Hoy publica El País en la sección de “Sociedad” uno de esos artículos de titular escandaloso y tono más o menos apocalíptico que tanto gustan a los teóricos de la prensa escrita. El artículo se titula “El ciberespacio se come al libro”, y después de examinar algunas cifras -“en el mundo hay tal cantidad de información digital que, con ella impresa, se podría envolver el planeta cuatro veces”, “en 2006 se crearon 161.000 millones de gigabytes de información”, “los particulares producen el 70% de los contenidos”-, ofrece un negro panorama sobre las posibilidades de los sistemas de almacenamiento actualmente existentes para archivar ese creciente y oceánico caudal de información.

Menos mal, me he dicho a mí mismo. Porque, seamos serios, esa inundación de teras, petas y exas que se nos viene encima está formada en un porcentaje enorme por contenidos de escaso o nulo interés de cara a su conservación para la posteridad: chafardeo, blablablá, refritos (“sólo una cuarta parte es original”, señala el matutino), pichorradicas diversas en distintos estados de cocción. Si de repente desapareciera la especie humana de la faz de la tierra y mágicamente se conservara toda su producción digital, una especie alienígena que viniera a ocupar nuestro nicho ecológico y recogiera nuestros (sub)productos digitales comprobaría con asombro la inveterada y sistemática afición del ser humano por la tontería y el cachondeo.

Qué son, sino chiste, cotilleo y juerga, gran parte de los vídeos de YouTube, muchas de las fotos que almacena Flickr, un porcentaje altísimo de las entradas de la blogosfera. Yo soy el primero que no derramaría lágrimas de cocodrilo porque la mayor parte de mi producción digital se perdiera en el caos y en el aumento de la entropía. No digo toda, porque uno tiene su corazoncito y su vanidad, pero sí el 98 por ciento. De hecho, así va ocurriendo: los documentos digitales que creé hace diez o doce años andan por lugares recónditos de mis discos duros, y nunca o casi nunca los reviso. Las fotos digitales, que almaceno en tres o cuatro sitios (por si acaso) son en su mayor parte un peso muerto. De los pocos vídeos que me he atrevido a rodar, mejor no hablar… Si yo mismo no realizo hercúleos esfuerzos por preservar esa información, ¿por qué habría de delegar la empresa en mis hijos (como no los tengo, en mis sobrinos)?

Quizás convenga tener presente en este asunto la analogía con la mente humana, y el ejemplo de delirio y de tortura china que nos brinda Jorge Luis Borges en ese cuento sublime que es “Funes el memorioso”. ¿Que sería de nuestra existencia si recordáramos todas nuestras experiencias, todas y cada una de nuestras conversaciones, los detalles minuciosos de días perfectamente aburridos y prescindibles que, sin embargo, no hemos tenido otro remedio que vivir? Pues algo parecido propongo para tanta información que no es sino cacofonía, ruido, confusión y pura inanidad digital: que desaparezca, lenta y compasivamente, en el olvido.

Más les valiera a las instituciones, los gobiernos y la industria dedicar sus esfuerzos a la preservación del saber que tiene auténtico valor y trascendencia (ah, pero quién va a determinar cuál es, comprendo que es ponerlos ante un brete de enormes proporciones), que perder el tiempo prestando oídos a tanta jeremiada como se oye por ahí. Al fin y al cabo, las pérdidas y los olvidos son hechos de la vida: de Aristóteles se perdió mucho, aunque otro mucho se recuperó a partir de sus textos originales, de sus copias, de sus anotadores, versionadores y escoliastas.

Con semejante ejemplo a la vista, tal vez no fuera una mala solución permitir que el darwinismo a ultranza actúe con sus deletéreos efectos sobre el universo digital. De hecho, cuando la naturaleza sigue su curso suele crear resultados tan bellos como perdurables. Cito de nuevo a Borges, en “El Sur”, a propósito de un hombre muy viejo, “los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.

A lo mejor es ese mismo destino el que debe aguardar a esa turbamulta monstruosa de contenido cibernético. O quizás haya que inventar nuevos mecanismos, por ahora casi inimaginables, que aseguren la transmisión del saber de acuerdo con las nuevas formas y maneras que el universo digital está imponiendo. Yo, en cualquier caso, tengo una confianza relativa en la capacidad de la tecnología para resolver todos los problemas. Puede que, en última instancia, nuestra sociedad se vea obligada a reinventar instituciones de recio sabor literario, como la de los hombres-libro de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, o los mentat que describe Frank Herber en la saga de Dune. Quién sabe.

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