los jerarcas del gobierno de la RDA), dos hombres muy diferentes que, si no recuerdo mal, nunca intercambian ni una sola línea de diálogo, y que sin embargo despliegan ante el espectador un tejido apasionante de interrelaciones mutuas. El resultado de la convivencia sui generis derivada del espionaje a que Wiesler somete a Dreyman es una modificación de las convicciones de ambos, y una curiosa intimidad a distancia, no por silenciosa y elíptica menos emotiva, que desemboca en uno de los desenlaces más logrados que yo he visto en muchísimo tiempo.

Poco se puede aclarar al respecto si no se quiere dar pistas sobre el argumento de una película que destaca por un guión de gran solidez, perfectamente equilibrado entre lo ideológico y lo narrativo. Así, ni se hacen pesadas las secuencias que ilustran el control por parte de los estados de la vida de sus ciudadanos, el doloroso precio que pagan por la libertad quienes se arriesgan a creer en ella y las inevitables relaciones que en todo régimen político se tejen entre los artistas y el poder, ni tampoco desentonan los lances amorosos o los sorprendentes giros argumentales a través de los que se encauza el final de la historia.

Con interpretaciones excelentes (prodigiosa, a mi modo de ver, la de Ulrich Mühe en el papel del capitán Wiesler, pero también muy poderosa la de Sebastian Koch, a quien vimos hace poco en El libro negro, como el escritor Georg Dreyman) y escenas fascinantes a la par que terribles (todas las que retratan los métodos de la Stasi, significativamente desprovistos de violencia, pero no por ello menos atroces), La vida de los otros es un título imprescindible en el moderno cine político y, más allá de consideraciones genéricas, una muestra de un cine de gran madurez, que sólo cabe mirar con admiración y reconocimiento. Me alegraría mucho que los miembros de la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas compartieran mi opinión.

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