Cartel de la película Bajo las estrellas

Cartel de la película Bajo las estrellas

No siempre es fácil valorar con ecuanimidad una película española, sobre todo cuando ha sido acogida con elogios por la mayor parte de la crítica y cuenta con el aval de festivales cinematográficos prestigiosos. Si, además, su director es paisano del reseñista y la película transcurre en escenarios fácilmente reconocibles para quien firma el comentario, el afán de objetividad se torna una aspiración casi imposible.

Seguro que los aficionados al cine habrán adivinado ya en este cauteloso párrafo inicial el objeto de la reseña, que no es otro que Bajo las estrellas, el primer largometraje del director pamplonés Félix Viscarret, premiado en el Festival de Cine Español de Málaga con los galardones a la mejor película, mejor dirección, mejor actor y mejor guionista novel. Yo fui a verla hace unos días y, si he de ser sincero, no encuentro motivos para tantos y tan diversos premios. Es verdad que el guión contiene muchos aspectos valiosos y que la interpretación del actor protagonista, un Alberto San Juan con oficio y tablas más que sobrados, resulta muy brillante en ocasiones.

En cambio, tomada en su conjunto, Bajo las estrellas no es la película indiscutible que sugiere el palmarés del festival malagueño, pues su desarrollo es demasiado irregular y sus altibajos demasiado evidentes. Los indudables méritos de una historia y unos protagonistas muy atractivos (como no he leído El trompetista del Utopía, la novela de Fernando Aramburu en la que está basada la película, no sé cuáles corresponden a la novela y cuáles a su adaptación cinematográfica) se desaprovechan en un relato que tarda en coger ritmo y cuya primera parte, sobre todo, contiene varios momentos especialmente desafortunados. Con todo, hay que admitir que la película mejora conforme se desarrolla la trama: una vez que los personajes se afianzan en su espacio, y después de que Viscarret se desprenda de esa especie de prurito de capturar el “sabor local” (por muy irónica o sarcástica que sea su perspectiva) que domina los primeros treinta o cuarenta minutos de la cinta, Bajo las estrellas gana muchos enteros y se convierte en una historia emotiva, entrañable, que deja en el espectador un recuerdo poderoso.

Lo más atractivo del largometraje se encuentra en su personaje protagonista, Benito Lacunza (o Beni Lakun, nombre artístico del trompetista), un sinvergüenza de muchos defectos pero también un calavera simpático y seductor, que ejerce su oficio en un tugurio madrileño, con escaso éxito y magras perspectivas. Al enterarse de que su padre está a punto de morir, Benito emprende viaje a su localidad natal, Estella, donde se reencuentra con su hermano Lalo (el “Hierros”) y con una novia de juventud, la Nines, y la hija de ésta, Ainara.

La estancia de Benito en la ciudad del Ega se plantea inicialmente como un relato de un costumbrismo entre sarcástico y grotesco, que intenta explotar los efectos del choque entre la experiencia madrileña del protagonista y el localismo provinciano. Aunque este contraste da pie a ciertos episodios chuscos e irreverentes, no exentos de humor, en general resulta forzado, repetitivo y, en ciertos casos (la secuencia del encuentro nocturno de Benito con la farra de amigotes jatorras o el enfrentamiento del trompetista con un grupo de abertzales que le propinan una soberana paliza) muy mal resuelto, hasta el punto de que el espectador que conoce tales situaciones de primera mano no puede evitar una cierta sensación de vergüenza ajena.

En cambio, a partir del momento en que Benito se encuentra con Ainara (qué interpretación tan deliciosa la de la niña Violeta Rodríguez) y comienza entre ambos personajes una relación de mutuo cariño y fascinación, la película mejora a pasos agigantados. En efecto, la historia se olvida del localismo, se adensa en el retrato de los personajes y comienza a transmitir una emoción genuina que consigue mantenerse hasta el desenlace. En concreto, la evolución del protagonista hacia una madurez responsable y comprometida, lejos de afanes juveniles que acaban por demostrarse ilusorios, y la enseñanza que con su vida y con su muerte transmite su hermano Lalo, a modo de afirmación de una voluntad inquebrantable por cumplir los dictados de la propia conciencia, adquieren un nivel de sincera emotividad y de rotunda lección moral que pocas veces se ha visto en el cine español contemporáneo.

Es una lástima que la película tarde tanto en llegar a este punto, y que sus primeros cuarenta o cincuenta minutos sean tan insatisfactorios no sólo en lo que concierne al planteamiento de guión, sino incluso en aspectos relacionados con la puesta en escena y los movimientos de cámara. Ya sé que hay espectadores que tendrán una opinión muy distinta, pero a mí no me gustan nada los montajes con discontinuidades deliberadas de los planos, ni tampoco ese modo de contar, pretendidamente realista, que consiste en mantener la cámara en movimiento inestable. Cuando veo estos artificios, casi siempre tengo la sensación de que me están tomando el pelo.

Tampoco me parece muy acertado el ambiente de desolación “industrial” que la película propone en ciertas escenas, como las que ilustran el viaje de Benito desde Madrid a Estella (con planos muy efectistas de la planta de biocombustibles de Caparroso y la central térmica de Castejón), o las que transcurren en la chatarrería donde vive Nines. Son momentos poco naturales, impostados, que parecen más propios de una película alternativa norteamericana que de una española. Y algo semejante cabe decir de ciertas escenas nocturnas, con el cielo cuajado de estrellas y el fondo musical de Enrique Morente, en una versión casi irreconocible del tema “Stella by Starlight”, auténtico leitmotiv de la película: lo que se pretende como un interludio de carácter poético y lírico ofrece, en realidad, un aspecto poco consistente y de dudosa coherencia con respecto al conjunto de la historia.

El capítulo de las interpretaciones no se salva de la irregularidad que a mi modo de ver caracteriza la película: mientras que la de Alberto San Juan (que desde hace tiempo borda los papeles de caradura simpático) y Violeta Rodríguez son muy atinadas, la de Julián Villagrán se me hizo algo forzada, aunque habría que precisar en su descargo que el personaje del “Hierros” es muy difícil de interpretar, y todo un reto para un actor. Por último, Emma Suárez se muestra demasiado envarada y fría en su personaje de la Nines, que a buen seguro hubiera agradecido algo más de intensidad y poder de convicción.

Dicho todo lo cual, me gustaría romper una lanza a favor de Félix Viscarret, porque Bajo las estrellas, con todos sus defectos e insuficiencias, demuestra, aunque sea de forma discontinua y poco satisfactoria, muy buenas maneras de director de cine. No es una película para volcarse en ditirambos, pero tampoco para arrojar al arroyo. Una estimación más prudente y más matizada es, creo yo, la que mejor y con más justicia le corresponde.