Elisa Armas, una de las más fieles seguidoras de La Bitácora del Tigre, me ha pedido en un comentario que apoye la causa del IES Antonio Domínguez Ortiz, del barrio sevillano de Las Tres Mil Viviendas, amenazado por la posible desaparición de los bachilleratos que hasta ahora se cursaban en el centro. Lo hago con gusto, porque es una causa que vale la pena, al igual que la del IES Bovalar de Castellón, donde trabaja Antonio Solano, colega bloguero y también asiduo visitante de la guarida del Tigre.

Por muy justas y razonables que sean las reivindicaciones de los dos centros, no dejo de preguntarme si el hacer público mi apoyo a través de la bitácora es una idea acertada. No hay día que no vea en la blogosfera educativa una causa que goza de mis simpatías, o una plataforma con la que podría colaborar, o una polémica que me tienta a echar mi cuarto a espadas. ¿Por qué intervenir en unos asuntos y no en otros?, ¿a cuáles hay que prestar crédito y en cuáles es mejor tomarse un respiro y dejarlos correr? Son preguntas que me hago con frecuencia, y que me han animado a redactar esta entrada. En realidad, mi reflexión pretende tener un alcance más amplio, pues afecta a un aspecto que raramente he visto tratado en los blogs educativos: las circunstancias, condiciones y límites que determinan la presencia pública de sus autores.

Cuando un blog comienza, y a no ser que su autor o autora sea bien conocido por razones diferentes a su actividad bloguera, es tan libre como un pájaro. Los presupuestos que puedan aplicársele son los que el autor libremente le impone, no siempre de forma del todo consciente, y a menudo en un proceso sinuoso, lleno de vaivenes, idas y venidas, avances y retrocesos, de resultados inciertos pero siempre apasionante por su complejidad y por lo azaroso e inestable de sus resultados.

El blog crece y con él las responsabilidades que acarrea (o sus “cadenas”, por citar una expresión que José Mª González-Serna utilizó recientemente en una entrada imprescindible sobre este asunto). El bloguero o la bloguera tienen que atender a sus deberes de edición: crear contenido sobre sus temas favoritos, cumplir con la periodicidad autoimpuesta, atender a los compromisos adquiridos. A nada que el blog cobre cierta fama, el bloguero comienza a ser requerido por otros colegas para muy diversos fines y propósitos, a los que no siempre es posible dar respuesta satisfactoria, y tal vez sufra cierta ansiedad: la responsabilidad de dar siempre la talla, de cumplir las expectativas, de ser persona cabal y no defraudar al público quizás no sea una cruz muy pesada, pero es una cruz.

Añádanse a ello las zozobras que se suscitan en el ánimo de los autores de blogs cuando la blogosfera se enardece con asuntos de la actualidad política o social (y algo de esto hemos visto en la última semana), con debates educativos que tienen un correlato ideológico evidente, con la presentación de manifiestos e iniciativas de todo tipo que solicitan adhesiones, apoyos, votos. Otras veces el autor del blog tiene que enfrentarse a los cantos de sirena que suenan a su alrededor en forma de taimadas propuestas comerciales, ocultas bajo la apariencia de beneficios o ventajas para la difusión de sus textos. En todas estas situaciones, ¿qué hacer?, ¿cómo comportarse?, ¿de qué lado estar?

Son preguntas para las que yo no tengo respuestas satisfactorias. De hecho, a veces pienso de una manera, y a veces de otra. Estoy más o menos seguro de mis gustos literarios y cinematográficos, de los experimentos que practico sobre mis propias carnes informáticas con las herramientas que me brindan las TIC, de ciertas experiencias y propuestas didácticas, pero no tanto de que mis opiniones sobre muchas cuestiones políticas, sociales o educativas a cuya toma de posición me urge implícitamente la blogosfera educativa estén del todo fundadas, sean sensatas o, simplemente, dignas de ser expuestas (al fin y al cabo, no me importa reconocer que desde una perspectiva ideológica soy una persona bastante convencional).

Por eso yo suelo optar, en la mayoría de temas que tienen una coloración polémica, por callarme. No es tanto una declaración de independencia (por otra parte, una tendencia irresistible, que es probablemente la que más se compadece con mi personalidad y los rasgos de mi carácter), como una manifestación de timidez y de una resistencia casi patológica a dejarme clasificar. Siento en más de una ocasión, sin embargo, que con esta actitud me coloco al margen del discurso predominante en los blogs educativos, tan densamente conectados por redes de afinidades mutuas, de lealtades, de agrupamientos nacidos y cultivados al abrigo de las relaciones blogosféricas y también en su exterior.

Recuerdo que una vez oí al insigne Francisco Rico responder a la pregunta de una madura poetisa, que se quejaba de incontables dificultades para publicar, con el argumento de que el artista está obligado a ser parte de un grupo, de una comunidad, si pretende que su palabra sea escuchada. “De la voz solitaria no hace caso nadie”, vino a decir Rico, de manera harto arrogante. No me cabe duda de que, con la excepción de contados genios (entre los que no tengo ninguna esperanza de contarme), es así, pero el remedio de Rico para combatir el anonimato me parece un trágala difícilmente conciliable con mi modo de ser.

Y, además, qué diablos, cuando Rico le contestó tan desabridamente a aquella señora todavía no se había inventado esa libérrima plataforma de expresión que es un blog.