Cartel de la películaHacía hoy en Pamplona un tiempo muy desapacible (en el valle de Baztán ha llovido a mares y se han desbordado los ríos) y no nos apetecía ir al cine, como solemos hacer los viernes por la noche. Así que, por enésima vez, hemos puesto en el reproductor de DVD del cuarto de estar El hombre que mató a Liberty Valance, una de las mejores películas de John Ford, que es lo mismo que decir una de las mejores películas de la historia del cine.

No me siento capaz de añadir nada original a todo lo que se ha dicho y escrito sobre este largometraje, pero sí me gustaría glosar una secuencia que no se cuenta entre las más comentadas de la película. Me refiero al episodio en que el personaje del abogado Ransom Stoddard (James Stewart) imparte su clase de ciudadanía a un público heterogéneo formado por niños mexicanos y adultos analfabetos. Entre estos últimos, unos cuantos peones de los ranchos cercanos al pueblo y dos magníficos personajes secundarios: Hallie, la futura señora Stoddard, y Pompey, el empleado negro del ranchero Tom Doniphon (John Wayne, coprotagonista del film).

Es Hallie (Vera Miles, una de las actrices que mejor supo encarnar a las indomables mujeres fordianas) quien, afanosa por aprender a leer, reclama a Ransom para que entre en clase, quien se ocupa de dirigir el coro de los niños que cantan el alfabeto inglés y quien organiza el aula. Y Pompey, con esa gallardía poderosa y contenida que tan bien sabía representar el inolvidable Woody Strode (recuerden los aficionados sus papeles en El sargento negro y Espartaco) el que balbucea, de pie y con el sombrero entre las manos, las lecciones aprendidas durante las horas de clase robadas a su trabajo en el rancho.

El profesor no es otro que un James Stewart que derrocha en su papel de maestro sobrevenido la bonhomía, la paciencia y la dignidad que casi siempre encarnó en sus papeles más característicos y entrañables. Es ese mismo James Stewart del que todo el mundo habla bien en una industria como la del cine, tan propicia al cotilleo y la maledicencia (véase la recopilación de anécdotas que ilustran su biografía en la IMDB), que no sólo era valiente en su papel del abogado Ransom Stoddard (se jugó el tipo durante la Segunda Guerra Mundial, pilotando un bombardeo en numerosas misiones de combate) y que estuvo casado durante cuarenta y cinco años con su esposa Gloria.

El profesor Stoddard sabe reconvenir a sus alumnos con amabilidad y tacto (antológica su forma de reñir al alumno que hacía pellas pescando en el arroyo, no tanto por faltar a clase sino más bien por no haber pescado nada), elogia sus aciertos y disculpa con inteligencia sus errores. Aunque su profesión no sea la de maestro, es un pedagogo excelente: ofrece públicamente sus excusas cuando falta a su deber de puntualidad, tiene recursos para integrar la realidad cotidiana en su práctica didáctica (afirma que “el mejor libro de texto del mundo” es la primera página del diario Shinbone Star), y afronta con convicción y energía contenidos nada fáciles de transmitir. Por supuesto, los alumnos están a la altura: son obedientes, sinceros y respetuosos con el profesor hasta la devoción, con un punto de adorable ingenuidad en los adultos y la frescura típicamente fordiana en los gestos y actitudes de los niños.

El hombre que mató a Liberty Valance es una de las grandes películas educativas de la historia del cine, y no sólo porque en ella aparezca una escuela durante diez minutos espléndidos de intensidad cinematográfica y conocimiento de la naturaleza humana. En el film de John Ford se aprenden lecciones de vida y comportamiento que en nada se parecen a las que promueven esas películas contemporáneas con temáticas presuntamente educativas, tan traídas y llevadas por festivales y eventos culturales, que a menudo son de de una simpleza abrumadora, o pretenciosas hasta la náusea.

Y son, por cierto, lecciones difíciles, escurridizas, incluso amargas: la necesidad de que la civilización triunfe sobre la barbarie, aun cuando ello obligue al ejercicio ocasional y paradójico de la violencia; la renuncia a la reclamación de la fama y el heroísmo personal en momentos en que el valor superior del beneficio público lo exige; la capacidad de prescindir, honrada y silenciosamente, de los más íntimos anhelos. Lecciones todas ellas que John Ford sabe expresar con una falta de énfasis, una naturalidad y un dominio del lenguaje cinematográfico que sólo cabe calificar como asombrosos.

Supongo que, al leer las líneas precedentes, más de uno de los lectores de La Bitácora del Tigre pensará que ya no quedan escuelas como la de la pequeña ciudad del Oeste que retrata El hombre que mató a Liberty Valance. Hace poco conocí una, en un pueblo de Navarra con cuyas profesoras había hablado pocas fechas antes por teléfono, a causa de un asunto relacionado con la instalación de su red informática. Llegué al centro cuando los chicos, muchos de ellos inmigrantes hispanoamericanos, se iban a casa a comer, de la mano de sus madres o de sus hermanos mayores. La maestra titular de la escuela, una mujer encantadora, me acogió con una calidez y una amabilidad insólitas, me presentó a sus compañeras y me enseñó el aula principal de la escuela, toda llena de plantas, con los muros decorados por dibujos que ella misma había pintado muchos años atrás.

Me llevé una gratísima impresión. Hoy, al ponerme a escribir estas líneas, me he acordado de aquella aula luminosa y de las profesoras con quienes charlé. Qué hermosa película hubiera rodado John Ford sobre ellas y su escuela.

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