A lo largo de las pasadas semanas, la blogosfera educativa se ha hecho eco de la desaparición de algunas bitácoras que habían alcanzado indudable notoriedad. Son los casos (y que me perdonen los autores si me dejo fuera de la lista algún otro blog), de El Suplemento ocasional, de Leonor Quintana, y Profesor en la Secundaria, de Joselu, ampliamente comentados en la comunidad bloguera, y especialmente en las bitácoras de los colegas docentes de Lengua Castellana y Literatura.

No sé cuáles serán las causas últimas que han llevado a Leonor y Joselu a dar carpetazo a sus proyectos, aunque no es difícil imaginarlas: “cierre por desánimo”, señala Leonor en su última entrada, del 18 de marzo, y Joselu apunta en la suya de 27 de febrero: “me falta esa íntima vocación de publicar, de comunicarme respecto a temas educativos”. Independientemente de razones personales, que pertenecen a la intimidad de cada uno, es fácil caer en el desánimo cuando el autor o autora de un blog hace examen de conciencia y analiza los ímprobos esfuerzos que cuesta publicar con asiduidad, mantener la bitácora a salvo de contingencias, llenarla de contenido y servicios que puedan resultar atractivos y útiles, y hasta mantener el tipo ante casos de abuso o incomprensión.

Viene todo esto a propósito del cese momentáneo de actividades que ha sufrido La Bitácora del Tigre, desactivada por su proveedor de alojamiento durante algo más de veinticuatro horas a causa de un fenómeno tan críptico, al menos para quien firma estas líneas, como el “high CPU usage”, es decir, la excesiva carga del servidor. Aunque he analizado con cierto detenimiento los registros que mi proveedor me ofrece, he sido incapaz de detectar dónde reside la causa última de semejantes excesos, que tal vez quepa atribuir a ese fenómeno paradójico denominado “morir de éxito”: la creciente popularidad del blog y la acumulación de funciones y servicios que en él he ido instalando en los últimos meses, a través de los consabidos plugins de WordPress, han provocado una sobrecarga que el delicado corazón del servidor no ha podido soportar.

Así que, con harto dolor de mi corazón, me veo obligado a someter al blog a medidas drásticas: la primera y más inmediata habrá de ser una cura de adelgazamiento, consistente en suprimir funciones de la bitácora, es decir, desactivar los plugins menos necesarios y sus páginas y servicios asociados; la segunda podría consistir en buscar aires más saludables y cambiar de proveedor de alojamiento, con su inevitable corolario en forma de búsquedas, comparaciones, gestiones diversas y persistentes dolores de cabeza; la tercera, la más radical, supondría cerrar el chiringuito.

Esta última opción la descarto por principio, por vanidad y porque el Tigre tiene la cabeza más dura que una piedra (ya lo dice el chiste: “-¿Cómo se meten cien navarros en un Seiscientos? -Diciéndoles que no caben”), aunque ganas no me faltan, sobre todo cuando pienso en los sinsabores que de vez en cuando ocasiona la labor bloguera. Todavía no he decidido cuál de entre las dos primeras voy a adoptar, y a tal efecto pido de la benevolencia de los compañeros blogueros algún consejo:

  • ¿Es normal que un servicio de alojamiento se “queje” porque WordPress carga en exceso sus máquinas? En los servidores que alojan mi blog no hay otra cosa que scripts PHP y código JavaScript (pero este último se ejecuta en los navegadores de los clientes, si no estoy mal informado) y unas cuantas imágenes. ¿Alguien tiene datos fiables sobre el consumo de recursos de plugins como FAlbum, Image Manager, Share This, Spam Karma 2 o Ultimate Tag Warrior 3?
  • ¿Detrás de cuál de los infinitos parámetros de los planes de alojamiento se esconde ese fantasma que es el “CPU usage”? Debo de ser muy torpe, porque no he sido capaz de encontrarlo en las ofertas de siete u ocho compañías de alojamiento que he consultado en las últimas horas. Ninguna informa sobre dicha variable, aunque todas hablan y no paran de ancho de banda disponible para transferencias mensuales, capacidad de alojamiento, número y tamaño de las bases de datos que se pueden utilizar, etc.
  • ¿Son suficientes los planes de alojamiento compartido para un blog personal que use WordPress y tire de plugins a troche y moche? A la luz de las cifras que he visto por ahí, yo estaría tentado de contestar afirmativamente, pero la experiencia me hace temer que las compañías de alojamiento se guardan algunos ases en la manga. Claro que cabría la opción de pasarme a un plan con un servidor dedicado, pero los precios son prohibitivos para un blog amateur como el mío.

Y tras la petición de consejo, algunas consideraciones sobre las repercusiones o efectos indirectos del bloguerismo que se hace por amor al arte, sin otro fin inmediato que la satisfacción de la “íntima vocación de publicar” a la que con tan hermoso apasionamiento se refiere Joselu en la penúltima entrada de Profesor en la Secundaria:

  • Tras de una bitácora que se actualiza regularmente hay muchas horas de escritura, pero también de búsqueda, investigación y análisis, y no pocos quebraderos de cabeza como los que he relatado en este artículo. Aunque no sea más que por esa razón, el trabajo y el esfuerzo del autor o autora de un blog deben respetarse de acuerdo con las convenciones de la etiqueta bloguera y de acuerdo también con la licencia (copyright, copyleft, Creative Commons, dominio público, etc.) que en cada caso se haya escogido para publicar el blog.
  • Comprendo que haya personas a quienes les parecen exageradas o fuera de lugar las reacciones de indignación que algunos blogueros mostramos cuando creemos que se ha abusado de nuestro trabajo. Hay que aceptar esas discrepancias con espíritu deportivo, como consecuencia inevitable del pacto implícito que adquirimos con los lectores y los colegas al salir a la plaza pública a contar nuestra vida y milagros. Dicho esto, mantengo que estamos en nuestro derecho de darnos a todos los demonios en tales casos, y de pedir las explicaciones oportunas.
  • Ya sé que hablar en público de dinero tiene mala prensa, pero llega un momento en que la mención del tema resulta inevitable. A mi modo de ver, si el creador de un blog paga por alojarlo, y sobre todo si su dinero se invierte en garantizar la calidad del servicio, no parece descabellado intentar alguna forma de remuneración elegante y discreta, que no interfiera con los contenidos ni fuerce la voluntad de los visitantes. La publicidad al estilo AdSense de Google o los micropagos asociados a servicios de valor añadido pueden ser soluciones aceptables, siempre que se declaren y se integren en el blog sin llamar a engaño.

Finalizo esta entrada con un ofrecimiento público de excusas a toda la comunidad bloguera por la pérdida de servicio experimentada por La Bitácora del Tigre durante el 28 y el 29 de marzo, así como por los cambios que probablemente me vea obligado a realizar en el blog (supresión de plugins y servicios, restricción en el acceso a ciertas páginas estáticas, etc.) durante los próximos días. Es el precio que tengo que pagar por el carácter no profesional del blog y por las grandes lagunas técnicas que no he tenido tiempo (ni talento) de llenar.

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