Febrero de 2007

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Portada de la revistaEl segundo número de la revista Hélice, dedicada a las “Reflexiones críticas sobre ficción especulativa”, acaba de ver la luz. El PDF, algo más largo y desde luego mucho mejor maquetado que el primero (véase mi entrada del pasado 18 de diciembre), ofrece un primer plato realmente sustancioso, de la mano de Julián Díez, cuya interesantísima “Propuesta para una nueva caracterización de la ciencia ficción”, constituye, desde el mismo momento de su publicación, una referencia inexcusable.

Todo el artículo es muy brillante (y polémico, en el mejor sentido de la palabra), pero se me permitirá que destaque las páginas 17-18, en las que se trazan cinco posibles caminos para la ciencia ficción española que ningún autor que a partir de ahora quiera publicar dentro del ámbito de este género literario debería desconocer. Y, aunque sea anecdótico, no me resisto a destacar algo que para mí constituye un mérito añadido: ¡que por fin alguien se atreve a poner en su sitio a ese insoportable pestiño que los hermanos Wachowski nos entregaron con la segunda y tercera parte de Matrix!

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Hace algún tiempo que incluyo en el blog publicidad contextual, proporcionada por Google Adsense. Algún dinerillo me deja, aunque no tanto como para sufragar los gastos de alojamiento, que es lo que yo pretendía, con ingenuidad digna de mejor causa, cuando me di de alta en este servicio, originalmente destinado a Lengua en Secundaria.

En todo caso, no publico esta entrada para quejarme de los magros ingresos que percibo, ni tampoco para protestar contra Google y su al parecer imparable carrera hacia la figura del Gran Hermano orwelliano (anteayer vi el vídeo que José Mª González Serna ha incluido en una reciente entrada de su blog, y la verdad es que no faltan motivos para sentirse preocupado por su omnímodo poder), sino más bien para discutir, si es posible con una nota humorística, la eficacia de la publicidad contextual que Google Adsense proporciona.

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Ayer por la mañana me di cuenta de un curioso comportamiento del plugin Ultimate Tag Warrior (versión 3.1415926) en combinación con WordPress 2.1: cuando se publica una entrada diferida, es decir, cuando se programa una entrada para que WordPress la muestre algún tiempo después de su redacción, las etiquetas generadas con dicho plugin desaparecen.

No sólo desaparecen de la entrada sometida a publicación diferida, sino de la lista de etiquetas disponible en el interfaz de edición de WordPress. He comprobado que las etiquetas no se borran de la tabla wp_tags, por lo que el problema afecta sólo a la entrada diferida y tiene, afortunadamente, un alcance limitado. Basta con editar la entrada tras su publicación, volver a teclear las etiquetas (pues, como he dicho, no se muestran en la lista desplegable Choose a tag), y listo.

El bug ya ha sido advertido y descrito en el foro de soporte del UTW3, pero, que yo sepa, todavía no ha sido resuelto. No he probado a actualizar el UTW3 a la última versión (la 3.14159265), porque en los foros se describen algunos problemas alarmantes, que prefiero no padecer.

Subir fotos a la cuenta de Flickr se está convirtiendo en un vicio. Es fácil, cómodo (siempre que se disponga de una conexión a Internet con suficiente ancho de banda, claro, y se utilice alguna aplicación como Flickr Uploadr), y los resultados son fascinantes, incluso aunque el autor de las instantáneas sea el peor fotógrafo del mundo. Si además se utiliza un plugin, como el excelente FAlbum para WordPress, para presentar las fotos en el blog, poco más hay que pedir.

En los últimos días, he creado otras dos colecciones: animales y obras públicas. La primera reúne fotos de bichos diversos, especialmente gatos callejeros, cuya altiva fotogenia los hace irresistible para el objetivo de la cámara. La segunda obedece a una de mis particulares filias, las grandes obras públicas, especialmente embalses e infraestructuras hidráulicas. No ofrecen imágenes de tan poderoso magnetismo como las de los gatos, pero me gustan casi tanto como ellos.

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El sábado escribí sobre una anécdota que me ocurrió cuando estaba destinado en el I.E.S. “Mor de Fuentes” de Monzón. Ayer, otra que sucedió mientras ejercía el cargo de Jefe de Estudios del I.E.S. “Picos de Urbión”, de Covaleda. Pues, bien, como no hay dos sin tres, voy a relatar a continuación otro suceso curioso (e hilarante, por lo menos para algunos), esta vez acontecido en el I.E.S. “Ega”, de San Adrián, Navarra, que es mi tercer y, al menos por el momento, último destino.

Era lunes 19 de marzo, festividad de San José, que a veces se celebra y a veces no en el calendario laboral de la Comunidad Foral de Navarra. Mis hermanos tenían fiesta, Pilar tenía fiesta y, aprovechando el buen tiempo, se había decidido de común acuerdo que se organizaría una comida familiar en las Ventas de Larrión, cerca de Estella. El único que no podría asistir era yo, pues tenía clase en el instituto.

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No es que mi vida de profesor esté repleta de anécdotas tronchantes, aunque haberlas haylas. La que figura a continuación es probablemente la más sabrosa y, junto con la del tren de ayer, la que más veces he contado. Tantas que, en más de una ocasión, algún compañero de fatigas me ha dicho: “Eduardo, para ya, que ya me la has repetido tres veces”.

Resulta que yo estaba destinado en el I.E.S. “Picos de Urbión”, de Covaleda (Soria), y que ejercía el cargo de Jefe de Estudios del Instituto. Teníamos por entonces (debía de ser el curso 1992-93 o el 93-94) unos cuantos alumnos díscolos, que habían pasado a 1º de Bachillerato desde la R.E.M. con pocas ganas de estudiar y muchos proyectos de travesuras en el magín. Una de ellas fue salir indebidamente del instituto, acercarse a un supermercado cercano y mangar un par de cajas de magdalenas Martínez. Según se supo luego, las escondieron por los alrededores del centro y, durante los recreos, se las apañaban para visitar el escondite y ponerse morados de bollería.

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Acabo de leer en el blog de María José Reina un relato muy conmovedor de un leve accidente que ha sufrido en el aula. La anécdota de nuestra compañera (con final feliz y una indudable parte positiva, pues le ha permitido comprobar la estupenda reacción de sus alumnos) me ha animado a poner por escrito algo que me ocurrió en mi primer año como profesor de Secundaria, que transcurrió en el I.E.S. “Mor de Fuentes”, de Monzón, Huesca, durante el curso 1990-91.

Yo solía coger un tren nocturno que me llevaba desde Pamplona a Monzón, ciudad famosa por su castillo, su chopera y sus nieblas invernales. Pues bien, una noche el tren paró en la estación, más o menos a la hora habitual, pero tan lejos del andén y con una niebla tan densa que era imposible saber si el tren había llegado a su destino o se había detenido en medio del campo. Los que solíamos bajarnos en la ciudad del Cinca no sabíamos qué hacer: si bajar a la vía y echar a andar hacia las luces que se adivinaban en lontananza o esperar a que el tren se moviera y nos dejara en el andén, como era su obligación.

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Portada del libroHay ciertos temas que es difícil abordar desde el ámbito de la ficción. Parece como si la transformación en ficciones de ciertos sucesos, de ciertos relatos, los despojara de su verdadera identidad y los convirtiera en una especie de simulacro, de reflejo pálido e insustancial, o bien en un retrato deformado y mentiroso, en una caricatura. El sufrimiento de las víctimas del terrorismo etarra, y la enfermedad moral que ha hecho posible la perduración de esa violencia durante más de cuarenta años (una enfermedad que es tanto causa como consecuencia del dolor infligido a las víctimas) pertenecen a esa categoría de temas que se resisten al imperio de la ficción.

O al menos se resistían hasta la publicación de Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, una espléndida colección de diez cuentos, de diez relatos secos, escuetos, demoledores, que resuenan en la conciencia del lector como durísimos aldabonazos. No creo que sea la primera obra literaria en adoptar decididamente la perspectiva de las víctimas del terrorismo etarra, pero desde luego que constituye un punto de partida para una tarea que la literatura española contemporánea (y no digamos nada de la literatura vasca) tiene pendiente: la toma en consideración del sufrimiento y el envilecimiento de la convivencia debidos a una violencia en la que se mezclan, en proporciones difíciles de medir, el odio ideológico, la xenofobia, el fanatismo revolucionario y el puro matonismo.

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Ya me hubiera gustado celebrar con un número tan redondo algún éxito incontrovertible del blog: por ejemplo, las veinte mil entradas, los veinte mil visitantes, los veinte mil comentarios, las veinte mil citas, pingbacks o trackbacks. Y si no fuera en el blog, en otro ámbito cualquiera: veinte mil días vividos (que equivalen a unos 54 años y pico), veinte mil leguas de viaje submarino, un premio en la lotería de veinte mil euros, qué se yo.

Lo que tengo que celebrar, en cambio, aunque con la boca pequeña, es que el plugin Akismet ha interceptado a lo largo de esta mañana el comentario basura número 20.000, cifra escandalosa donde las haya si se compara con los comentarios legítimos que orgullosamente acumula La Bitácora del Tigre: 740 en el momento de escribir estas líneas. Seguro que cuando leáis la entrada la cifra habrá aumentado; el número real de spams interceptados por Akismet puede verse en la parte inferior de la barra lateral del blog.

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Portada del discoPor esta sección de podcasts, en la que no publicaba desde hace seis semanas, se asoma hoy un gigante de la música para películas, Bernard Herrmann. Compositor favorito de Alfred Hitchcock, para quien escribió las partituras de Algo pasa con Harry, El hombre que sabía demasiado, Falso culpable, Vértigo, Psicosis, Marnie la ladrona y Cortina rasgada, Herrmann fue también autor de las bandas sonoras de muchas otras películas memorables, como Ciudadano Kane y El cuarto mandamiento, de Orson Welles, El fantasma y la señora Muir, de Joseph L. Mankiewicz, Ultimátum a la Tierra, de Robert Wise, La casa en la sombra, de Nicholas Ray, Los desnudos y los muertos, de Raoul Walsh, El cabo del terror, de J. Lee Thompson, Fahrenheit 451 de François Truffaut, Hermanas y Obsesión, de Brian de Palma, o Taxi Driver, de Martin Scorsese. Este último film, que contiene uno de los solos de saxo más estremecedores de la historia del cine, está dedicada a la memoria del compositor neoyorkino, fallecido algunos meses antes del estreno.

Es difícil encontrar otro compositor con una trayectoria de tan altísima calidad. La belleza de sus melodías, la perfección de sus orquestaciones y lo variado de sus recursos musicales lo convierten en todo un emblema de la música para cine. Yo he querido traer a La Bitácora del Tigre uno de sus temas más evocadores, aunque no de los más conocidos, una música maravillosa, poética y al tiempo dramática, con algo de la delicadeza de los impresionistas franceses, pero también con la intensidad subyugadora de las melodías infinitas wagnerianas, que subraya perfectamente las sensaciones de añoranza y pérdida que recorren la película a cuya banda sonora pertenece. Es el “Romance” de Las nieves del Kilimanjaro, un clásico del cine romántico y de aventuras, muy libremente basado en el libro de cuentos homónimo de Ernest Hemingway (la traducción española se puede leer en Ciudad Seva). La película fue dirigida por Henry King en 1952, con dos de los actores más apuestos de la historia del séptimo arte -Gregory Peck, mi actor favorito y Ava Gardner- en el reparto.

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