Haruki Murakami, Tokio Blues

Haruki Murakami, Tokio Blues

Acabo de terminar Tokio Blues (Norwegian Wood), la famosísima novela del escritor japonés Haruki Murakami. En realidad, quería haber leído Kafka en la orilla, pero en la librería El Parnasillo no la tenían cuando fui a comprarla, y acabé por hacer caso de la recomendación del librero, Javier López de Muniáin, quien me aconsejó que iniciara mi experiencia lectora de Murakami con esta novela, el primer gran éxito del escritor japonés.

Seguí el consejo de mi librero, a pesar de que la sinopsis del argumento no me entusiasmaba, más bien al contrario. Tal vez con excesiva suspicacia, suelo desconfiar de las novelas protagonizadas por jóvenes, sobre todo si tratan temáticas supuestamente “juveniles”. Más vale que recordé a tiempo una de las últimas novelas que he leído de tales características, la maravillosa Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro (inglés pero de ascendencia japonesa, vaya coincidencia), porque de otro modo tal vez no me hubiera animado a comenzar Tokio Blues.

Y, la verdad, aunque sea una novela que gira en torno a la difícil adaptación al mundo de los afectos y las emociones de varios jóvenes que viven sus primeros años universitarios, la novela de Murakami tiene poco que ver con lo que convencionalmente suele identificarse con las “novelas juveniles”. Hay una extraña madurez, una serenidad o peculiar equilibrio en el protagonista de este relato que lo aleja de las estridencias, las exageraciones y las vaciedades de esas novelas obsesionadas por pintar a los jóvenes contemporáneos (y no tan contemporáneos) como rebeldes desnortados o asociales.

Ya sé que voy a escribir una barbaridad, pero seguro que el fidelísmo público que lee este blog me disculpará. Todo lo que para mí tiene de antipático e incomprensible el protagonista de una novela como El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, a mi modo de ver muy sobrevalorada (es verdad que yo la leí bastante talludito, pasados los picores de la edad, y acaso proceda de ahí mi incomprensión), lo tiene de atractivo y digno de interés un personaje como Toru Watanabe, que recorre la novela con gran dignidad, que estudia cuando puede y trabaja en lo que el mercado le deja, sin necesidad de ser un histérico o un egoísta, dando afecto y, a veces simplemente sirviendo como paño de lágrimas, a las chicas que entran y salen de su vida.

Aunque su carácter y su personalidad estén lejos de la perfección o de la solidez y el compromiso propios de la vida de adulto, Watanabe se caracteriza por una singular ecuanimidad, por la capacidad de comprender a los demás y entregarles su cariño sin perder con ello el equilibrio y la sensatez. Gran parte de la novela no es otra cosa que un conjunto de conversaciones entre Watanabe y los dos personajes más memorables de la novela, la inestable Naoko (que fue novia de Kizuki, el mejor amigo de Watanabe y uno de los suicidas que aparecen en el relato) y de Reiko, una mujer ya madura con la que Watanabe hace amistad cuando visita a Naoko en la casa de reposo donde la muchacha se repone de sus trastornos psicológicos. También otras mujeres pasan al lado de Watanabe, o entre sus brazos: Midori, una universitaria activa y dicharachera, con una penosa historia familiar a sus espaldas, y la triste y vulnerable Hatsumi, la novia de Nasagawa, una especie de aspirante a superhombre nietzscheano, al que Watanabe trata con una curiosa y distanciada admiración.

La novela está contada en forma de un largo y detallado flashback, a partir de la perspectiva de un hombre maduro (Toru Watanabe, trasunto en muchos aspectos del propio Murakami) que desde el presente de sus treinta y siete años, acuciado por el recuerdo de la canción de los Beatles que da título al libro, evoca su pasado. Esta mirada retrospectiva, inevitablemente elegíaca, tiñe todo el libro de una peculiar tonalidad emocional, con matices que abarcan desde lo trágico, por la presencia constante del leitmotiv del suicidio y el desequilibrio mental, hasta elementos de la estética posmoderna, como las referencias al mundo del jazz (por entre las páginas de la novela aparecen Bill Evans, Miles Davis, John Coltrane y tantos otros) y al pop de los sesenta, de importancia clave en la configuración de los personajes, especialmente el de Reiko.

Uno de los aspectos que probablemente explican el éxito internacional de esta novela, por otra parte muy japonesa por la finura de los detalles y la sensibilidad literaria del autor, es el medio en que se desarrolla, abrumadoramente urbano (salvo en el episodio que transcurre en el sanatorio rural donde convalece Naoko), en el que los cines, las tiendas, los bares de copas y de jazz, las residencias y comedores universitarios, las calles y paseos, los locales de comidas (estas últimas, tan importantes en la prosa de Murakami, según tengo entendido) adquieren una enorme relevancia. Curiosamente, y es uno de los aspectos de la novela que más me han gustado, este universo urbano tiene una textura poética, a veces casi lírica, muy sugestiva. No sé si se debe a la sutil atención a los detalles, o a la naturalidad y viveza con que Murakami los presenta o a la perspectiva desde la que lo contempla Toru Watanabe, pero el Tokio que pinta el novelista se hace próximo, cercano, sin que ello excluya en varios momentos una sensación muy distinta, la de una urbe gigantesca, anónima, del todo ajena a los sufrimientos y zozobras de los personajes.

También merece la pena destacar la habilidad con que Murakami construye sus extensas conversaciones, que constituyen uno de los mejores hallazgos de la novela. Los diálogos del escritor japonés, fluidos, rítmicos, en los que se entremezcla lo prosaico y lo trascendente, lo vulgar y lo elevado, lo patético y lo humorístico, forman una combinación de gran atractivo para el lector. Uno no se cansa nunca de leer estos largos diálogos que sustentan muchas de las mejores escenas de la novela, porque además de estar muy bien escritos (y muy bien traducidos por Lourdes Porta), tienen la viveza, el dinamismo y la verosimilitud que sólo logran los grandes novelistas.

Acabo de hablar de ritmo y lo cierto es que Murakami posee la agilidad y el andar ligero y de gran fluidez de un narrador de indudable talento. En Tokio Blues apenas hay acción, apenas “pasa” nada que no sea la peripecia estrictamente personal de sus personajes, y sin embargo la novela nunca se hace pesada o rutinaria, sino que destaca por lo elegante y armonioso de la narración. Puede que en ciertas ocasiones el lector eche en falta una mayor variedad de tonos o un mayor vuelo imaginativo (si ése es todo el reproche que cabe hacer al Murakami de esta novela, léase Kafka en la orilla, de la que ya llevo casi doscientas páginas deliciosas), pero la emoción de la mayor parte de los pasajes, siempre sincera y transparente, y el humor delicado de otros muchos (a pesar de lo triste de numerosos episodios es una novela que a mí me ha resultado más bien risueña y positiva), contribuyen a sostener la tensión interna del relato.

No me extraña el éxito de Tokio Blues y de la narrativa de Haruki Murakami. Tal vez ésta no sea una novela sublime, pero tiene algo que engancha: una especie de ensimismamiento de los personajes, que parecen vagar por el Tokio de la novela sin padres, casi sin familias, con pocos amigos, reconcentrados en una suerte de abstracción de los sentimientos y las pasiones que respira modernidad sin perder al mismo tiempo su esencia intemporal. Leyendo Tokio Blues no pude resistirme a traer a la imaginación los recuerdos del episodio tokiota de Babel, de Alejandro González Iñárritu, que tiene algo (o mucho) de la peculiar atmósfera murakamiana. Ahora bien, hay una calidez, una emoción y un elegante patetismo en Tokio Blues que yo no sentí en Babel, y que son los que compensan la enorme distancia cultural que media entre las experiencias de los jóvenes japoneses de finales de los años sesenta y las del lector europeo contemporáneo.

Una distancia cultural que, de forma muy llamativa, no parece tan grande en varios episodios. Por mucho que Murakami sea, como suele señalarse, uno de los novelistas japoneses contemporáneos más occidentalizados, resultan muy curiosos para el lector occidental (o, al menos, para mí) determinados aspectos de la vida japonesa, como la escasa ritualización que se observa en las conductas de sus personajes, o la libertad con que se acercan a experiencias afectivas y sexuales que probablemente siguen siendo problemáticas para los jóvenes españoles de ahora mismo, y mucho más para sus pares en la España del otoño de 1969, cuando comienza la novela. Hay, incluso, alguna coincidencia verdaderamente singular entre Tokio Blues y la cultura popular occidental, como pone de relieve la siguiente declaración de Midori:

-En una caja de galletas hay muchas clases distintas de galletas. Algunas te gustan y otras no. Al principio te comes las que te gustan, y al final sólo quedan las que no te gustan. Pues yo, cuando lo estoy pasando mal, siempre pienso: “Tengo que acabar con esto cuanto antes y ya vendrán tiempos mejores. Porque la vida es como una caja de galletas” (p. 330).

Cualquiera diría que este es un ejemplo de una peculiar gramática parda extraída de la famosa escena de la caja de bombones de Forrest Gump. Pues no, en todo caso al revés, porque la película de Robert Zemeckis es de 1990, y la novela de Murakami de 1987.

No faltan obviedades de este estilo en Tokio Blues, pero tampoco episodios de una emotiva sentimentalidad, como el encuentro final entre Reiko y Watanabe, en el que ambos recuerdan a su amiga Naoko con una interminable lista de temas musicales que es toda una antología del pop occidental. El episodio, hermosísimo, termina con la despedida de Reiko:

-Sé feliz -dijo Reiko en el momento de separarnos-. Ya te he dado todos los consejos que podía ofrecerte. No me queda nada que decir. Sólo que seas feliz. Te deseo la parte de felicidad que le correspondía a Naoko, y también la mía (p. 382).

Haruki Murakami, Tokio Blues (Norwegian Wood), Barcelona, Tusquets Editores (Col. “Andanzas”, 575), 2006 (11ª ed.), 383 páginas.

En la reseña de una novela como ésta no podía faltar la cita musical. Y, claro está, tenía que ser la de “Norwegian Wood”, el tema de los Beatles, que invoco aquí en la versión publicada en uno de sus muchos discos recopilatorios:

The Beatles, 1962-1966, CD2, pista 6. 1993, EMI Records Ltd. Los nostálgicos del grupo de Liverpool pueden consultar la letra en Musica.com.

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