5 comentarios a “Y el trigésimo séptimo descansó”

  1. Nacho

    Espero que, además de haber tenido una buena ponencia, hayas disfrutado de la tierruca el tiempo que hayas estado por aquí. Al menos el tiempo te ha acompañado. Después del otoño que comenzamos a mediados de Agosto ya era hora de que pudiésemos solearnos un poco.

  2. Eduardo Larequi

    Lo he pasado muy bien, Nacho, y he disfrutado de la estancia y de las alegrías santanderinas. Una cosa me ha llamado la atención: para el mal tiempo antológico que se dice que tiene Santander, es increíble el número de heladerías de su fachada marítima. Y a mí me chifla el cucurucho de limón.

  3. La Bitácora del Tigre · A la vuelta de Santander

    [...] vuelto de Santander muy contento: hizo muy buen tiempo (incluso demasiado calor para mi gusto), la organización y la [...]

  4. Nacho

    No sabría decirte con seguridad de donde viene lo de los helados en Cantabria. En los valles pasiegos hubo dos tradiciones que han terminado ligadas: la barquillera (yo todavía recuerdo aquellas máquinas cilíndricas en las que una ruleta determinaba cuántos barquillos te llevabas) y la heladera. Como máxima expresión de esta última estaban los helados industriales Miko, una empresa absorbida por Nestle hace unos años. Estas tradiciones no sólo ha permanecido en Santander sino que todavía se puede acudir a pueblos como Ontaneda para tomarse unos mantecados de “muerte”. Además alguna familia italiana se vino a Santander después de la guerra y fundaron negocios heladeros que todavía perduran. Supongo que es una mezcla de todo (más el hecho de que Santander ha sido y es un lugar de veraneo)

    Lo bueno es que ya no es únicamente un negocio estacional. Con las suradas que soplan en invierno, alcanzando temperaturas de más de 20 grados, apetece comerse un cucurucho de limón por Navidad. Sabor que también es mi favorito.

  5. Eduardo Larequi

    También los barquilleros de la Plaza del Castillo y el Paseo de Sarasate son parte del paisaje emotivo de mi infancia, Nacho. Y también en Pamplona hay heladerías fundadas por familias italianas. Pero lo de Santander me dejó boquiabierto: una verdadera proliferación.

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